En Línea Deportiva
Pepe Hanan
Durante muchos años el fútbol mundial tuvo un dueño.
Europa.
Ahí estaban los mejores jugadores.
Los clubes más poderosos.
Las principales cadenas de televisión.
Los grandes patrocinadores.
El dinero.
Y, por supuesto, buena parte del poder.
El resto del mundo participaba.
Europa decidía.
Pero algo está cambiando.
Y quizá por eso la guerra que hoy se libra entre FIFA y UEFA sea mucho más importante de lo que parece.
Amigo lector, no nos confundamos.
Aquí no existen santos.
Gianni Infantino no está intentando democratizar el fútbol simplemente porque una mañana despertó preocupado por los países pobres.
Tampoco Aleksander Čeferin y los dirigentes europeos están defendiendo la pureza del deporte únicamente porque aman sus tradiciones.
Aquí hay dinero.
Muchísimo dinero.
Pero detrás del dinero existe algo todavía más importante.
Poder.
Y para entender lo que verdaderamente está ocurriendo hay que responder primero una pregunta bastante sencilla:
¿A quién le pertenece el fútbol?
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EL PASTEL
Imagine usted un enorme pastel.
Durante décadas Europa se quedó con las rebanadas más grandes.
Tenía las mejores ligas, los clubes más poderosos, los mayores contratos televisivos, la Champions League, los patrocinadores y una posición privilegiada dentro del ecosistema mundial.
FIFA organizaba principalmente su Copa del Mundo cada cuatro años.
La UEFA explotó el fútbol durante prácticamente todo el resto del calendario.
El negocio funcionaba.
Hasta que FIFA decidió que también quería crecer.
Más selecciones.
Más partidos.
Más torneos.
Un Mundial de Clubes más grande.
Más mercados.
Más televisión.
Más dinero.
Y entonces apareció el verdadero problema.
Quizá el conflicto no sea que FIFA quiere hacer crecer el pastel.
El problema es quién se quedará con las nuevas rebanadas.
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48
El Mundial de 2026 nos acaba de dejar una extraordinaria demostración.
Por primera vez participaron 48 selecciones.
Durante años escuchamos las críticas.
Que se perdería calidad.
Que habría selecciones sin nivel.
Que existirían goleadas.
Que el Mundial se convertiría en un torneo demasiado grande.
Que 32 eran suficientes.
Permítame hacerle una pregunta.
¿Suficientes para quién?
Porque desde Europa es muy sencillo defender un Mundial exclusivo.
La mayoría de sus grandes selecciones tiene permanentemente una posibilidad real de clasificación.
Pero vaya usted a África.
A Asia.
A Centroamérica.
Al Caribe.
A Oceanía.
Pregúntele a millones de aficionados para quienes participar en un Mundial parecía una posibilidad reservada para otros.
Entonces la discusión cambia.
Lo que para algunos significa perder exclusividad, para otros significa finalmente tener una oportunidad.
Y ahí aparece una palabra que incomoda muchísimo cuando se habla de dinero y poder:
inclusión.
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EL CLUB PRIVADO
Durante décadas el fútbol internacional funcionó, en buena medida, como un club privado.
Pocos entraban.
Los mismos competían.
Los mismos cobraban.
Los mismos decidían.
Los demás observaban desde afuera.
Eso podría entenderse hace cincuenta años.
Resulta mucho más difícil defenderlo hoy.
Porque oponerse sistemáticamente a una ampliación simplemente porque incorpora países que antes no participaban puede terminar convirtiendo al fútbol en un espectáculo exclusivo y clasista.
Y ése sería un gigantesco error.
El fútbol probablemente sea el fenómeno verdaderamente universal más importante que existe.
No pregunta cuánto dinero tiene usted.
Dónde nació.
O qué idioma habla.
Una pelota puede rodar exactamente igual en París que en Dakar, Buenos Aires, Tokio, Auckland o cualquier barrio de Puebla.
Entonces...
¿por qué el Mundial debería pertenecer solamente a quienes históricamente tuvieron acceso a él?
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INFANTINO LO ENTENDIÓ
Aquí aparece Gianni Infantino.
Y repito:
No lo hagamos santo.
Infantino entendió algo antes que muchos de sus adversarios.
El voto de Francia vale exactamente lo mismo que el voto de una pequeña federación africana.
Uno.
FIFA tiene 211 asociaciones.
Cada una posee un voto.
Ahí se encuentra probablemente la verdadera arquitectura política que Infantino construyó durante estos años.
Mientras Europa observaba el fútbol desde la cima de la pirámide, FIFA comenzó a mirar hacia África, Asia, Concacaf, Oceanía y las federaciones pequeñas.
Y existe una diferencia fundamental.
Para una potencia europea, el dinero de FIFA puede representar una pequeña parte de una gigantesca industria.
Para una federación emergente puede significar instalaciones, canchas, preparación, selecciones juveniles, fútbol femenil y capacitación.
En algunos casos, buena parte de su posibilidad de existir competitivamente.
Por eso Europa puede cometer un enorme error si supone que cuestionar a Infantino significa que automáticamente el resto del planeta piensa igual.
No necesariamente.
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EL EFECTO PÉNDULO
La historia tiene una costumbre bastante curiosa.
Cuando alguien concentra demasiado poder durante demasiado tiempo, tarde o temprano aparece una fuerza en sentido contrario.
El péndulo se mueve.
Ahora FIFA intenta construir un contrapeso apoyándose precisamente en quienes durante años permanecieron en la periferia.
Pero cuidado.
El péndulo también puede ir demasiado lejos.
Que Europa haya concentrado demasiado poder no significa que debamos entregárselo completamente a FIFA.
Mucho menos a Gianni Infantino.
Pasar de un fútbol controlado desde Europa a uno controlado desde una oficina en Zúrich tampoco sería democratización.
Sería simplemente cambiar de dueño.
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Y APARECIÓ WALL STREET
Aquí la historia se pone todavía más interesante.
Porque FIFA ya no solamente quiere organizar torneos.
Quiere construir una estructura financiera mucho más poderosa.
Y alrededor de ese proyecto aparecieron fondos de inversión y capitales privados interesados en participar del enorme negocio que puede generar el fútbol mundial.
Ahí debemos encender las luces.
Una cosa es democratizar el acceso al fútbol.
Otra muy diferente es entregar parte de su futuro a capitales cuyo objetivo natural es obtener rentabilidad.
Los fondos no son instituciones de beneficencia.
Invierten para ganar.
Y tienen todo el derecho de hacerlo.
Pero nosotros también tenemos derecho a preguntar:
¿Qué recibirán a cambio?
Porque cuando el capital entra en un negocio de miles de millones de dólares, rara vez se conforma con mirar desde la tribuna.
Quiere participar.
Quiere influir.
Quiere decidir.
Y entonces la discusión puede dejar de ser solamente FIFA contra UEFA.
Puede convertirse en algo mucho más grande:
quién terminará controlando la extraordinaria capacidad del fútbol para producir dinero.
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NO HAY BUENOS
No compre usted el cuento de los buenos contra los malos.
La UEFA tiene razones legítimas para cuestionar decisiones de FIFA.
El calendario está saturado.
Los jugadores tienen límites físicos.
Los clubes realizan enormes inversiones.
Las competiciones necesitan conservar calidad.
Y la posibilidad de abrir activos y competiciones de FIFA al capital privado plantea preguntas perfectamente legítimas sobre hasta dónde puede mercantilizar el fútbol.
Todo eso es cierto.
Pero también es cierto que UEFA protege un negocio extraordinario.
Su negocio.
De la misma manera que FIFA intentó ampliar el suyo.
Por eso resumiría esta batalla de una manera muy sencilla:
UEFA no está defendiendo solamente al fútbol.
Está defendiendo su fútbol.
Y FIFA tampoco está defendiendo solamente la inclusión.
Está construyendo su propio poder.
Ésta no es una guerra entre buenos y malos.
Es una guerra entre intereses.
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RABAT
Hace apenas unos días parecía que Gianni Infantino estaba contra las cuerdas.
El proyecto que había provocado la crisis se vino abajo.
UEFA endureció su posición.
Crecieron los cuestionamientos.
Y la discusión dejó de concentrarse exclusivamente en aquella operación para comenzar a girar alrededor de la continuidad del propio presidente.
Entonces ocurrió algo muy interesante.
Infantino hizo lo que hacen los políticos profesionales cuando descubren que están perdiendo una guerra.
Dejó de explicar y comenzó a contar votos.
En Rabat, Marruecos, la dirigencia de FIFA cerró filas alrededor de su presidente y reconoció errores alrededor de la propuesta que había desatado la crisis.
Y después comenzaron a llegar los respaldos.
África se convirtió en la demostración más importante.
La CAF, con sus 54 asociaciones, expresó su apoyo al liderazgo de Infantino.
Después aparecieron México y Argentina.
Y distintas señales comenzaron a demostrar que las confederaciones que algunos imaginaban alineadas automáticamente detrás de la posición europea no necesariamente lo estaban.
De pronto, el hombre que parecía políticamente desahuciado comenzó a demostrar que todavía tenía algo fundamental:
votos.
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VENENO QUE NO TE MATA, TE FORTALECE
Y aquí puede aparecer una de las grandes paradojas de toda esta historia.
La UEFA consiguió golpear a Infantino.
Lo obligó a retroceder.
Lo colocó a la defensiva.
Y abrió una discusión que parecía impensable algunas semanas atrás:
si Gianni Infantino debe continuar al frente de FIFA.
Pero existe un problema cuando usted intenta destruir políticamente a un adversario.
Tiene que terminar el trabajo.
Porque si lo hiere, lo exhibe, lo debilita y finalmente no consigue derribarlo, puede terminar produciendo exactamente el efecto contrario.
Veneno que no te mata, te fortalece.
No porque los errores de Infantino hayan desaparecido.
No porque haya ganado esta guerra.
Mucho menos porque los cuestionamientos contra su gestión hayan dejado de tener validez.
Sino porque cada federación que sale públicamente a respaldarlo transforma una crisis que parecía terminal en una demostración de que su estructura política mundial continúa viva.
Y cuidado con algo más.
Si sus adversarios llevan esta batalla hasta sus últimas consecuencias sin tener asegurados los votos necesarios para derrotarlo, una derrota de la oposición podría convertirse en la mejor campaña electoral de Infantino.
Imagínelo.
Intentaron sacarlo.
No pudieron.
Y fueron las propias federaciones quienes terminaron sosteniéndolo.
Entonces el derrotado ya no sería Infantino.
Serían quienes intentaron derrotarlo.
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EL VERDADERO PROBLEMA DE EUROPA
Y entonces llegamos a 2027.
La presidencia de FIFA.
Ahí se resolverá buena parte de esta historia.
Europa puede estar molesta con Infantino.
Puede enfrentarlo.
Cuestionarlo.
E intentar construir una candidatura para derrotarlo.
Pero existe una pequeña dificultad.
Europa tiene 55 votos.
FIFA tiene 211 asociaciones.
Una cosa es controlar la oposición.
Y otra muy distinta controlar la mayoría.
El respaldo africano acaba de recordarlo.
Si buena parte de Asia considera que con Infantino recibió mayores oportunidades...
Si Oceanía se siente finalmente tomada en cuenta...
Si numerosas federaciones de Concacaf encuentran beneficios en la expansión...
Entonces Europa puede descubrir algo que durante décadas no necesitó aprender:
también tiene que convencer a los demás.
Ya no basta con mandar.
Ahora necesita votos.
Y es precisamente aquí donde esta guerra mundial aterriza en México.
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¿Y MIKEL QUÉ ESTÁ JUGANDO?
La Federación Mexicana de Futbol decidió respaldar públicamente la institucionalidad de FIFA y la legitimidad de su presidente.
Y lo hizo precisamente cuando Victor Montagliani, presidente de la Confederación a la que México pertenece, se encuentra enfrentado políticamente con Infantino.
Mikel Arriola tomó posición.
Y le han pegado con todo.
Analistas, periodistas y aficionados han cuestionado severamente la postura mexicana.
Algunos incluso de manera grosera.
Visto desde el presente, la pregunta parece lógica:
¿Qué necesidad tenía México de meterse en este pleito?
Pero quizá estamos juzgando una partida de ajedrez después de observar solamente el primer movimiento.
Porque ésa es precisamente la diferencia entre el analista y el estadista.
Los medios tenemos la obligación de observar lo que sucede hoy, analizarlo y después condenarlo o aplaudirlo.
El estadista tiene otra responsabilidad.
Pensar en mañana.
Tomar decisiones buscando el bienestar de largo plazo, incluso cuando en el presente resulten incomprensibles o impopulares.
¿Es eso lo que está haciendo Mikel Arriola?
No lo sabemos.
Y sería irresponsable afirmarlo.
Pero también sería demasiado sencillo descartarlo.
Mire usted.
Victor Montagliani preside Concacaf desde 2016.
Es vicepresidente de FIFA.
Conoce perfectamente las estructuras del poder mundial.
Y su nombre aparece entre quienes podrían convertirse en alternativa a Infantino rumbo a 2027.
Todavía no es candidato.
Tampoco podemos afirmar que UEFA terminará eligiéndolo como su hombre.
Pero supongamos por un momento que sucede.
Montagliani va por FIFA.
Entonces Concacaf tendría que comenzar a pensar en su propia sucesión.
Y atención con esto.
En el entorno del fútbol internacional ya comienza a circular una posibilidad que hasta hace poco habría parecido impensable: Mikel Arriola como futuro presidente de Concacaf.
Eso no significa que vaya a suceder.
Ni siquiera que exista hoy una candidatura.
Pero la hipótesis ya está sobre la mesa.
Y entonces vale la pena preguntar:
¿Quién heredaría el poder que dejaría Montagliani?
Canadá lo tiene hoy.
¿Estados Unidos?
¿México?
Los estatutos establecen mecanismos para una eventual transición y no necesariamente existiría una elección inmediata.
Pero una cosa es ocupar temporalmente una silla.
Y otra muy diferente construir el poder político para quedarse posteriormente con ella.
Después del Mundial de 2026, las tres grandes potencias norteamericanas quedaron colocadas en una posición extraordinaria dentro del fútbol mundial.
Estados Unidos posee el mercado más poderoso de la región.
México posee tradición futbolística, audiencia, influencia comercial y peso político.
Canadá ha ocupado durante una década la presidencia mediante Montagliani.
Entonces permítame regresar a Mikel.
¿Por qué México decidió no acompañar políticamente al presidente de su propia Confederación en su enfrentamiento con FIFA?
¿Por qué prefirió defender la institucionalidad de la presidencia de Infantino?
¿Está defendiendo un principio?
¿Está defendiendo a Infantino?
¿O está comenzando a posicionar a México para el reacomodo que podría venir después?
Ahí cambia completamente la lectura.
Porque si Montagliani termina encabezando la oposición e Infantino sobrevive, México podría convertirse en uno de los aliados estratégicos del presidente de FIFA dentro de una Concacaf obligada a reconstruir sus equilibrios.
Y aquello que hoy muchos consideran una torpeza podría terminar siendo una extraordinaria inversión política.
Pero existe el otro lado del tablero.
Si Montagliani enfrenta a Infantino y gana...
México habrá apostado por el caballo equivocado.
Ése es el riesgo.
Por eso no estoy defendiendo a Mikel Arriola.
Tampoco condenándolo.
Estoy intentando entender qué está jugando.
Porque quizá no exista solamente una presidencia en disputa.
Puede existir otra silla en el tablero.
La presidencia de Concacaf.
Y México podría estar intentando colocar desde ahora sus piezas alrededor de ella.
Quizá Mikel se equivocó.
Quizá quienes hoy lo critican terminarán teniendo toda la razón.
Pero los hombres que pretenden comportarse como estadistas tienen una responsabilidad mucho más complicada que ser populares:
tomar hoy decisiones pensando en el bienestar de las generaciones que vienen y en el lugar que su país ocupará mañana.
¿Mikel está haciendo eso?
El tiempo nos lo dirá.
Pero antes de reducir toda esta discusión a un comunicado desafortunado o a una supuesta sumisión mexicana frente a Infantino, convendría mirar el tablero completo.
Estamos hablando de FIFA.
De UEFA.
De la Concacaf.
De 211 federaciones.
De mercados.
De miles de millones de dólares.
Y, sobre todo, de poder.
Esto es ajedrez geopolítico.
No análisis de cantina.
Porque en el ajedrez, como en la política, muchas veces el movimiento que parece incomprensible no se entiende mirando la pieza que acaba de moverse.
Se entiende mirando...
la casilla que alguien pretende ocupar después.
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EL MUNDO CAMBIÓ
Y todo esto forma parte de una transformación todavía mayor.
Durante muchos años Europa exportó al mundo su idea del fútbol.
Ahora el resto del planeta también quiere participar en su construcción.
Los nuevos tiempos exigen inclusión.
Oportunidades.
Representación.
Y algo todavía más importante:
cero discriminación.
No podemos defender un fútbol universal solamente cuando necesitamos vender camisetas, derechos de televisión o conseguir aficionados.
La universalidad también tiene que existir cuando llega el momento de repartir oportunidades.
Eso no convierte a Infantino en el bueno.
Ni convierte a Europa en el malo.
Significa simplemente que el fútbol cambió.
Y que quienes durante décadas estuvieron afuera ahora también quieren sentarse a la mesa.
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¿Y QUÉ OFRECE EUROPA?
Aquí llegamos, para mí, a la pregunta más importante de toda esta guerra.
Europa nos ha explicado con bastante claridad aquello que rechaza.
Rechaza el mercantilismo que atribuye a Gianni Infantino.
Cuestiona la entrada del capital privado.
Advierte sobre la multiplicación de torneos.
Defiende el calendario, a sus clubes, a sus futbolistas y una determinada manera de entender este deporte.
Incluso alrededor de su ofensiva comienza a construirse una narrativa bastante atractiva:
hay que salvar al fútbol.
Devolverlo a sus orígenes.
Recuperar aquel fútbol romántico frente a un modelo que pretende convertir cada espacio disponible en un nuevo negocio.
Suena maravilloso.
Y quizá buena parte de esa crítica tenga razón.
Pero permítame hacer una pregunta.
¿Qué ofrece UEFA a cambio?
No a Inglaterra.
No a Alemania.
No a España.
No a Francia.
No a Italia.
Al resto del mundo.
¿Qué proyecto tiene Europa para las federaciones africanas que todavía necesitan infraestructura?
¿Qué propone para los países asiáticos que intentan desarrollar sus ligas?
¿Qué ofrece a Centroamérica y el Caribe?
¿A Oceanía?
¿A todas aquellas federaciones para las que una mayor participación en los torneos de FIFA no representa únicamente dinero, sino la posibilidad de acelerar su desarrollo deportivo?
Porque no basta con decir:
Infantino debe irse.
Hay que explicar qué viene después.
Y hasta este momento falta sobre la mesa una propuesta suficientemente clara, seria y específica que explique qué fútbol mundial pretende construir la oposición europea si consigue derrotar políticamente a Infantino.
Ahí está el verdadero debate.
Si Europa pretende corregir los excesos de Infantino para construir una FIFA más equilibrada, transparente y verdaderamente universal, tendrá argumentos muy poderosos para convencer al mundo.
Pero si “volver a los orígenes” significa regresar a una estructura donde las prioridades económicas y deportivas de Europa vuelvan a colocarse por encima de las necesidades del resto...
Entonces cuidado.
Porque quizá no estaríamos salvando al fútbol del futuro.
Estaríamos restaurando el fútbol del pasado.
Durante décadas muchas federaciones pertenecientes a países con menor desarrollo futbolístico dependieron de decisiones tomadas muy lejos de ellas.
Hoy comienzan a tener más recursos.
Más representación.
Más oportunidades.
Más competiciones.
Y, sobre todo, una voz.
Podemos discutir si Infantino construyó ese modelo por convicción, por negocio o porque descubrió que esas federaciones también representan votos.
Probablemente exista un poco de todo.
Pero la consecuencia está ahí.
Esas federaciones comenzaron un proceso de emancipación dentro del poder mundial del fútbol.
Y sería profundamente contradictorio que, en nombre de rescatar al fútbol de los intereses económicos, termináramos devolviéndolo a una estructura donde nuevamente prevalecieran los intereses económicos de una sola región.
El mercantilismo puede ser peligroso.
La concentración del poder también.
Y sustituir la expansión global de FIFA por una restauración de la hegemonía europea podría representar algo todavía más delicado:
un regreso al imperialismo europeo dentro del fútbol mundial.
No afirmo que ésa sea la intención de UEFA.
Pregunto si ésa podría ser la consecuencia.
No nos confundamos.
Europa tiene todo el derecho de intentar terminar con la era Infantino.
Tiene derecho a cuestionarlo.
A construir una oposición.
A encontrar un candidato.
Y a intentar ganar la elección.
Pero si quiere gobernar el fútbol mundial tendrá que hacer algo más que convencer a Europa.
Tendrá que convencer al mundo.
Porque FIFA tiene 211 asociaciones.
Europa tiene 55.
Y el presidente que pretenda gobernar a las 211 no puede representar solamente los intereses de las 55 pertenecientes a UEFA.
Por eso Europa tiene ahora una obligación mucho más grande que encontrar al hombre capaz de derrotar a Infantino.
Tiene que presentar un proyecto.
Para África.
Para Asia.
Para Concacaf.
Para Oceanía.
Para Sudamérica.
Y también, naturalmente, para Europa.
Amigo lector:
Ésa quizá sea la verdadera pregunta rumbo a 2027.
Europa ya nos explicó contra quién está luchando.
Ya nos dijo qué pretende detener.
Ahora falta lo verdaderamente importante:
¿qué pretende construir?
Porque una cosa es encabezar una rebelión.
Y otra muy distinta ofrecerle un futuro a quienes necesita para ganarla.
Europa tiene 55 votos.
El resto del mundo tiene 156.
Y esos 156 merecen una respuesta.
¿Qué les está ofreciendo UEFA para convencerlos de abandonar el camino que comenzaron a recorrer y colocarse de su lado?
Porque si la única propuesta consiste en quitarle el poder a Infantino para devolverlo a Europa, entonces no estaremos hablando de una revolución.
Estaremos hablando de una restauración.
Y el fútbol mundial tendrá que tomar una decisión mucho más profunda que elegir entre Infantino y su adversario.
Tendrá que decidir qué quiere ser.
Un deporte verdaderamente universal, donde todos tengan voz y oportunidades...
O regresar a una estructura donde unos cuantos vuelvan a decidir por los demás.
Porque después de darle tantas vueltas al asunto, quizá todo pueda resumirse de una manera bastante sencilla.
El fútbol no le pertenece a Infantino.
No le pertenece a FIFA.
No le pertenece a Wall Street.
Pero tampoco...
le pertenece a Europa.
Le pertenece al mundo.
Y será precisamente el mundo quien tenga la última palabra.
Mientras tanto, nosotros
Veremos y diremos.
Hasta la próxima.
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En Línea Deportiva
Pepe Hanan
(La forma es financiera. El fondo siempre fue político.)
Amigo lector...
Permítame hacerle una pregunta.
¿Y si todos estamos discutiendo el conflicto equivocado?
Porque mientras el mundo del fútbol debate si Gianni Infantino ganó o perdió...
quizá la verdadera batalla se está librando en otro tablero.
Y tengo la impresión de que muy pocos la están viendo.
Hay momentos en que una noticia deja de ser una noticia.
Se convierte en un parteaguas.
Y creo que eso está ocurriendo justamente ahora con el enfrentamiento entre la FIFA y la UEFA.
El problema es que seguimos observando la superficie.
Nos entretenemos con los protagonistas.
Con los nombres.
Con los discursos.
Con las declaraciones.
Mientras tanto...
la verdadera historia se está escribiendo en otro lado.
Y quizá por eso tengo la sensación de que casi todos estamos viendo el tablero...
pero muy pocos alcanzan a entender la partida.
Durante los últimos días he escuchado a analistas, comentaristas y especialistas explicar por qué Gianni Infantino se equivocó.
Que si perdió.
Que si la UEFA lo dobló.
Que si Europa amenazó con boicotear los torneos.
Que si los fondos de inversión ya no llegarán.
Y mientras escucho todas esas conclusiones...
no puedo dejar de hacerme una pregunta.
¿Y si el verdadero resultado fue exactamente el contrario?
No hablo de una victoria mediática.
Mucho menos de una victoria política inmediata.
Hablo de algo mucho más profundo.
Porque tengo la impresión de que este conflicto nunca trató realmente sobre un fondo de inversión.
Nunca trató sobre Joshua Kushner.
Ni siquiera trató sobre Gianni Infantino.
Todos ellos son apenas las piezas visibles.
La verdadera disputa es otra.
¿Quién controlará la economía del fútbol durante los próximos treinta años?
Ésa es la pregunta.
Y curiosamente...
casi nadie la está haciendo.
Déjeme le explico.
Durante más de un siglo la FIFA fue un gran regulador.
Organizaba competencias.
Arbitraba conflictos.
Coordinaba federaciones.
Era, esencialmente, una autoridad deportiva.
Pero el mundo cambió.
Y con él cambió también el fútbol.
Porque el dinero ya no se genera únicamente cada cuatro años con un Mundial.
Hoy el verdadero valor está en los ingresos permanentes.
En los datos.
En las plataformas digitales.
En los contenidos.
En los derechos audiovisuales.
En la inteligencia comercial.
En la información.
Mire usted...
No es lo mismo obtener ingresos extraordinarios cada cuatro años...
que construir ingresos recurrentes todos los años.
Parece una diferencia pequeña.
En realidad cambia completamente el modelo de negocio.
Uno depende de un solo evento.
El otro depende de un ecosistema completo.
Y las grandes capitales siempre terminan apostando por los ecosistemas.
Porque ahí vive la verdadera economía de escala.
La economía de escala será el futuro
Imagine por un momento un Mundial que produce miles de millones de dólares cada cuatro años.
Ahora imagine participaciones minoritarias en varias ligas profesionales del planeta.
Quizá cada una genere menos dinero que un Mundial.
Pero todas producen ingresos...
cada temporada.
Cada año.
Todos los años.
Multiplique eso por decenas de ligas.
Por millones de aficionados.
Por cientos de patrocinadores.
Por plataformas digitales.
Por datos.
Por contenidos.
Eso, amigo lector, deja de ser un torneo.
Se convierte en un ecosistema económico global.
Y los ecosistemas siempre valen más que los eventos.
Quizá por eso la propuesta de la FIFA provocó semejante terremoto.
No porque apareciera un fondo de inversión.
Los fondos llevan años dentro del fútbol europeo.
Participan en clubes.
En empresas propietarias de derechos comerciales.
En grupos propietarios.
En ligas.
En televisoras.
En patrocinadores.
El dinero hace mucho tiempo que llegó.
La diferencia es otra.
Antes los fondos tocaban la puerta.
Hoy la FIFA pretendía abrirles la puerta principal.
Y eso cambia completamente la correlación de fuerzas.
Porque quien invita...
también establece las reglas.
Y quien establece las reglas...
termina administrando el poder.
Muchos sostienen que Infantino perdió.
No estoy tan convencido.
Quizá perdió una votación.
Pero sembró una idea.
Y las ideas, cuando logran instalarse...
rara vez desaparecen.
Hace apenas unas semanas parecía impensable imaginar capital privado participando en una empresa comercial ligada directamente a la FIFA.
Hoy ya forma parte de la conversación mundial.
Y cuando una idea entra al debate...
difícilmente volverá a salir.
Y aquí viene una verdadera locura...
Durante décadas nos enseñaron que un fondo de inversión servía únicamente para una cosa.
Poner dinero.
Esperar un rendimiento.
Y salir.
Hoy eso ya no alcanza para explicar la realidad.
Los grandes fondos ya no invierten solamente para ganar intereses.
Invierten para ganar acceso.
Acceso a información.
Acceso a relaciones.
Acceso a tendencias.
Acceso a quienes toman decisiones.
Porque el activo más valioso del siglo XXI ya no siempre es el dinero.
Es saber antes que los demás hacia dónde se mueve el mundo.
Por eso los encontramos en tecnología.
En energía.
En infraestructura.
En salud.
En inteligencia artificial.
En medios.
Y, naturalmente, también quieren estar en el deporte.
No porque les apasione el fútbol.
Sino porque el fútbol es uno de los pocos lugares del planeta donde convergen gobiernos, empresas, marcas globales, plataformas tecnológicas, consumidores y poder político.
Es un extraordinario observatorio del mundo.
Una especie de moderno Oráculo de Delfos.
No para adivinar el futuro.
Sino para reconocerlo antes que los demás.
Y aquí aparece otra reflexión que, en mi opinión, explica muchas cosas.
Los grandes fondos ya no compran únicamente acciones.
Compran una silla.
Una silla en la mesa donde se discute el futuro.
Porque desde esa silla se escucha primero.
Se entiende primero.
Y muchas veces...
se influye primero.
Por eso sigo creyendo que el gran error consiste en pensar que esta historia enfrentó a la FIFA contra la UEFA.
No.
Lo que estamos viendo es la negociación de un nuevo equilibrio de poder.
Y esas negociaciones nunca terminan con vencedores absolutos.
Terminan con nuevos acuerdos.
Con nuevas reglas.
Con nuevos equilibrios.
Por eso tampoco me sorprendería que, dentro de algunos años, los fondos de inversión terminen participando en estructuras comerciales del fútbol...
pero bajo condiciones completamente distintas a las que conocimos esta semana.
Porque las ideas importantes rara vez mueren.
Simplemente evolucionan.
Quizá por eso el verdadero negocio del siglo XXI ya no consiste únicamente en vender partidos.
El verdadero negocio consiste en sentarse en la mesa donde se decide el futuro del fútbol.
Y sospecho que ésa...
es la batalla que realmente se está jugando.
Y déjeme decirle una última reflexión.
Porque quizá, dentro de algunos años, descubramos que mientras todos discutíamos el balón...
alguien ya estaba comprando el estadio.
APUNTE SOBRE EL PUEBLA
Primero se construye una idea... después llegan los resultados
Amigo lector...
Apenas van tres jornadas.
Una victoria.
Una derrota.
Un empate.
Cuatro puntos.
Y sería muy fácil caer en la tentación de evaluar el proyecto de Gerardo Espinoza únicamente a partir de esos números.
Yo todavía no lo haría.
Déjeme le explico.
Los entrenadores no construyen equipos el día que ganan.
Los construyen el día que consiguen que sus jugadores sepan exactamente a qué quieren jugar.
Y me parece que ésa empieza a ser la buena noticia para el Puebla.
Más allá de los resultados, el equipo comienza a mostrar pequeños rasgos de identidad.
Se le observa más ordenado.
Más corto entre líneas.
Más intenso para recuperar el balón.
Más comprometido colectivamente.
Y, sobre todo, menos resignado.
Puede ganar.
Puede perder.
Puede empatar.
Eso forma parte del fútbol.
Lo verdaderamente importante es que el Puebla empieza a parecerse a su entrenador.
Y eso no siempre ocurre tan rápido.
Mire usted...
Durante muchos años vimos equipos que cambiaban completamente dependiendo del rival que tenían enfrente.
Hoy la sensación es distinta.
Gerardo Espinoza intenta que sea el Puebla quien proponga una manera de competir, independientemente del adversario.
Eso requiere tiempo.
Trabajo.
Paciencia.
Y convencimiento.
Porque una identidad no aparece de la noche a la mañana.
Se construye entrenamiento tras entrenamiento.
Partido tras partido.
Y aquí viene lo verdaderamente interesante.
Los aficionados normalmente calificamos a un entrenador por los puntos.
Los directivos inteligentes primero califican el proceso.
Porque los puntos muchas veces llegan después.
Cuando un equipo empieza a entender a qué juega...
los resultados suelen terminar apareciendo como consecuencia.
No al revés.
Por eso, más que mirar únicamente la tabla general, quizá valga la pena observar algo mucho más importante.
Si dentro de algunas jornadas seguimos reconociendo un mismo estilo, una misma idea y una misma personalidad futbolística...
entonces el proyecto habrá comenzado a echar raíces.
Y cuando un proyecto consigue eso...
normalmente ya dio el paso más difícil.
Mientras tanto, nosotros...
VEREMOS Y DIREMOS.
Hasta la próxima.
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¿De qué murió el Campeón del Mundo? El Reporte del Médico Forense
Escrito por Pepe HananEn Línea Deportiva
Pepe Hanan
Los campeones nunca pierden una Copa del Mundo en el minuto en que reciben el último gol.
La pierden mucho antes.
Lo difícil no es descubrir cuándo ocurrió.
Lo verdaderamente difícil es aceptarlo.
Ha transcurrido exactamente una semana desde aquella Final del domingo 19 de julio.
Siete días desde que España levantó la Copa del Mundo.
Siete días desde que Argentina dejó de ser campeona.
Siete días escuchando toda clase de explicaciones.
Que si Lionel Messi.
Que si el cansancio.
Que si el arbitraje.
Que si la suerte.
Que si la FIFA.
Que si la juventud española.
Que si las sustituciones tardías de Lionel Scaloni.
Que si la Final estaba escrita desde antes de comenzar.
Y, por supuesto, amigo lector, tampoco faltaron las teorías conspirativas.
Nunca faltan.
Cuando cae un campeón, siempre aparece alguien dispuesto a buscar una mano invisible.
Una explicación extraordinaria.
Un culpable lejano.
Algo que permita comprender aquello que el corazón todavía se niega a aceptar.
Pero permítame decirle algo.
Las teorías conspirativas aparecen, casi siempre, cuando dejamos de estudiar las decisiones.
Por eso esperé.
No quise escribir mientras el cuerpo todavía estaba caliente.
Los médicos forenses no trabajan bajo los efectos de la emoción.
Esperan.
Observan.
Reconstruyen.
Abren el expediente.
Revisan las heridas.
Estudian los síntomas.
Y solamente después de hacerlo se atreven a firmar un dictamen.
Eso hice durante esta semana.
Volví a mirar la Final.
No una vez.
Ni dos.
Varias.
La detuve.
La adelanté.
La regresé.
Observé movimientos que durante la transmisión parecían intrascendentes.
Revisé ataques que nunca terminaron en disparo.
Recuperaciones que murieron antes de transformarse en peligro.
Cambios que modificaron el partido.
Y silencios desde el banquillo que terminaron alterando el destino.
No buscaba descubrir quién había ganado.
Eso lo supimos el domingo anterior.
Buscaba responder una pregunta mucho más incómoda.
¿De qué murió el campeón del mundo?
Y después de examinar cada evidencia llegué a una primera conclusión.
Argentina no murió al minuto 106, cuando Ferran Torres envió el balón al fondo de la portería.
Para entonces…
el campeón llevaba demasiado tiempo agonizando.
LO QUE LOS ALGORITMOS NO PUDIERON VER
Antes de presentar el reporte quiero detenerme en un hecho fascinante.
Meses antes de que comenzara la Copa del Mundo, distintos modelos predictivos, empresas de análisis estadístico y sistemas de inteligencia artificial intentaron adivinar al campeón.
Alimentaron sus algoritmos con millones de datos.
Valor de mercado.
Edad de los futbolistas.
Ranking internacional.
Resultados recientes.
Profundidad de la plantilla.
Producción ofensiva.
Solidez defensiva.
Experiencia acumulada.
Rendimiento individual.
Probabilidades de superar cada eliminatoria.
Los algoritmos hicieron exactamente aquello para lo que fueron diseñados.
Contaron el pasado para intentar adivinar el futuro.
Y muchos llegaron a la misma conclusión.
España era la principal candidata para conquistar la Copa del Mundo.
Acertaron.
El campeón fue señalado antes de que comenzara el torneo.
Pero cuando revisé la lógica de aquellos pronósticos encontré una ausencia tan evidente como reveladora.
Prácticamente ninguno podía medir el peso de las determinaciones de un Seleccionador.
Podían calcular la calidad de Pedri.
La velocidad de Nico Williams.
La capacidad goleadora de Ferran Torres.
La experiencia de los argentinos.
La influencia de Messi.
La fortaleza de cada defensa.
Pero no podían medir con exactitud la capacidad de un hombre para mirar un partido desde el área técnica y descubrir, antes que su adversario, aquello que todavía no había ocurrido.
La lectura.
El momento.
La administración emocional.
La valentía para intervenir.
La lucidez para esperar.
La capacidad para introducir a un futbolista y modificar con él la geometría completa de una Final.
Ahí encontré la frontera.
Los algoritmos pudieron pronosticar al campeón.
Lo que no pudieron explicar fue cómo terminó convirtiéndose en campeón.
Porque las computadoras calculan escenarios.
Los Seleccionadores cambian escenarios.
Los datos explican lo que ocurrió.
Las decisiones explican por qué ocurrió.
Los algoritmos pronostican probabilidades.
Los Seleccionadores las alteran.
Y en ese territorio comenzó a construirse durante este Mundial lo que hemos denominado el Sistema Hanan.
Una manera distinta de mirar el fútbol.
No para descubrir quién posee a los mejores jugadores.
Eso puede verlo cualquiera.
Sino para estudiar quién elige mejor cuando una Copa del Mundo entra en su zona de supervivencia.
Porque los resultados califican a las selecciones.
Pero las decisiones califican a los Seleccionadores.
Abramos entonces el expediente.
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LA PRIMERA LESIÓN
Toda muerte deja un primer síntoma.
El problema es que solamente somos capaces de reconocerlo cuando todo ha terminado.
En el caso de Argentina apareció al minuto cuatro con cincuenta y dos segundos.
Lionel Messi encontró un espacio.
Aceleró buscando un balón dividido.
Unai Simón abandonó su área.
Los dos sabían que aquella pelota podía comenzar a inclinar la Final.
El guardameta español llegó primero.
No hubo gol.
No hubo remate.
Tampoco una consecuencia inmediata.
Sin embargo, quedó una imagen.
España disputó aquella pelota como si dentro de ella estuviera escondida la Copa del Mundo.
Argentina no logró hacerlo con la misma determinación.
No nos confundamos.
No estoy responsabilizando a Lionel Messi.
Sería tan fácil como injusto.
Una Final no se pierde por una carrera aislada.
Mucho menos puede atribuírsele a un hombre que durante tantos años cargó sobre los hombros la esperanza de todo un país.
Aquella acción solamente representó el primer síntoma de algo que después comenzó a repetirse.
Argentina recuperaba el balón.
Levantaba la cabeza.
Parecía preparada para correr.
Y justo cuando debía avanzar…
dudaba.
La pelota viajaba hacia un costado.
Después hacia atrás.
En algunas ocasiones regresaba hasta Emiliano Martínez.
En otras se perdía mediante una entrega imprecisa.
La recuperación no conseguía transformarse en ataque.
Al minuto 9:44 ocurrió.
También al 16:21.
Al 17:41.
Al 21:20.
No eran acciones iguales.
Pero todas compartían la misma consecuencia.
Argentina conseguía recuperar la pelota…
y no conseguía recuperar la iniciativa.
Ahí comenzó la verdadera enfermedad.
Porque un equipo puede defender durante muchos minutos sin estar sometido.
Puede retroceder para atraer al rival.
Puede cederle el balón para encontrar espacios.
Eso forma parte del fútbol.
La Renuncia Táctica no siempre es cobardía.
En ocasiones representa inteligencia.
El problema aparece cuando un equipo renuncia al balón…
y después también renuncia a la intención.
Eso es diferente.
Eso ya no es una estrategia.
Es empezar a depender de que el rival se equivoque.
Y un campeón del mundo puede administrar muchas cosas.
El marcador.
El ritmo.
El desgaste.
Los espacios.
Lo que jamás debería administrar es la esperanza de que el otro falle.
Al minuto 44:30 Argentina volvió a retroceder.
Al 48 perdió una posesión que pudo convertirse en salida.
Al comenzar el segundo tiempo, apenas al 46:13, otro avance terminó hacia atrás.
La herida continuaba abierta.
Los campeones no siempre retroceden con los pies.
En ocasiones comienzan a retroceder con sus elecciones.
Sin embargo, mire usted, España tampoco había construido todavía una superioridad definitiva.
Hasta entonces no existía una avalancha.
No había un equipo devorando al otro.
Había una Final.
Tensa.
Cerrada.
Trabada.
Física.
De enorme respeto.
España acumulaba más balón.
Argentina conservaba el orden.
La selección sudamericana seguía encontrando recuperaciones.
La europea todavía no conseguía convertir su circulación en profundidad.
El paciente respiraba.
Todavía respondía.
Incluso podía atacar.
Por eso, durante los primeros 54 minutos, la responsabilidad principal perteneció a los futbolistas argentinos.
Ellos recuperaban.
Ellos levantaban la mirada.
Ellos podían avanzar.
Y ellos, demasiadas veces, preferían regresar.
España todavía no los había obligado a morir.
Argentina comenzaba a dejar de vivir por sí misma.
Ésa es una diferencia fundamental.
Hay derrotas provocadas por el rival.
Y existen otras que comienzan cuando un equipo abandona lentamente aquello que lo condujo hasta ahí.
El campeón no había perdido la organización.
Había comenzado a perder su voluntad ofensiva.
Seguía de pie.
Pero lanzaba cada vez menos golpes.
Como esos viejos boxeadores que todavía conservan la guardia, soportan el castigo y esperan escuchar la campana…
aunque en algún lugar de su interior ya dejaron de buscar el nocaut.
Entonces llegó el minuto 54.
Y la autopsia cambió por completo.
LA HORA DEL DETERIORO IRREVERSIBLE
No hubo una sustitución.
No apareció una tarjeta roja.
No se produjo una lesión.
Tampoco llegó el gol.
España simplemente comenzó a tocar.
Aunque decirlo de esa manera sería reducir lo ocurrido.
España dejó de mover únicamente el balón.
Comenzó a mover el tiempo.
Hasta entonces había tenido posesión.
A partir de ese momento empezó a tener el partido.
Y no es lo mismo.
Tener la pelota significa decidir por dónde circula.
Tener el partido significa decidir también cómo respira el adversario.
España redujo la ansiedad.
Acercó sus líneas.
Acumuló pases.
Obligó a Argentina a desplazarse.
Primero cinco metros.
Después diez.
Una vez hacia la derecha.
Otra hacia la izquierda.
La pelota comenzó a viajar con una paciencia inquietante.
Cada pase parecía inofensivo.
Pero todos producían desgaste.
Físico.
Mental.
Emocional.
España ya no estaba buscando solamente un espacio.
Lo estaba fabricando.
Y cuando un equipo comienza a fabricar los espacios, el rival deja de decidir dónde defender.
Empieza solamente a perseguir.
Aquí apareció el verdadero punto de quiebre de la Final.
Hasta el minuto 54 jugaron veintidós futbolistas. A partir de ahí comenzaron a jugar dos Seleccionadores.
Desde ese instante el destino dejó de depender exclusivamente de aquello que los jugadores resolvieran dentro del campo.
Comenzó a depender de lo que Luis de la Fuente y Lionel Scaloni fueran capaces de interpretar desde afuera.
Los partidos cambian cuando cambia el balón.
Los Mundiales cambian cuando cambia la lectura del partido.
Luis de la Fuente entendió que España ya había ganado la batalla de la paciencia.
Ahora necesitaba conquistar la del ritmo.
Scaloni, en cambio, debía detener el deterioro.
Interrumpir la circulación.
Recuperar metros.
Recordarle a su selección que defender la Copa no significaba protegerla detrás del balón.
Significaba volver a disputar la Final en el campo español.
No ocurrió.
Y entonces comenzó a trasladarse la responsabilidad.
Durante el primer tramo perteneció principalmente a los jugadores argentinos, incapaces de convertir sus recuperaciones en ofensivas.
Después del minuto 54 pasó, cada vez más, a los dos Seleccionadores.
Uno intervino para mejorar a su equipo.
El otro no consiguió modificar la dirección que estaba tomando el encuentro.
Eso no significa que Scaloni hubiera olvidado dirigir.
Mucho menos que se hubiera convertido repentinamente en un mal Seleccionador.
Nadie llega a dos Finales consecutivas por casualidad.
Nadie reconstruye a una selección como Argentina, conquista un Mundial y vuelve cuatro años después al último partido del torneo sin poseer un talento extraordinario para este oficio.
Pero las Finales son crueles.
No califican la trayectoria.
Califican el instante.
Y aquella tarde, durante el tramo decisivo, Luis de la Fuente comenzó a leer un capítulo antes.
EL PRIMER TRATAMIENTO
Al minuto 61 ingresaron Pedri y Ferran Torres.
Dos futbolistas.
Dos funciones diferentes.
Una sola intención.
Terminar de apoderarse de la Final.
Pedri no entró simplemente para jugar bien.
Entró para armonizar.
Hay futbolistas que aceleran un partido.
Existen otros que lo detienen.
Y hay unos cuantos, muy pocos, que deciden a qué velocidad deben vivir todos los demás.
Pedri pertenece a esa especie.
Recibía.
Observaba.
Esperaba.
Elegía.
Cuando Argentina intentaba presionarlo, liberaba la pelota.
Cuando retrocedía, avanzaba.
Cuando el partido amenazaba con romperse, lo ordenaba.
No gobernó únicamente el ritmo de España.
Comenzó también a gobernar la ansiedad argentina.
Ésa fue su verdadera aportación.
No necesitó un gol.
Tampoco una asistencia.
Su presencia modificó la música del encuentro.
España dejó de parecer un equipo buscando soluciones.
Comenzó a parecer una selección que ya sabía dónde encontrarlas.
Ferran cumplió una función diferente.
Dio continuidad.
Se acercó.
Descargó.
Atacó los espacios.
Arrastró centrales.
Permitió que cada posesión española tuviera una estación más.
Una posibilidad adicional.
Una amenaza que obligaba a los defensores argentinos a vigilar hacia adentro.
Pedri ofreció armonía.
Ferran ofreció continuidad.
Pero todavía faltaba algo.
España tenía el balón.
Tenía el ritmo.
Tenía paciencia.
Había conseguido que Argentina defendiera cada vez más cerca de su portería.
Sin embargo, aún no encontraba la ruptura.
La cancha seguía siendo demasiado estrecha.
Los argentinos conservaban las distancias.
Cerraban por dentro.
Protegían la frontal.
Resistían.
Luis de la Fuente lo observó.
No necesitaba a otro futbolista que pidiera la pelota al pie por el centro.
Necesitaba abrir la herida.
Y entonces tomó la determinación definitiva.
EL BISTURÍ
Al minuto 74 ingresó Nico Williams.
Ahí cambió la Final.
España ya tenía la llave.
Nico encontró la puerta.
Hasta ese momento Argentina defendía una estructura conocida.
Sabía dónde debía cerrar.
Dónde acumular hombres.
Dónde protegerse.
La aparición de Nico modificó la geometría completa del partido.
Se abrió.
Pisó la línea.
Recibió lejos de los mediocampistas argentinos.
Y obligó al bloque defensivo a ensancharse.
El ancho de una cancha también puede decidir una Copa del Mundo.
Cada vez que Nico recibía, un lateral debía salir.
Un mediocampista tenía que recorrer más metros.
Un central quedaba obligado a corregir.
Los espacios que antes no existían comenzaron a aparecer.
No siempre para Nico.
En ocasiones para Pedri.
En otras para Ferran.
También para quien llegaba desde atrás.
Eso hacen los futbolistas verdaderamente determinantes.
No necesitan tocar todas las pelotas.
Su sola presencia transforma el comportamiento del adversario.
Durante la semana muchos señalaron a Ferran Torres como el héroe de la Final.
Es comprensible.
Los goles se quedan con la fotografía.
Pero, para mí, el verdadero jugador más valioso fue Nico Williams.
Porque encontró aquello que España todavía no poseía.
Profundidad.
Amplitud.
Desequilibrio.
Uno contra uno.
Verticalidad.
Hasta su ingreso, España controlaba la Final.
Después de su ingreso comenzó a herirla.
Y existe una diferencia enorme entre controlar a un rival y hacerle sentir que puede morir en cualquier jugada.
Argentina dejó entonces de defender espacios.
Comenzó a defender amenazas.
Ya no respondía únicamente a lo que estaba ocurriendo.
También intentaba anticipar todo lo que podía ocurrir.
Nico por fuera.
Ferrán por dentro.
Pedri entre líneas.
Cada peligro exigía una reacción.
Cada reacción abría otra grieta.
Eso fue desgastando al campeón.
El problema no era solamente físico.
También era mental.
Cuando un defensor comienza a mirar demasiados lugares al mismo tiempo…
normalmente termina llegando tarde a uno de ellos.
Luis de la Fuente había incorporado a tres futbolistas.
Pero, en realidad, había añadido tres soluciones.
Scaloni no encontró una respuesta equivalente.
Y las Copas del Mundo no castigan primero los errores.
Castigan la ausencia de respuestas.
Los errores llegan después.
LA DECISIÓN DEL MIEDO
Argentina seguía empatando.
Y quizá ahí estuvo la trampa.
El cero a cero comenzó a parecerle suficiente.
El reloj avanzaba.
La prórroga se acercaba.
Después podían llegar los penales.
Emiliano Martínez esperaba.
La historia reciente ofrecía razones para confiar.
Pero cuidado.
Existe una línea casi invisible entre administrar una Final y comenzar a entregársela al destino.
Argentina dejó de jugar para ganar.
Comenzó a jugar para no perder.
Ésa fue su Decisión del Miedo.
No una sustitución específica.
No una instrucción aislada.
Fue una conducta colectiva que el banquillo no consiguió revertir.
El campeón se aferró al empate como si todavía representara una ventaja.
Pero el empate solamente aplazaba una realidad.
España crecía.
Argentina se reducía.
Una selección aumentaba sus posibilidades.
La otra conservaba el marcador.
Y en las Finales del Mundo, amigo lector, conservar el resultado no siempre significa conservar la vida.
En ocasiones sólo significa aplazar la hora oficial del fallecimiento.
Llegó la prórroga.
El paciente todavía mostraba signos vitales.
Corría.
Marcaba.
Resistía.
Pero ya no discutía el destino del partido.
Lo soportaba.
Y ningún campeón puede conservar una Copa del Mundo durante demasiado tiempo limitándose a soportar.
Porque la gloria no se defiende de rodillas.
EL MINUTO 106
La jugada del gol comenzó mucho antes de que el balón llegara al área.
En realidad, llevaba construyéndose desde el minuto 54.
Con España moviendo el tiempo.
Con Pedri ordenando la música.
Con Ferran prolongando las posesiones.
Con Nico abriendo la cancha.
Los goles aparecen en un segundo.
Las decisiones comienzan a construirlos muchos minutos antes.
España circuló sin desesperarse.
Movió a Argentina.
Esperó.
Encontró a Nico Williams en el sector donde llevaba tiempo lastimando.
Nico recibió.
Levantó la mirada.
Para entonces el comportamiento colectivo ya había provocado aquello que Luis de la Fuente buscaba.
La defensa estaba estirada.
Las coberturas llegaban tarde.
Los argentinos tenían demasiadas amenazas que atender.
Nico envió el balón.
Ferran Torres apareció.
Y definió.
Uno a cero.
El estadio explotó.
España levantó los brazos.
Argentina cayó al césped.
Las cámaras encontraron al goleador.
Después al asistente.
Más tarde al banquillo.
Finalmente a Messi.
El mundo observó el momento exacto en que el campeón murió.
Pero estaba viendo solamente la hora oficial.
No la causa.
Ferran Torres certificó el fallecimiento.
No lo provocó por sí solo.
El gol fue el último acto de una cadena de lecturas, movimientos e intervenciones que había comenzado casi una hora antes.
La Final no se resolvió únicamente dentro del área argentina.
Se resolvió cuando Luis de la Fuente comprendió qué le faltaba a España.
Y cuando Lionel Scaloni no consiguió devolverle a Argentina aquello que comenzaba a perder.
La iniciativa.
EL ÚLTIMO SELECCIONADOR SOBREVIVIENTE
Durante este Mundial hablamos muchas veces de la diferencia entre un entrenador y un Seleccionador.
Un entrenador construye un equipo durante meses.
Un Seleccionador debe reconstruirlo durante minutos.
El entrenador dispone de una temporada.
El Seleccionador dispone de momentos.
El entrenador puede corregir el domingo siguiente.
El Seleccionador puede no tener un día siguiente.
Por eso cada resolución adquiere un peso desproporcionado.
Luis de la Fuente no ganó la Copa únicamente porque España poseía grandes futbolistas.
También Argentina los tenía.
No la ganó solamente porque sus jugadores fueran más jóvenes.
Ni porque llegara como favorita.
Ni porque los algoritmos la hubieran señalado.
La ganó porque, en el instante definitivo, comprendió antes la Final.
Primero necesitó control.
Después armonía.
Más tarde continuidad.
Finalmente profundidad.
No realizó sustituciones para cambiar nombres.
Las hizo para resolver problemas.
Ésa es una diferencia enorme.
Algunos entrenadores miran al banquillo y se preguntan:
“¿Quién puede entrar?”
Los grandes Seleccionadores se preguntan:
“¿Qué le falta al partido?”
Luis de la Fuente encontró las respuestas.
Pedri.
Ferran.
Nico.
Tres futbolistas.
Tres funciones.
Una Copa del Mundo.
Eso no significa que España hubiera ganado desde el minuto 74.
El fútbol jamás ofrece garantías.
Pero sí quiere decir que su Seleccionador había aumentado las probabilidades de ganar.
Mientras Argentina esperaba que el partido la condujera hasta los penales, España comenzó a conducir el encuentro hacia su propia victoria.
Ahí se explica la diferencia.
Ganar no siempre significa vencer al adversario.
En ocasiones significa impedir que el rival te convenza de abandonar aquello que eres.
España conservó su identidad.
Argentina terminó traicionando, poco a poco, la intención que la había llevado hasta la Final.
No perdió el orden.
Perdió la iniciativa.
No dejó de competir.
Dejó de proponer.
No se rindió.
Pero comenzó a esperar demasiado.
Y los Mundiales no pertenecen a quienes esperan que suceda algo.
Pertenecen a quienes actúan para hacerlo suceder.
REPORTE DEL MÉDICO FORENSE
Paciente:
Selección Argentina.
Antecedente:
Campeona del mundo y finalista del Mundial de 2026.
Fecha del fallecimiento deportivo:
Domingo 19 de julio de 2026.
Hora oficial:
Minuto 106 de la Gran Final.
Causa inmediata:
Gol de Ferran Torres después de una asistencia de Nico Williams.
Primer síntoma registrado:
Minuto 4:52.
Diferencia inicial en la determinación para disputar un balón dividido.
Inicio del deterioro progresivo:
Recuperaciones reiteradas que no consiguieron convertirse en ataques.
Hora aproximada del punto irreversible:
Minuto 54.
España transformó la posesión en control y comenzó a gobernar el ritmo emocional del partido.
Factores contribuyentes:
Pérdida progresiva de la iniciativa.
Ataques interrumpidos antes de alcanzar la portería rival.
Retrocesos reiterados.
Disminución de la profundidad ofensiva.
Aceptación paulatina del empate como objetivo.
Falta de respuestas ante las modificaciones de funcionamiento realizadas por España.
Causa profunda:
Una cadena de intervenciones permitió a España cambiar el rumbo de la Final mientras Argentina dejó de modificarlo.
Diagnóstico definitivo:
Autoderrota progresiva agravada por la lectura superior del Seleccionador rival.
Responsable del certificado:
El fútbol.
EL NACIMIENTO DEL SISTEMA HANAN
Llegamos al final del viaje.
Durante siete semanas seguimos a 48 selecciones.
Después a 32.
Más tarde a 16.
A ocho.
A cuatro.
Finalmente a dos.
Pero, en realidad, nunca perseguimos selecciones.
Perseguimos hombres.
Hombres obligados a elegir bajo una presión que pocos seres humanos conocerán.
Hombres capaces de convertirse en héroes durante una noche…
o cargar durante años con una elección equivocada.
Estudiamos la Zona Roja.
La Renuncia Táctica.
La Conservación de la Identidad.
La Traición al Plan.
La Decisión del Miedo.
El Partido Liberado.
La Libertad Competitiva.
El Desorden Competitivo.
Las Decisiones Negativas.
La Autoderrota.
Al principio parecían conceptos separados.
Hoy sabemos que todos formaban parte de una misma pregunta.
¿Qué hace un Seleccionador cuando comprende que una sola determinación puede salvarlo o eliminarlo de una Copa del Mundo?
Ése fue el verdadero objeto de estudio.
No los sistemas tácticos.
No las formaciones.
No las estadísticas.
Las elecciones.
Porque el fútbol recuerda los goles.
La historia recuerda las decisiones que hicieron posibles esos goles.
La anotación de Ferran quedará grabada para siempre.
Pero antes de Ferran existió Nico.
Antes de Nico existió la lectura de Luis de la Fuente.
Antes del cambio existió una necesidad.
Antes de la necesidad existió un partido que alguien supo interpretar.
Ahí vive el oficio del Seleccionador.
En observar aquello que todos estamos mirando…
y descubrir algo que nadie más ha visto todavía.
Por eso el Sistema Hanan no pretende reemplazar a la estadística.
La completa.
No desprecia a los algoritmos.
Los conduce hasta el punto donde todavía no pueden llegar.
Los datos cuentan el partido.
Las decisiones revelan su verdad.
Y cuando estudiamos las determinaciones dejamos de necesitar conspiraciones.
No porque el fútbol sea perfecto.
No porque los errores arbitrales hayan desaparecido.
No porque el poder no exista.
Sino porque antes de buscar explicaciones extraordinarias debemos agotar las explicaciones humanas.
El miedo.
La duda.
La lectura.
La valentía.
La espera.
El momento.
La intervención.
Eso ocurrió en la Final.
No encontré una conspiración.
Encontré a un campeón que comenzó a retroceder.
A un rival que supo crecer.
A un Seleccionador que incorporó soluciones.
Y a otro que no consiguió detener el deterioro.
Encontré a Pedri ordenando la música.
A Ferran prolongando los ataques.
A Nico estirando la cancha hasta romperla.
Y encontré un gol que apareció al minuto 106…
aunque llevaba demasiado tiempo construyéndose.
Una Copa del Mundo no elimina únicamente selecciones.
También elimina decisiones equivocadas.
Por eso la gloria no siempre pertenece al equipo más brillante.
Ni al más fuerte.
Ni siquiera al favorito.
Pertenece al último Seleccionador que continúa eligiendo correctamente cuando todos los demás ya comenzaron a equivocarse.
España fue el último equipo de pie.
Luis de la Fuente fue el último Seleccionador sobreviviente.
Los algoritmos lo habían pronosticado.
Sus decisiones terminaron haciéndolo realidad.
Después de una semana, el Reporte del Médico Forense puede cerrarse.
Argentina murió oficialmente al minuto 106.
Pero perdió la Copa mucho antes.
La perdió cuando dejó de avanzar.
Cuando aceptó que resistir podía ser suficiente.
Cuando entregó la iniciativa.
Cuando el empate comenzó a parecerle más seguro que la victoria.
España, en cambio, nunca dejó de buscar la puerta.
Pedri encontró el ritmo.
Ferran encontró el espacio.
Nico encontró la entrada.
Y Luis de la Fuente encontró el momento.
Ésa fue la diferencia entre morir como campeón…
y comenzar a vivir para siempre.
Porque los resultados califican a las selecciones.
Las decisiones califican a los Seleccionadores.
El fútbol recordará el gol.
La historia recordará las determinaciones que lo hicieron posible.
Y al final de todos los Mundiales, amigo lector, la gloria nunca pertenece al hombre que comenzó siendo el más brillante.
Pertenece al último que continúa tomando buenas decisiones cuando todos los demás ya empezaron a equivocarse.
Al último hombre que permanece de pie.
Al último Seleccionador sobreviviente.
Mientras tanto, nosotros
VEREMOS Y DIREMOS.
P.D. Amigo lector:
Ésta es la penúltima columna de esta saga mundialista dedicada a Los Seleccionadores.
El próximo martes llegaremos al final de este extraordinario viaje que comenzó hace varias semanas y que, juntos, fuimos construyendo partido tras partido, decisión tras decisión.
Quiero compartirles mis conclusiones finales sobre esta aventura que cambió, para siempre, mi manera de entender el fútbol.
Y, además, quiero compartirles una noticia muy especial para todos ustedes, mis grandes amigos, que cada semana me abren un espacio en su tiempo para acompañarme en esta columna, que tanto es mía como de ustedes.
Nos vemos el próximo martes.
Nosotros, como siempre, seguiremos en línea.
Hasta la próxima.
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EL EXAMEN FINAL: El Hombre que Bendice las Decisiones.
Escrito por Pepe HananEn Línea Deportiva
Pepe Hanan
Mañana el mundo verá una Final de la Copa del Mundo.
Millones de personas discutirán quién llega mejor, quién tiene más talento, quién domina la posesión, quién presiona más alto o quién posee la mejor generación de futbolistas.
Habrá análisis tácticos.
Estadísticas.
Inteligencia artificial.
Probabilidades.
Cientos de expertos intentando adivinar el resultado.
Todo eso estará bien.
Pero, permítame decirle algo, amigo lector.
La verdadera Final comenzará mucho antes del silbatazo inicial.
Comenzó esta noche.
Mientras millones de personas dormían soñando con la gloria, hubo dos hombres incapaces de cerrar los ojos.
Lionel Scaloni.
Luis de la Fuente.
Dos habitaciones.
Dos libretas abiertas.
Dos países completos durmiendo.
Y dos hombres completamente solos.
Porque el partido más difícil nunca se juega sobre el césped.
Se juega contra uno mismo.
Durante semanas hemos hablado aquí de una profesión que pocas veces entendemos en su verdadera dimensión.
Hemos aprendido que un entrenador construye equipos.
Pero un Seleccionador administra destinos.
El entrenador prepara partidos.
El Seleccionador prepara cuatro años de esperanza condensados en noventa minutos.
Ésa es la diferencia.
Y mañana llegaremos al examen definitivo.
No existe recuperación.
No existe partido de vuelta.
No existe una segunda oportunidad garantizada.
Sólo una Copa del Mundo.
Y un hombre que sobrevivirá al resto.
Imagino a Scaloni repasando una vez más la alineación.
No porque no la conozca.
La conoce de memoria.
La escribió cientos de veces.
La ha imaginado durante meses.
Pero existe un momento en que la razón deja de buscar respuestas y comienza a buscar tranquilidad.
Imagino a Luis de la Fuente haciendo exactamente lo mismo.
Repasando nombres.
Visualizando escenarios.
Imaginando lesiones, expulsiones, prórrogas, penales, cambios inesperados.
No porque dude de sus futbolistas.
Sino porque entiende que mañana cada decisión dejará de pertenecerle para convertirse en historia.
Nadie duerme realmente la noche anterior a una Final de Copa del Mundo.
Mucho menos quien deberá decidir el destino de todo un país.
Porque cuando amanezca ya no habrá espacio para corregir.
Sólo para creer.
Y entonces aparecen los hombres del Seleccionador.
Durante esta Copa hablamos de los hombres de la Primera Decisión.
Aquellos que reciben la confianza desde el primer minuto.
Hablamos también de los hombres del Equilibrio.
Los que sostienen al equipo cuando todo parece romperse.
Después llegó el Hombre de la Última Decisión.
Aquel que aparece cuando el torneo decide quién sigue vivo y quién comienza a hacer maletas.
Pero conforme avanzó esta historia descubrimos que todavía faltaba una categoría.
Quizá la más extraordinaria de todas.
El hombre que bendice las decisiones.
Porque las decisiones nacen en la cabeza del Seleccionador.
Pero sólo algunos futbolistas poseen el extraño privilegio de convertirlas en una convicción colectiva.
Ellos no solamente ejecutan un plan.
Le dan sentido.
Lo hacen creíble.
Multiplican la confianza de todo un equipo.
Messi ha hecho eso durante dos décadas.
No únicamente resuelve partidos.
Hace que quienes lo rodean crean que cualquier plan puede funcionar.
Por eso Scaloni dirige con una certeza.
Luis de la Fuente, en cambio, tiene frente a sí a un joven extraordinario llamado Lamine Yamal.
Tal vez destinado a escribir una época.
Pero todavía recorriendo el camino que las leyendas tardan años en construir.
Mañana no veremos únicamente a dos generaciones enfrentadas.
Veremos a un rey cerrando una era...
...y a un muchacho intentando demostrar que algún día podría ser digno de ocupar ese lugar.
Porque las coronas no se conquistan derrotando a un rey.
Las coronas sólo se heredan cuando el tiempo demuestra que existe un sucesor capaz de sostener su peso.
Y, sin embargo, nada de eso será lo más difícil.
Lo verdaderamente difícil llegará cuando el partido entre en esos minutos donde el tiempo parece detenerse.
Minuto setenta.
Minuto ochenta.
Minuto noventa.
El banco comienza a mirar al Seleccionador.
Los jugadores buscan sus ojos.
Todo un país espera una decisión.
Y él comprende que nadie puede tomarla por él.
Ése es el instante donde desaparece el entrenador.
Y nace el Seleccionador.
Existe, sin embargo, un instante del que casi nunca se habla.
Cuando la libreta ya está cerrada.
Cuando el cuerpo técnico ya opinó.
Cuando las estadísticas terminaron.
Cuando la lógica dejó de ofrecer respuestas.
El Seleccionador vuelve a quedarse completamente solo.
Y es precisamente ahí donde aparece su último consejero.
La intuición.
Muchos la confunden con improvisación.
No lo es.
La intuición nace cuando el conocimiento, la experiencia y miles de horas de observación dejan de pensar con palabras y comienzan a reconocer aquello que todavía no puede demostrarse.
Pero ni siquiera eso basta.
Hace falta algo mucho más difícil.
El valor de obedecerla.
Hace algunos días recordábamos una frase que resume mejor que ninguna otra el precio del liderazgo.
William Wallace, antes de la batalla más importante de Escocia (en la película "Corazón Valiente"), reunió a sus hombres y les dijo:
"Sí, luchen y tal vez mueran. Corran y vivirán... al menos por un tiempo. Y muriendo en sus camas dentro de muchos años, ¿estarían dispuestos a cambiar todos los días desde hoy hasta entonces por una sola oportunidad... una sola oportunidad...?"
No era un discurso sobre la guerra.
Era un discurso sobre el arrepentimiento.
Porque el peor enemigo del ser humano nunca ha sido la derrota.
Ha sido la oportunidad que dejó escapar por miedo.
Y creo que ningún oficio entiende mejor esa verdad que el del Seleccionador.
Una derrota puede explicarse.
Puede existir un rival superior.
Una expulsión.
Un rebote.
Un penal.
Un poste.
El fútbol siempre ofrece argumentos.
Lo que jamás encuentra explicación...
Es la decisión que nunca se tomó.
¿Cómo se vive sabiendo que el cambio correcto permaneció sentado en la banca?.
¿Cómo se duerme imaginando que bastaba un paso al frente para cambiar la historia?.
¿Cómo se envejece acompañado por un "qué hubiera pasado si..."?.
Las derrotas terminan cuando el árbitro señala el final.
Los arrepentimientos permanecen mucho después de que los estadios quedan vacíos.
Acompañan al hombre durante toda la vida.
Ésa es la carga invisible del Seleccionador.
Mañana uno levantará la Copa del Mundo.
El otro deberá aprender a convivir con el recuerdo de las decisiones que tomó...
...y también con aquellas que nunca se atrevió a tomar.
Porque un Seleccionador puede sobrevivir a una derrota.
Lo que jamás consigue derrotar...
Es la decisión correcta que el miedo le impidió ejecutar.
Y quizá ahí se encuentre la mayor enseñanza de este Mundial.
No solamente para Scaloni.
No solamente para Luis de la Fuente.
Sino para todos nosotros.
Todos, alguna vez, hemos tenido una Final.
En un negocio.
En una empresa.
En una familia.
En una oportunidad que no volvió.
Todos hemos sentido el peso de decidir.
Y todos sabemos que hay derrotas que sanan.
Pero también sabemos que existe un adversario mucho más cruel.
El arrepentimiento.
Cuando el árbitro señale el final, el mundo recordará quién levantó la Copa del Mundo.
Nosotros sabremos por qué la levantó.
Porque durante semanas descubrimos que las Copas no pertenecen únicamente a los mejores futbolistas.
Pertenecen, casi siempre, al hombre que fue capaz de tomar la decisión correcta cuando el miedo le ofrecía un camino más cómodo.
Porque los entrenadores preparan partidos.
Los Seleccionadores preparan destinos.
Y mañana, cuando todo termine, uno de ellos habrá aprobado el examen más difícil que existe en el deporte.
El otro volverá a casa con una pregunta que quizá lo acompañe para siempre.
¿Y si hubiera tenido el valor de decidir diferente?
Porque, al final, las grandes decisiones nunca nacen únicamente del conocimiento.
Ni de la experiencia.
Ni siquiera del talento.
Nacen cuando el conocimiento, la experiencia y la preparación se encuentran con ese instante casi inexplicable que algunos llaman inspiración y otros llaman intuición.
Pero la intuición jamás cambia la historia por sí sola.
Lo que cambia la historia es el valor de hacerle caso.
Tal vez ésa sea la última gran lección que nos deja esta Copa del Mundo.
Porque mañana no levantará el trofeo quien menos dudas haya tenido.
Lo levantará quien haya sido capaz de mirar al miedo de frente...
...confiar en su preparación...
...escuchar su intuición...
...y tener el valor de convertirla en una decisión.
Porque las Copas del Mundo no pertenecen únicamente a quienes saben más.
Pertenecen, casi siempre, a quienes tienen el coraje de decidir cuando nadie puede garantizarles que tienen razón.
Amigo lector...
No lo olvide.
Todos somos los Seleccionadores de nuestra propia vida.
Y tarde o temprano...
Terminamos jugando nuestra propia Final de la Copa del Mundo.
Mientras tanto nosotros...
Veremos... y diremos.
Nosotros, como siempre, seguiremos en línea.
Hasta la próxima.
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En Línea Deportiva
Pepe Hanan
(Cuando una filosofía descubre el lugar donde terminan sus certezas).
"La leyenda que nunca llego"
Amigo lector...
Existen derrotas que se explican con un marcador.
Y existen otras que terminan explicando toda una generación.
La de esta tarde pertenece a las segundas.
Durante varias semanas recorrimos juntos el camino de Los Seleccionadores.
Primero apareció el sobreviviente.
Después el renacido.
Más tarde llegó la validación.
Parecía que el siguiente capítulo estaba escrito.
La leyenda.
Pero el fútbol tiene una costumbre tan vieja como el propio deporte.
Nunca entrega la gloria antes de hacer una última pregunta.
Y esa pregunta apareció esta tarde.
No se llamó Inglaterra.
Se llamó...
El último escalón.
Porque toda carrera extraordinaria llega inevitablemente a un punto donde el talento ya no basta.
Donde la experiencia ya no alcanza.
Donde el orden táctico deja de ser suficiente.
Ahí comienza otro fútbol.
El de las decisiones perfectas.
El de los detalles invisibles.
El de la fortaleza mental.
Y justamente ahí volvió a detenerse México.
Muchos dirán que Inglaterra fue superior.
No estoy completamente convencido.
Tampoco creo que Javier Aguirre haya perdido únicamente contra Thomas Tuchel.
Mucho menos pienso que esta derrota pueda resumirse en una alineación, un cambio o una sustitución.
Creo que ocurrió algo mucho más profundo.
México perdió contra el nivel de precisión que exige vencer a una potencia mundial.
Y quizá la primera derrota ocurrió antes del minuto uno.
No apareció en el marcador.
No apareció en una estadística.
Apareció en la manera de entender el partido.
Durante todo el Mundial vimos a un equipo valiente.
Un equipo que presionaba.
Que incomodaba.
Que creía.
Frente a Inglaterra vimos otra versión.
Un equipo correcto.
Ordenado.
Aplicado.
Pero mucho menos desafiante.
Como si el prestigio del rival hubiera ocupado, silenciosamente, un lugar dentro del vestidor.
Y eso cambia absolutamente todo.
Porque las grandes potencias no solamente juegan contra once futbolistas.
Juegan también contra el respeto que inspiran.
Y cuando ese respeto comienza a parecerse al miedo...
La batalla empieza cuesta arriba.
México tuvo el escenario.
Tuvo el Azteca.
Tuvo a su gente.
Tuvo la altura.
Tuvo a Inglaterra incómoda.
Tuvo incluso superioridad numérica durante un tramo importante del partido.
Tuvo, en pocas palabras, todo aquello que una Selección necesita para intentar cruzar una frontera histórica.
Pero no marcó primero.
Y en partidos así, el primer gol no solamente cambia el marcador.
Cambia el miedo.
Cambia el reloj.
Cambia el plan del rival.
Cambia el peso emocional del estadio.
Si México golpeaba primero, Inglaterra habría tenido que abandonar su comodidad.
Habría tenido que adelantar metros.
Habría tenido que correr riesgos.
Habría tenido que jugar contra el marcador, contra la altura, contra el público y contra su propia presión histórica.
Pero México no abrió la puerta.
Y cuando no abres la puerta en el momento exacto...
La potencia termina encontrando la suya.
Porque el verdadero partido no se perdió con el primer gol.
Se empezó a perder con el segundo.
Y entre uno y otro apenas transcurrieron tres minutos.
Treinta y cinco minutos de disciplina.
Treinta y cinco minutos sosteniendo el plan.
Treinta y cinco minutos ejecutando correctamente el Fútbol Tequila.
Todo quedó comprometido en apenas ciento ochenta segundos.
Ahí apareció la diferencia entre un buen equipo y una potencia mundial.
Las grandes selecciones reciben un golpe y se reorganizan.
Las que todavía buscan convertirse en élite reciben un golpe...
Y antes de recuperar el equilibrio reciben otro.
Eso fue exactamente lo que ocurrió.
Inglaterra no necesitó dominar durante todo el partido.
Le bastaron tres minutos de máxima precisión.
Y México necesitó esos mismos tres minutos para perder el control emocional del encuentro.
Porque cuando dos equipos llegan tan bien preparados...
La diferencia casi nunca aparece en la estrategia.
Aparece en la ejecución.
En ese pase que debía llegar medio metro más adelante.
En ese control que debía durar una fracción de segundo menos.
En esa cobertura que debía cerrarse un instante antes.
En esa decisión que debía tomarse sin dudar.
Las grandes potencias no siempre te derrotan porque hagan más.
Muchas veces te derrotan porque se equivocan menos.
Y esa diferencia parece mínima.
Hasta que aparece un Mundial.
Durante semanas hablamos del Fútbol Tequila.
De una filosofía nacida en la necesidad.
Construida entre rescates imposibles.
Equipos limitados.
Vestidores humildes.
Y futbolistas convencidos de competir contra rivales superiores.
Nada de eso desapareció esta tarde.
El Fútbol Tequila no fue desmentido.
Fue llevado hasta su frontera.
Porque las filosofías también tienen límites.
Y descubrirlos no significa que sean falsas.
Significa que todavía les falta conquistar un territorio.
Pero también hay que decirlo.
Por momentos, el Fútbol Tequila perdió su Agave.
Perdió el descaro.
Perdió la irreverencia.
Perdió ese impulso que lo había hecho competir durante todo el torneo.
El Fútbol Tequila no nació para administrar el miedo.
Nació para incomodar al poderoso.
Para morder.
Para resistir.
Para hacer sentir al rival que cada metro tendría un costo.
Y frente a Inglaterra, durante demasiados minutos, México pareció más preocupado por no equivocarse...
Que decidido a hacer que Inglaterra se equivocara.
Pienso en Javier Aguirre.
Y no veo a un entrenador que volvió a fracasar.
Veo a un hombre que volvió a encontrarse con el mismo escalón que ha perseguido durante tres décadas.
Ese lugar donde deja de discutirse si eres un gran entrenador.
Y comienza a decidirse si puedes convertirte en leyenda.
Es una diferencia enorme.
Porque los grandes entrenadores construyen equipos.
Las leyendas construyen épocas.
Y entre ambas existe una distancia mucho menor de la que imaginamos.
A veces...
Cabe solamente en un error mental.
Porque hoy los errores no nacieron únicamente en el pizarrón.
Nacieron dentro de la cancha.
La lesión de César Montes alteró el equilibrio.
Las dudas en momentos decisivos.
Las imprecisiones.
Las decisiones tomadas medio segundo tarde.
Y cuando enfrente tienes un rival lleno de futbolistas acostumbrados a decidir bajo máxima presión...
Ese medio segundo termina costando un Mundial.
Pero mientras escribía estas líneas comprendí que durante toda esta serie cometimos un error con la evaluación de los Seleccionadores.
Los evaluamos por sus alineaciones.
Por sus cambios.
Por la lectura de los partidos.
Por su manejo emocional.
Por su capacidad para decidir bajo presión.
Y, sin embargo, olvidamos el único momento donde un Seleccionador posee el cien por ciento del poder.
La convocatoria.
Ahí no existen rivales.
No existe el árbitro.
No existen las lesiones.
No existe la presión del estadio.
No existe el azar.
Existe únicamente el criterio de un hombre.
Por eso no se llama entrenador.
Se llama Seleccionador.
Porque antes de dirigir...
Debe elegir.
Y esa, quizá, sea la decisión más importante de todas.
Los cambios duran unos minutos.
Una convocatoria acompaña todo un Mundial.
Por eso hoy no creo que Javier Aguirre se haya equivocado solamente cuando decidió sustituir a Julián Quiñones, su ariete, con el que había roto las líneas enemigas y que era capaz él solo de "romper el portalón del castillo inglés.
Sin Quiñones en el campo de batalla el rival respiraba tranquilo ya que el ataque terrestre de su rival desaparecía y todo se definiría en las alturas, donde los ingleses tenían su principal fortaleza.
Si acaso existió un error, comenzó mucho antes.
Comenzó el día que decidió que Guillermo "Memote" Martínez debía ocupar uno de los lugares más valiosos de toda una convocatoria mundialista.
Porque una convocatoria no premia trayectorias.
No reconoce esfuerzos.
No concede homenajes.
Ni se gana por la estatura.
Una convocatoria responde únicamente a una pregunta.
¿Este futbolista puede ayudarme a ganar una Copa del Mundo?
Si la respuesta es sí...
Debe subir al avión.
Si la respuesta es no...
Por más duro que parezca, nunca debió ocupar ese lugar.
Porque los Mundiales no empiezan con el silbatazo inicial.
Empiezan el día que un Seleccionador entrega su lista definitiva.
Y muchas eliminaciones...
También.
Por eso sigo creyendo que ambos generales llegaron con un plan.
Ambos entendieron perfectamente la batalla.
Ambos prepararon a sus ejércitos.
Pero los generales solamente diseñan la estrategia.
Los soldados escriben el resultado.
Y mientras observaba el partido no pude evitar pensar que, por momentos, no estaba viendo únicamente un encuentro de fútbol.
Estaba contemplando el enfrentamiento de dos viejas escuelas de combate.
De un lado aparecieron los herederos de una tradición que durante siglos distinguió a las legendarias Casacas Rojas del Imperio Británico y al histórico New Model Army.
Una cultura donde la disciplina, la ejecución y la precisión terminaron convirtiéndose en una forma de identidad.
Del otro lado imaginé, futbolísticamente hablando, a los herederos del Ejército de Oriente del general Ignacio Zaragoza.
El mismo que le enseñó a México que la inferioridad de recursos nunca impide competir cuando la ejecución alcanza la excelencia.
Y entonces comprendí que aquella vieja lección seguía viva.
El valor nunca estuvo en duda.
Tampoco el compromiso.
Ni siquiera el plan de batalla.
La diferencia apareció cuando llegó el momento de ejecutar cada movimiento.
Porque las grandes batallas...
Como los grandes partidos...
Rara vez las pierde el ejército que menos lucha.
Casi siempre las gana el que menos se equivoca.
Y esa quizá sea la enseñanza más dura de este Mundial.
Porque el fútbol jamás será un juego donde un entrenador pueda controlar cada decisión.
Puede organizar.
Puede convencer.
Puede inspirar.
Puede corregir.
Pero nunca podrá pensar por once hombres al mismo tiempo.
Y ahí apareció Inglaterra.
No como un rival invencible.
Sino como un ejército extraordinariamente entrenado para equivocarse menos.
Eso también se entrena.
Eso también se construye.
Y quizá ahí se encuentre la siguiente frontera del fútbol mexicano.
No en la táctica.
No en la condición física.
No en la calidad técnica.
Sino en la fortaleza mental para sostener una idea cuando el partido entra en su zona de mayor presión.
Mientras observaba los últimos minutos pensé en Javier Aguirre.
No en el entrenador.
En el hombre.
Porque probablemente él sabía algo que todos nosotros también intuíamos.
Difícilmente volverá a tener otra oportunidad como ésta.
Tres Mundiales.
Tres intentos.
Tres caminos distintos.
Y los tres terminaron exactamente en el mismo lugar.
Octavos de Final.
Eso convierte esta derrota en algo mucho más profundo que una simple eliminación.
La convierte en una conversación con su propia historia.
Porque los entrenadores no compiten únicamente contra el rival.
También compiten contra aquello que dejaron pendiente en sus propias vidas.
Y esta tarde el destino volvió a hacerle exactamente la misma pregunta.
Esta vez tampoco encontró la respuesta.
Y también sería injusto ocultar lo evidente.
Durante varios minutos Inglaterra jugó con un hombre menos.
Era el momento que el partido llevaba esperando desde el silbatazo inicial.
La oportunidad de obligar al rival a defender cada metro.
La oportunidad de romper el bloque.
La oportunidad de validar todo aquello que habíamos escrito durante los últimos días.
Y, sin embargo...
México terminó atacando exactamente de la manera que más favorecía al rival.
Centro tras centro.
Pelota tras pelota.
Buscando por arriba a una de las mejores defensas aéreas del torneo.
Como si intentara derribar una muralla golpeándola justamente donde era más fuerte.
Ahí sí creo que Javier Aguirre volvió a equivocarse.
No por falta de experiencia.
Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, pareció quedarse sin respuestas.
Y cuando un Seleccionador deja de encontrar respuestas...
Los jugadores también dejan de encontrarlas.
Pero conforme el partido avanzaba apareció una última realidad.
México terminó siendo un equipo predecible.
No porque Javier Aguirre así lo hubiera diseñado.
Sino porque los recursos técnicos y creativos de sus futbolistas terminaron reduciendo el número de soluciones posibles.
Cuando un equipo no puede desequilibrar constantemente en el uno contra uno...
Cuando no aparecen esos pases que rompen líneas...
Cuando la imaginación comienza a escasear...
El juego termina recurriendo siempre a la misma respuesta.
Y eso fue exactamente lo que vimos.
Centro.
Tras centro.
Tras centro.
No porque fuera el plan perfecto.
Sino porque, probablemente, era el único camino que el partido iba dejando disponible.
Los encuentros anteriores habían contado una historia distinta.
México supo aprovechar los errores de sus rivales.
Convirtió equivocaciones ajenas en oportunidades propias.
Eso también es competir.
Pero Inglaterra cometió muy pocos errores verdaderamente aprovechables.
Y cuando desapareció esa posibilidad...
La diferencia dejó de ser táctica.
Se convirtió en una diferencia de calidad individual.
Y aquí me parece profundamente injusto cargar toda esa responsabilidad sobre Javier Aguirre.
Porque ningún Seleccionador fabrica futbolistas.
Los recibe.
Los organiza.
Los potencía.
Los convence.
Pero no los crea.
Los verdaderos arquitectos del talento aparecen mucho antes.
Se llaman formadores.
Entrenadores de fuerzas básicas.
Coordinadores.
Directores deportivos.
Clubes.
Dirigentes.
Ellos son quienes moldean al futbolista que quince años después llegará a la Selección Nacional.
Por eso quizá esta eliminación nos obliga a mirar mucho más atrás.
Mucho antes de Javier Aguirre.
Mucho antes de la convocatoria.
Mucho antes del Mundial.
Porque los Mundiales no empiezan cuando un Seleccionador entrega su lista.
Empiezan el día en que un niño pisa por primera vez una cancha de entrenamiento.
Si México quiere dejar de detenerse en el último escalón...
La conversación ya no puede comenzar en el banquillo.
Tiene que comenzar en la formación.
Porque el límite de un Seleccionador casi siempre termina siendo el punto de partida de un Formador.
Y mientras esa realidad no cambie...
Podrán cambiar los entrenadores.
Podrán cambiar los sistemas.
Podrán cambiar las generaciones.
Pero el último escalón seguirá apareciendo frente al fútbol mexicano.
Porque las leyendas no nacen cuando todo sale bien.
Nacen cuando alguien consigue ejecutar correctamente aquello que todos sabían que debía hacerse.
Y al final...
Comprendí que nuestra serie todavía no ha terminado.
Simplemente descubrió un capítulo que no habíamos visto.
Después del sobreviviente...
Después del renacido...
Después de la validación...
Apareció el último escalón.
Ese lugar donde las buenas historias se detienen.
Y solamente unas cuantas continúan hasta convertirse en leyenda.
Quizá el destino nunca quiso preguntarle a Javier Aguirre si era capaz de llegar más lejos.
Quizá la verdadera pregunta siempre fue otra.
¿Podría construir una Selección capaz de pensar mejor que él cuando el partido entrara en el caos?
La respuesta, desgraciadamente...
Todavía sigue pendiente.
Porque una cosa sigue siendo cierta, amigo lector...
Las derrotas enseñan.
Las victorias validan.
Pero únicamente las leyendas consiguen cruzar el último escalón.
Y Javier Aguirre no lo cruzó.
México tampoco.
El Fútbol Tequila llegó hasta su frontera.
No murió.
Pero tampoco alcanzó a convertirse en leyenda.
A partir de ahora, la saga continúa.
Porque otros Seleccionadores siguen vivos.
Otros sobrevivientes avanzaron.
Otros generales aún conservan sus ejércitos.
Y el Mundial seguirá haciendo lo que siempre hace.
Separar a los que compiten...
De los que trascienden.
Hasta que al final quede uno solo.
El último Seleccionador.
Mientras tanto nosotros...
VEREMOS Y DIREMOS.
P.D.
Me gusta imaginar que, cuando terminó el partido, Atenea esperaba en silencio.
Su carro dorado tenía un solo asiento disponible.
No estaba reservado para Javier Aguirre.
Estaba reservado para el hombre que fuera capaz de convertirse en leyenda.
El Vasco caminó hacia él.
Lo miró de frente.
Pero el último escalón volvió a separarlos.
Y Atenea...
Sin pronunciar una sola palabra...
Regresó sola al Olimpo.
Con un asiento vacío.
Porque la inmortalidad nunca se concede.
Siempre se conquista.
Y aquella tarde, en el Estadio Azteca, la historia decidió que Javier Aguirre seguiría siendo un gran entrenador...
Pero que la leyenda tendría que seguir esperando.
Nosotros, como siempre, seguiremos en línea.
Hasta la próxima.
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LA MONEDA ESTÁ EN EL AIRE. UN VIENTO SOPLARÁ Y UN COMETA CRUZARÁ LA CANCHA DEL AZTECA.
Escrito por Pepe HananEn Línea Deportiva
Pepe Hanan
¿Y si sí?
Amigo lector...
Hay algo profundamente injusto en el fútbol.
El juicio casi siempre empieza antes del veredicto.
Y, créame, pocas profesiones son tan crueles como la de un seleccionador.
Hoy por la tarde, Javier Aguirre tomará decisiones.
Como las ha tomado durante más de treinta años.
Unas serán acertadas.
Otras, quizá no.
Así ha sido siempre este juego.
Pero no perdamos de vista una cosa.
Cuando el árbitro haga sonar el silbatazo final, muchos no juzgarán las decisiones.
Juzgarán el resultado.
Y ahí es donde el fútbol suele perder la memoria.
Si México gana...
Las mismas decisiones serán calificadas como valientes.
Si México queda eliminado...
Las mismas decisiones serán llamadas errores imperdonables.
Curioso, ¿no le parece?
Las decisiones nunca cambiaron.
Lo único que cambió fue el marcador.
Ese es el doble juicio con el que convive un seleccionador.
Primero debe decidir sin conocer el desenlace.
Después será juzgado por millones que ya saben cómo terminó la historia.
Así de cruel.
Así de simple.
La moneda sigue en el aire.
Todavía nadie sabe de qué lado caerá.
Hoy, sobre la cancha del Azteca, soplarán dos vientos.
El viento del acierto.
Y el viento del error.
Y ninguno de los dos avisa cuándo llegará.
También pasará, como sucede en todos los Mundiales, el cometa de la buena fortuna.
Siempre cruza el estadio.
Siempre aparece.
Pero casi nunca se detiene donde más lo desean.
Se queda con el equipo que está preparado para reconocerlo... y atraparlo cuando pasa frente a él.
La jornada de ayer volvió a recordarnos por qué los partidos de eliminación directa obedecen a reglas distintas.
De los favoritos, solamente uno consiguió sobrevivir... y tuvo que hacerlo remontando en el tiempo añadido del segundo tiempo.
Un seleccionado sudamericano dio la gran campanada y confirmó que, cuando comienza el todo o nada, los antecedentes pesan mucho menos que el carácter.
Y, una vez más, los penales nos enseñaron la misma lección de siempre.
Los porteros pueden convertirse en héroes.
Los grandes tiradores también sienten el pánico escénico.
Porque los penales no siempre los falla el que menos sabe.
Muchas veces los falla el que más tiene que perder.
Y los seleccionadores descubren que una decisión tomada semanas atrás puede terminar definiendo el destino de toda una nación.
Por eso sigo creyendo que los Mundiales no premian únicamente al que mejor juega.
Premian al que mejor decide.
Premian al que mejor resiste.
Premian al último que consigue mantenerse de pie.
Hoy no solamente saldrán once futbolistas a defender una camiseta.
Saldrán a la cancha todas las decisiones que Javier Aguirre ha venido preparando durante los últimos veinticuatro años.
Y entonces, amigo lector...
Ya no hablarán las conferencias de prensa.
Ya no hablarán las estadísticas.
Ya no hablarán las promesas.
Hablarán las decisiones.
Porque, al final, los Mundiales nunca recuerdan las explicaciones.
Siempre recuerdan las decisiones.
Y una vez más comprobaremos una de las grandes leyes de los seleccionadores:
Los resultados cambian la opinión de la gente.
Las decisiones cambian la vida de quien tuvo el valor de tomarlas.
Hoy todo un país desea ver al Vasco convertido en un sobreviviente.
Para que el próximo domingo la nación entera pueda verlo competir contra el Equipo de la Rosa.
PROHIBIDO PERDER...
Hoy... ante Ecuador.
Mientras tanto, nosotros...
VEREMOS Y DIREMOS.
Agradezco especialmente los comentarios y la generosidad de don Guillermo Pacheco Pulido hacia esta serie de entregas.
Siempre es un estímulo saber que estas reflexiones encuentran eco en lectores de la experiencia y calidad de don Guillermo.
A él y a usted, amigo lector, les agradezco su preferencia. Su confianza me motiva a esforzarme aún más.
Nosotros, como siempre, seguiremos en línea.
Hasta la próxima.
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EN LÍNEA DEPORTIVA
Pepe Hanan
Tomar una decisión nos lleva un instante. Sus consecuencias pueden acompañarnos el resto de la vida.
Amigo lector:
Permítame hacerle una pregunta.
¿Cuánto tiempo cree usted que dura una mala decisión?
¿Noventa minutos?
¿Una semana?
¿Un torneo?
¿Un Mundial?
Durante mucho tiempo pensé exactamente lo mismo.
Hasta que entendí que tomar una decisión nos lleva apenas unos segundos.
Pero vivir con sus consecuencias puede llevarnos toda una vida.
Y entonces descubrí algo que jamás había visto con tanta claridad.
Las malas decisiones no nos persiguen para castigarnos.
Nos acompañan hasta descubrir si, con el paso del tiempo, nos convertimos en la persona capaz de tomar una mejor decisión.
Ésa, amigo lector, es la verdadera fortuna de tener otra oportunidad.
No la oportunidad en sí.
Sino el hombre en el que nos convertimos mientras ella llega.
Porque esperar depende del destino.
Prepararse depende exclusivamente de nosotros.
Y aquí es donde comienza realmente esta historia.
Durante varias semanas hemos recorrido juntos un camino apasionante.
Primero hablamos de entrenadores.
Después descubrimos a los Seleccionadores.
Carlos Bilardo nos enseñó que un Mundial rara vez pertenece al equipo que mejor juega.
Generalmente termina perteneciendo al que mejor sobrevive.
Carlos Alberto Parreira convirtió la paciencia en un campeonato.
Vicente del Bosque nos recordó que administrar un grupo siempre será mucho más complejo que administrar un sistema táctico.
Lionel Scaloni demostró que una derrota frente a Arabia Saudita podía transformarse en el primer paso hacia la gloria.
Y mientras analizábamos a cada uno de ellos apareció una pregunta que terminó cambiando por completo mi forma de entender este deporte.
¿Qué hace realmente diferente a un Seleccionador?
Mire usted,
Durante mucho tiempo pensé que era la táctica.
Después creí que era la experiencia.
Más tarde imaginé que todo dependía del liderazgo.
Hoy estoy convencido de que la respuesta es otra.
Los entrenadores toman decisiones.
Los Seleccionadores viven con las consecuencias.
Y créame...
No es lo mismo.
Hay decisiones que duran noventa minutos.
Hay otras que duran una carrera.
Y existen algunas que acompañan a un hombre durante veinticuatro años.
Aquí es donde quiero detenerme un momento.
Porque a partir de ahora dejaremos de hablar del entrenador Javier Aguirre.
Vamos a hablar del hombre, del ser humano.
Hace veinticuatro años abandonó una Copa del Mundo acompañado por dos decisiones que él mismo, muchos años después, reconocería públicamente como equivocadas.
Pudo hacer lo que normalmente hacemos todos cuando el fracaso nos visita.
Buscar culpables.
Hablar del árbitro.
Hablar de la mala suerte.
Hablar del rival.
Hablar de las circunstancias.
No lo hizo.
Aceptó el error.
Y cuando un hombre acepta un error ocurre algo extraordinario.
Deja de discutir con el pasado.
Y comienza a prepararse para el futuro.
Muchos piensan que Javier Aguirre pasó veinticuatro años esperando otra oportunidad.
Yo no.
Estoy convencido de que hizo algo mucho más inteligente.
Se preparó por si algún día regresaba.
Mientras algunos esperan que la vida cambie...
Otros cambian para cuando la vida vuelva.
Ésa ha sido, probablemente, la mayor victoria de Javier Aguirre.
Cada entrenamiento.
Cada vestidor.
Cada permanencia conseguida.
Cada descenso evitado.
Cada discusión.
Cada triunfo.
Cada derrota.
Cada error.
Cada acierto.
Todo fue construyendo al hombre que hoy vuelve a encontrarse frente a una puerta que muy pocas veces se abre dos veces en la vida.
Por eso llevo varios días escuchando con atención cada conferencia de prensa del Vasco.
Muchos buscan la alineación.
Otros intentan descubrir el sistema táctico.
Yo he preferido escuchar otra palabra.
Familia.
La repite una y otra vez.
Y no creo que sea casualidad.
Una familia comparte el esfuerzo.
Comparte el sacrificio.
Comparte la responsabilidad.
Cuando uno cae, otro aparece.
Cuando uno duda, alguien más cree por él.
Cuando uno ya no puede correr, otro corre ese metro que hace falta.
Eso no nace el día del partido.
Eso se construye durante meses.
Y aquí aparece otro personaje del que casi nadie habla.
Mientras todos observamos a Javier Aguirre dando instrucciones desde la zona técnica, existe un trabajo silencioso que pocas veces aparece en las cámaras.
El de Imanol Ibarrondo.
Muchos aficionados quizá no identifiquen su nombre.
Sin embargo, dentro de esta Selección desempeña una función tan importante como la estrategia o la preparación física.
Porque cuando las piernas empiezan a cansarse y la presión aumenta, el partido deja de jugarse únicamente en la cancha.
Empieza a jugarse en la mente.
Imanol no trabaja con sistemas tácticos.
Trabaja con personas.
Con la confianza.
Con el sentido de pertenencia.
Con la capacidad de un grupo para mantenerse unido cuando aparece la adversidad.
Y ahí vuelve a cobrar sentido una palabra que Javier Aguirre repite constantemente.
Familia.
No es un discurso.
Es una herramienta de supervivencia.
Porque cuando veintiséis voluntades consiguen fundirse en una sola...
La confianza termina convirtiéndose en fe.
Y cuando un grupo alcanza ese estado, deja de ser solamente una Selección.
Empieza a comportarse como una verdadera familia.
Y aquí viene una historia que muy pocos aficionados conocen, pero que ayuda a entender cómo nacen algunos grandes Seleccionadores.
En 1974, durante la concentración de Alemania en Malente, ocurrió algo que no figuró en ninguna alineación.
Después de una dolorosa derrota, Helmut Schön atravesó uno de los momentos más difíciles de su gestión. La presión, la incertidumbre y el desgaste comenzaron a reflejarse en el propio Seleccionador, afectando la estabilidad emocional del grupo.
Nadie le quitó el cargo.
Nadie puso en duda su autoridad.
Pero dentro del vestidor comenzó a suceder algo extraordinario.
Franz Beckenbauer empezó a asumir un liderazgo natural.
No desplazó a Helmut Schön.
Lo sostuvo.
Los jugadores comenzaron a mirar al capitán con la misma confianza con la que seguían escuchando al Seleccionador.
Y Helmut Schön tuvo la inteligencia que sólo tienen los grandes líderes.
Comprendió que aquel liderazgo no debilitaba su autoridad.
La fortalecía.
Desde ese momento dejaron de existir dos liderazgos enfrentados.
Nació una sola dirección.
Alemania terminó conquistando la Copa del Mundo.
Años más tarde, aquel capitán que había aprendido a conducir un vestidor terminó convirtiéndose en Seleccionador de Alemania y también levantó una Copa del Mundo desde el banquillo.
Los grandes Seleccionadores no nacen el día que reciben un nombramiento.
Empiezan a formarse el día que un vestidor decide seguirlos sin necesidad de que nadie se los ordene.
¿Puede un gran capitán convertirse en un gran Seleccionador?
La historia de Franz Beckenbauer respondió que sí.
Quizá algún día la historia también responda lo mismo sobre Rafa Márquez.
Y aquí aparece otra diferencia enorme.
El entrenador desarrolla futbolistas.
El Seleccionador reúne hombres capaces de sufrir... y sobrevivir... juntos.
Porque los Mundiales nunca premian al equipo que menos sufre.
Premian al que sabe sufrir mejor.
Bilardo lo entendió.
Parreira también.
Del Bosque jamás dejó de creerlo.
Scaloni terminó confirmándolo en Qatar.
Ahora le corresponde demostrarlo a Javier Aguirre.
No perdamos de vista algo amigo lector.
Cuando hablamos de un partido de eliminación directa, la mayoría imagina noventa minutos de fútbol.
Yo veo algo completamente distinto.
Veo una sucesión de decisiones.
Y cada una de ellas tiene un dueño diferente.
Los primeros treinta minutos pertenecen casi por completo al Seleccionador.
Ahí se pone a prueba todo aquello que imaginó durante semanas.
La presión.
Las coberturas.
Las vigilancias.
Los recorridos.
Los espacios.
Las fortalezas propias.
Las debilidades del rival.
Todo eso ya fue jugado muchas veces antes de que el árbitro haga sonar su silbato.
Después llega el futbolista.
Llega el carácter.
Llega la personalidad.
Llega la capacidad para convertir una idea en realidad.
Porque ningún plan, por brillante que sea, puede sobrevivir sin once hombres convencidos de ejecutarlo.
Y entonces aparece uno de los momentos más fascinantes que tiene un Mundial.
El descanso.
Quince minutos.
Nada más.
Quince minutos que muchas veces separan la gloria del fracaso.
Los orgullosos utilizan el medio tiempo para justificar lo que salió mal.
Los grandes Seleccionadores lo utilizan para corregirse.
Una vez que el rival ya mostró sus fortalezas y sus debilidades hay que contrarrestar las primeras y desfondar las segundas.
Permítame hacer memoria.
Brasil 2014.
Mientras millones de mexicanos seguimos discutiendo el penal sobre Arjen Robben, Louis van Gaal ya estaba jugando otro partido.
La famosa pausa de hidratación no significó únicamente agua.
Significó tiempo.
Tiempo para corregir.
Tiempo para reorganizar.
Tiempo para cambiar la historia.
Muchos vimos una pausa.
Van Gaal vio una oportunidad.
Y ahí está una de las grandes diferencias entre un entrenador y un Seleccionador.
Los entrenadores administran minutos.
Los Seleccionadores administran momentos.
Porque los Mundiales rara vez se deciden en las jugadas que todos recuerdan.
Con frecuencia se deciden en esos pequeños instantes que casi nadie alcanza a ver.
Después llega el minuto setenta.
Y el partido vuelve a cambiar de dueño.
Aquí aparece uno de los personajes más importantes... y, al mismo tiempo, uno de los menos reconocidos.
El preparador físico.
Sí.
Ese hombre que casi nunca aparece levantando la Copa.
Pero cuyo trabajo puede terminar sosteniendo un sueño.
Porque cuando las piernas empiezan a pesar...
Cuando los pulmones arden...
Cuando los músculos dejan de responder...
Ya no alcanza con la táctica.
Hace falta algo más.
Ahí aparece Pol Lorente.
Y aunque pocos hablen de él, una parte importante de las posibilidades de México también descansan sobre su trabajo.
Si esta Selección llega con fuerza al minuto 105...
Si todavía tiene piernas cuando el rival comienza a quedarse sin ellas...
Para cerrar con un ímpetu fuera de toda lógica los últimos 15 minutos.
No será producto de la casualidad.
Será el resultado de cientos de entrenamientos que muy pocos observaron.
Ésa también será una victoria.
La victoria silenciosa del preparador físico.
Pero tampoco nos confundamos.
Ni siquiera la mejor preparación física garantiza sobrevivir.
Porque siempre llega un momento donde el cuerpo deja de responder.
Y entonces solamente queda aquello que ningún laboratorio puede medir.
La mente.
Siempre la mente.
¿Por qué algunos equipos siguen corriendo cuando parece imposible hacerlo?
¿Por qué algunos futbolistas encuentran fuerzas donde aparentemente ya no existen?
La respuesta no siempre está en los músculos.
Muchas veces está en la convicción.
Y aquí vuelve a aparecer esa palabra que Javier Aguirre ha repetido una y otra vez durante este Mundial.
Familia.
No creo que la utilice por casualidad.
Tampoco por romanticismo.
La utiliza porque entiende algo que los grandes Seleccionadores han comprendido desde hace décadas.
La confianza también se entrena.
La unidad también se construye.
Y la fe también puede prepararse.
Cuando un grupo deja de creer...
Ya empezó a perder.
Aunque todavía falten veinte minutos por jugar.
Cuando un grupo sigue creyendo...
Todavía puede cambiar la historia.
Aunque el reloj marque el minuto ciento veinte.
Por eso un Seleccionador no reúne solamente talento.
Reúne convicciones.
Reúne liderazgos.
Reúne personalidades.
Reúne hombres capaces de sostener al compañero cuando el compañero deja de sostenerse a sí mismo.
Porque el talento gana partidos.
La unidad mantiene vivos los sueños.
Y la fe...
La fe termina sosteniendo a los campeones.
Y aquí, amigo lector, permítame salir un momento del fútbol.
Porque ésta ya dejó de ser únicamente una historia sobre Javier Aguirre.
¿Cuántos de nosotros seguimos esperando una segunda oportunidad?
Ese ascenso que nunca llegó.
Ese negocio que no se dio.
Esa reconciliación que dejamos escapar.
Ese proyecto que fracasó.
Ese momento que todavía sentimos que nos debe la vida.
La mayoría vive esperando que vuelva.
Muy pocos entienden que, mientras llega, existe una obligación mucho más importante.
Prepararse.
Porque las oportunidades no cambian a las personas.
Las oportunidades revelan en quién nos hemos convertido mientras las esperábamos.
Ésa, para mí, es la verdadera enseñanza que deja Javier Aguirre.
No esperó veinticuatro años.
Se preparó durante veinticuatro años.
Y cuando uno entiende eso, también comprende por qué hoy transmite una serenidad diferente.
No veo al técnico que quiere demostrar que tenía razón.
Veo al hombre que entendió que tener razón nunca fue lo importante.
Lo importante siempre fue tomar la mejor decisión para el grupo.
Y esa diferencia cambia absolutamente todo.
El liderazgo también madura.
La humildad también madura.
La paciencia también madura.
Hasta los errores maduran... cuando decidimos aprender de ellos.
Por eso sigo convencido de que el rival más peligroso que enfrentará México no será únicamente el que tenga enfrente.
Existe otro mucho más difícil de derrotar.
La duda.
La duda rompe vestidores.
La duda divide grupos.
La duda convierte un pase sencillo en un error.
La duda hace que un futbolista deje de intentar aquello que ha hecho toda su vida.
Y ésa es la primera batalla que un Seleccionador debe ganar.
Antes de derrotar al rival...
Debe impedir que su propio equipo sea derrotado por la duda.
Por eso Javier Aguirre insiste tanto en la confianza.
Porque sabe que cuando un grupo cree de verdad, aparece algo extraordinario.
La fe.
No una fe ingenua.
No una fe basada en milagros.
Hablo de la fe que nace del trabajo.
Del esfuerzo.
Del sacrificio.
De la disciplina.
De la certeza de que cada hombre cumplirá exactamente con la responsabilidad que asumió.
Cuando el esfuerzo individual se transforma en compromiso colectivo...
La confianza termina convirtiéndose en fe.
Y cuando la fe se instala dentro de un vestidor...
Las individualidades desaparecen.
Nace una familia.
Y cuando una familia entra a competir...
Ya no juega únicamente por un resultado.
Juega por el hombre que tiene al lado.
Juega por quien dirige desde la banca.
Juega por una misma causa.
"Uno para todos... y todos para uno."
Ésa parece ser, hoy, la filosofía de Javier Aguirre.
No significa que vaya a ganar.
En el fútbol el rival también cuenta y juega su propio partido.
También ajusta.
También sueña.
También se prepara.
Y, algunas veces, simplemente es mejor.
Hay que saber reconocerlo.
Porque la grandeza no consiste únicamente en vencer.
También consiste en saber competir con dignidad cuando el adversario demuestra ser superior.
Sin embargo...
Hay algo que sí depende completamente de México.
No entregarse antes de tiempo.
No dejar que la duda gane el partido antes que el rival.
Y aquí regreso al principio de esta columna.
Hace veinticuatro años Javier Aguirre salió de un Mundial acompañado por dos decisiones que nunca pudo olvidar.
Hoy la vida le concede algo que muy pocas personas reciben.
La posibilidad de volver a encontrarse frente a una oportunidad semejante.
No para borrar el pasado.
El pasado jamás se borra.
Sino para demostrar cuánto ha crecido el hombre que tuvo que vivir con él.
Porque el tiempo, por sí solo, no corrige las malas decisiones.
Lo que las corrige es la persona en la que nos convertimos mientras el tiempo pasa.
Ésa es la verdadera enseñanza.
No solamente para un Seleccionador.
Para cualquiera de nosotros.
Todos hemos tomado decisiones de las que nos arrepentimos.
Todos hemos deseado volver atrás.
La vida casi nunca concede ese privilegio.
Pero cuando lo hace...
Lo único verdaderamente importante es llegar preparados.
Preparados para decidir mejor.
Preparados para confiar más.
Preparados para dejar el orgullo de lado.
Preparados para entender que la experiencia no consiste en cumplir años.
Consiste en no volver a cometer el mismo error cuando la historia nos ofrece una nueva oportunidad.
Dentro de escasos días sabremos si México continúa sobreviviendo.
Eso pertenece al fútbol.
Pero existe otra historia que también comenzará a escribirse.
La de un hombre que, veinticuatro años después, volverá a encontrarse frente a la decisión que marcó su vida.
Y muy pocas veces la historia tiene la generosidad de preguntar dos veces:
"¿Ahora sí estás listo?"
Tengo la impresión de que Javier Aguirre lleva mucho tiempo preparando esa respuesta.
Porque tomar una decisión nos lleva un instante.
Sus consecuencias pueden acompañarnos toda una vida.
Pero existe una diferencia entre un entrenador y un Seleccionador.
El entrenador puede olvidar una derrota.
El Seleccionador jamás olvida una decisión.
Y quizá por eso...
Los Mundiales no terminan cuando el árbitro hace sonar su silbato.
Terminan cuando el hombre que tomó la decisión consigue, por fin, reconciliarse con ella.
La gloria no pertenece al más brillante.
Pertenece al hombre que, después de equivocarse, nunca dejó de prepararse para volver a decidir.
Porque, al final...
Los Mundiales no solamente descubren Campeones.
También revelan seres humanos.
Y quizá ésa sea la enseñanza más profunda que nos dejan los grandes Seleccionadores.
Por lo pronto la primera cita con el destino es el próximo martes 30 de junio, contra Ecuador.
La historia dice que México debe superarlo, pero hay que enfrentar con seriedad y con el "cuchillo entre los dientes" al puro estilo del Vasco, pero sumando la Sabiduría de Javier Aguirre.
El martes ya no jugarán solamente once futbolistas.
Entrarán a la cancha todos los hombres de Javier Aguirre.
Los que preparan la estrategia.
Los que fortalecen la mente.
Los que sostienen el cuerpo.
Y los que, durante veinticuatro años, ayudaron a construir al hombre que hoy vuelve a encontrarse con su destino.
A partir de ahí... ya no hablará el pasado.
Hablarán sus decisiones.
Esperamos el mejor de los resultados (continuar con vida), aunque la vida les vaya en ello.
Mientras tanto nosotros...
VEREMOS Y DIREMOS
Nosotros, como siempre, seguiremos en línea.
Hasta la próxima.
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LOS GOLES SON EL DESENLACE DEL PARTIDO... LAS DECISIONES SON EL DESENLACE DEL MUNDIAL.
Escrito por Pepe HananEn Línea Deportiva
El apunte de Pepe Hanan
Amigo lector:
Déjeme hacerle una pregunta.
Cuando terminó el partido entre México y Chequia...
¿Cuál cree usted que fue la mejor decisión de Javier Aguirre?
No tenga prisa en responder.
Yo tampoco la tuve.
Seguramente muchos elegirán el gol de Mateo Chávez.
Otros se quedarán con la aparición de Julián Quiñones.
Habrá quien recuerde el disparo de Álvaro Fidalgo al ángulo o la gran ovación que recibió Guillermo Ochoa al ingresar al terreno de juego.
Todas son respuestas válidas.
Pero, mientras regresaba a casa, no dejaba de darle vueltas a una idea.
Creo que estamos analizando el partido equivocado.
No me refiero al marcador.
México ganó bien.
Terminó primero de su grupo.
Consiguió nueve puntos de nueve posibles.
Seis goles a favor.
Ninguno en contra.
Por primera vez en su historia ganó los tres partidos de una fase de grupos de una Copa del Mundo.
Y, además, se convirtió apenas en la sexta selección que logra combinar paso perfecto con portería invicta.
Todo eso quedará registrado en los libros de historia de los Mundiales.
Pero los libros casi siempre cuentan lo que pasó.
Muy pocas veces explican por qué pasó.
Y ahí, precisamente ahí, comienza la parte que más me interesa.
Porque, mientras la mayoría analiza los goles, yo prefiero detenerme en las decisiones.
Tengo la impresión de que Javier Aguirre no empezó a ganar este partido cuando Mateo Chávez abrió el marcador.
Lo empezó a ganar varios días antes.
Mientras todos discutíamos si Guillermo Ochoa debía ser titular, si era conveniente descansar a medio equipo o si el tercer partido ya no tenía importancia porque México ya estaba clasificado, el Vasco probablemente estaba resolviendo preguntas completamente distintas.
¿Cómo rotar sin romper el funcionamiento?
¿Cómo administrar el desgaste físico sin perder ritmo competitivo?
¿Cómo reconocer a una leyenda sin afectar la confianza del portero que se había ganado el puesto?
¿Cómo mantener involucrados a veintiséis futbolistas sabiendo que solamente juegan once?
Y, sobre todo...
¿Cómo llegar mejor a la etapa donde realmente comienzan los Mundiales?
Porque no nos confundamos.
La fase de grupos premia.
La eliminación directa sentencia.
Y, conforme avanzaban los minutos frente a Chequia, empecé a entender que Aguirre ya no estaba dirigiendo un partido.
Estaba administrando consecuencias.
La primera fue resistir la tentación.
El camino sencillo era cambiar medio equipo.
Dar minutos por compromiso.
Quedar bien con todos.
Convertir el partido en una ceremonia de reconocimientos.
Lo que, sinceramente, habría sido una verdadera locura.
Aguirre hizo exactamente lo contrario.
Rotó donde creyó conveniente.
Descansó a quienes necesitaban descanso.
Pero jamás rompió la estructura.
Nunca sacrificó la identidad del equipo.
Porque, normalmente, lo que funciona bien no necesita cambiarse.
Y un Mundial no se gana formando equipos distintos cada cuatro días.
Se gana fortaleciendo una misma idea.
Confieso que hubo una decisión que me gustó especialmente.
La de Raúl Rangel y Guillermo Ochoa.
Toda la semana se habló del posible homenaje para Memo.
Muchos lo pedían como titular.
Aguirre decidió otra cosa.
Y, para mi gusto, acertó.
Rangel inició el partido porque se lo había ganado.
Dos encuentros.
Cero goles recibidos.
Seguridad.
Confianza.
Era justo mantenerlo.
Después, cuando el partido estaba completamente controlado, apareció Guillermo Ochoa.
El Estadio Azteca explotó.
Fue uno de esos momentos que ponen la piel de gallina.
Y, sin embargo, nadie sintió que Rangel había perdido.
Al contrario.
Los dos ganaron.
Uno conservó la confianza.
El otro recibió el reconocimiento que su carrera merece.
Y el vestidor entendió un mensaje muy poderoso.
Aquí primero juega el presente.
Después se honra la historia.
Ésa, para mí, fue la mejor decisión de Javier Aguirre.
Y no apareció en el resumen del partido.
Tampoco pasó desapercibida otra decisión.
Luis Romo volvió a ser titular.
Hace apenas unos días, muchos seguían preguntándose por qué Álvaro Fidalgo había salido del once inicial.
Aguirre respondió con hechos.
Ratificó a Romo.
Y terminó participando en la jugada del primer gol.
Las decisiones repetidas dejan de ser experimentos.
Se convierten en convicciones.
Y un seleccionador necesita convicciones mucho más que popularidad.
Hay otro dato que me parece revelador.
Al terminar la fase de grupos, Javier Aguirre había utilizado a veinticinco de los veintiséis convocados.
Solamente Carlos Acevedo quedó sin minutos.
Muchos dirán que repartió oportunidades.
Yo lo veo distinto.
Y ahí es donde cambia la perspectiva.
No repartió minutos.
Construyó pertenencia.
Hizo sentir parte del proyecto a prácticamente todo el grupo sin debilitar nunca el funcionamiento colectivo.
Primero protegió la competencia.
Después protegió al vestidor.
Y ese orden explica muchas cosas.
También creo que existe una decisión silenciosa que terminará teniendo un enorme valor.
Terminar primero del grupo no solamente significa clasificar.
Significa permanecer en el Estadio Azteca.
Significa seguir jugando a más de dos mil doscientos metros sobre el nivel del mar.
Significa evitar traslados.
Mantener rutinas.
Dormir en el mismo lugar.
Entrenar en el mismo entorno.
Obligar al siguiente rival a adaptarse mientras México permanece en casa.
Chequia comenzó a resentir el desgaste conforme avanzó el segundo tiempo.
Los siguientes rivales también tendrán que convivir con esa realidad.
No garantiza victorias.
Pero los Mundiales rara vez se deciden por una sola gran ventaja.
Normalmente se deciden por muchas pequeñas ventajas acumuladas.
Y los grandes seleccionadores aprenden a construirlas desde el primer día del torneo.
Por eso, cuando terminó el partido, no pensé en los tres goles.
Pensé en las consecuencias.
Porque las decisiones de Aguirre no estaban diseñadas para ganar únicamente frente a Chequia.
Estaban diseñadas para llegar mejor a los dieciseisavos.
Y después, a los octavos.
Y, si el fútbol lo permite, seguir avanzando.
No sé hasta dónde llegará México.
Sería irresponsable afirmarlo.
La eliminación directa no concede segundas oportunidades.
Un mal partido puede borrar todo lo construido.
Pero sí creo haber descubierto algo en este Javier Aguirre.
Hace unos días escribía que el Vasco ya no buscaba.
Que el Vasco ya había encontrado.
Hoy agregaría algo más.
Ya no administra partidos.
Administra consecuencias.
Y quizá ahí viva la diferencia entre un entrenador y un verdadero seleccionador.
Porque los goles alimentan la memoria de los aficionados.
Pero son las decisiones las que terminan escribiendo la historia.
No sé qué nos depare este Mundial.
Nadie puede saberlo.
Pero sí sé una cosa.
Hasta hoy, Javier Aguirre ha entendido algo que muy pocos comprenden.
Los partidos duran noventa minutos.
Las consecuencias de las decisiones pueden durar toda una vida.
Ahora sí comienza el Mundial que todos recordamos.
El de los partidos donde ya no existe mañana.
Donde un error puede borrar cuatro años de trabajo.
Donde una decisión correcta puede convertir a un futbolista en héroe...
...y a un seleccionador en leyenda.
Porque en los Mundiales sobreviven muchos.
Pero solamente uno termina levantando la Copa.
Y, hasta ahora...
Javier Aguirre ha administrado cada consecuencia...
"Pian pianito".
Mientras tanto...
VEREMOS Y DIREMOS...
Nosotros, como siempre, seguiremos en línea.
Hasta la próxima.
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EL ÚLTIMO HOMBRE QUE QUEDA DE PIE... ACABA SIENDO EL CAMPEÓN.
Escrito por Pepe HananEn Línea Deportiva
Le voy a confesar algo, amigo lector.
Durante muchos años pensé que los Mundiales los ganaban los mejores equipos.
Después pensé que los ganaban los mejores jugadores.
Más tarde llegué a creer que todo dependía de los sistemas tácticos.
Y como suele suceder en la vida, el tiempo terminó enseñándome otra cosa.
Porque mientras más Mundiales veo, más me convenzo de una realidad que parece sencilla, pero que cambia absolutamente todo.
Los entrenadores juegan para ganar.
Los seleccionadores juegan para sobrevivir.
Mire usted qué diferencia.
Parece la misma profesión.
No lo es.
El entrenador tiene tiempo.
Entrena todos los días.
Corrige.
Ensaya.
Repite.
Perfecciona.
El seleccionador trabaja con tiempo prestado.
Llega.
Observa.
Decide.
Y vive con las consecuencias.
Por eso siempre me han fascinado los seleccionadores.
Porque administran algo mucho más complejo que un sistema de juego.
Administran destinos.
Y cuando uno revisa la historia de los Mundiales encuentra hombres muy distintos entre sí.
Bilardo.
Parreira.
Del Bosque.
Scaloni.
Y ahora Javier Aguirre.
Todos diferentes.
Todos exitosos.
Todos curtidos en el sufrimiento.
Pero al final, todos sobrevivientes.
Porque, amigo lector, los Mundiales no pertenecen al más brillante.
Pertenecen al último hombre que queda de pie.
Carlos Bilardo lo entendió antes que muchos.
Cuando Argentina llegó a Italia 90 ya no era aquella máquina competitiva que había conquistado México cuatro años antes.
Maradona jugaba lesionado.
Burruchaga estaba disminuido físicamente.
Ruggeri arrastraba molestias.
Caniggia era prácticamente el único hombre capaz de romper una defensa rival con velocidad.
Y detrás de todos ellos aparecía Sergio Goycochea.
El encargado de custodiar el último bastión argentino.
La portería.
La última línea de resistencia.
El hombre que terminó simbolizando a aquella selección.
Porque cuando Argentina ya no podía imponerse desde el talento, debía resistir desde el carácter.
Y cuando ya no podía ganar los partidos, necesitaba encontrar la manera de no perderlos.
Ahí apareció Goycochea.
Primero contra Yugoslavia.
Después contra Italia.
Siempre cuando parecía que la historia estaba por terminar.
Y, sin embargo, Argentina seguía apareciendo en el siguiente partido.
Como esos viejos boxeadores que ya no ganan por nocaut, pero que siempre encuentran la manera de escuchar la campana final permaneciendo de pie.
Cuatro años después, Carlos Alberto Parreira enfrentó otro desafío.
Brasil llevaba veinticuatro años sin levantar la Copa del Mundo.
Todo un país exigía espectáculo.
Jogo Bonito.
Goleadas.
Magia.
Fantasía.
Parreira eligió otra ruta.
Y dejando de lado lo que la afición quería disfrutar, se concentró en lo que la afición quería obtener.
La Copa del Mundo.
Se enfocó en:
Orden.
Disciplina.
Paciencia.
Equilibrio.
Lo criticaron durante todo el torneo.
Pero siguió adelante.
Porque entendió algo que muchos todavía no entienden.
Los equipos brillantes ganan partidos.
Los equipos disciplinados sobreviven torneos y alcanzan campeonatos.
Y quizá la mejor prueba llegó el día de la Final.
Ciento veinte minutos de tensión.
Ciento veinte minutos de espera.
Ciento veinte minutos sin cometer el error fatal.
Hasta que llegó la tanda de penales.
Y entonces apareció aquello que todo sobreviviente espera.
El error del rival.
Desgraciadamente para Roberto Baggio, la historia le tenía reservado ese papel.
El mejor futbolista italiano de su generación terminó enviando el balón por encima del travesaño.
Y en ese instante Brasil encontró la gloria que llevaba veinticuatro años buscando.
Porque muchas veces los Mundiales no los decide una genialidad.
Los decide un error.
Y la samba volvió a escucharse por todo el planeta.
El primer tetracampeón del mundo había nacido.
Una verdadera locura.
Vicente del Bosque encontró un camino diferente.
España dominaba desde la posesión.
Defendía con el balón.
Administraba los ritmos.
Controlaba los espacios.
Reducía riesgos.
Pero incluso aquella selección extraordinaria terminó necesitando a un sobreviviente.
Porque la Final también llegó al límite.
Al desgaste.
Al sufrimiento.
Al tiempo extra.
Y fue entonces cuando apareció Andrés Iniesta.
No el Iniesta brillante que dominaba partidos.
No el Iniesta fresco de otros años.
Sino el Iniesta agotado.
Exprimido.
Jugando con las últimas reservas que le quedaban.
Sacando fuerzas desde el interior para iniciar aquella acción que terminaría cambiando la historia.
Un esfuerzo más.
Un recorrido más.
Un instante más.
Lo suficiente para que España encontrara el jaque mate que llevaba décadas persiguiendo.
Porque incluso los equipos más brillantes necesitan sobrevivir antes de alcanzar la eternidad.
Y mientras observo este Mundial, amigo lector, no puedo evitar pensar en Javier Aguirre.
No en el entrenador.
En el seleccionador.
El discípulo de Rinus Michels.
De Nacho Trelles.
De Bora Milutinović.
De Mejía Barón.
El hombre que cambió los botines por el banquillo para recorrer este camino de lágrimas, presiones, decisiones y responsabilidades.
Porque este no es el Aguirre de 2002.
Tampoco el de 2010.
Aquellos todavía se estaban construyendo.
Este ya no.
Este Aguirre ya enterró a todos sus muertos.
Y créame, amigo lector, no fueron pocos.
Treinta años de carrera dejan cicatrices.
Algunas públicas.
Otras privadas.
Algunas que se olvidan con el tiempo.
Y otras que siguen apareciendo cuando nadie las llama.
Porque los seleccionadores no son perseguidos por los goles que reciben.
Son perseguidos por las decisiones que toman.
Y pocas cosas envejecen más lentamente que una decisión tomada en una Copa del Mundo.
Quizá por eso este Aguirre luce diferente.
Porque hay derrotas que enseñan.
Pero también hay derrotas que transforman.
Y las más dolorosas suelen convertirse en las maestras más severas.
Por eso hoy luce diferente.
Más tranquilo.
Más paciente.
Más pragmático.
¿Por qué no decirlo?
Más sabio.
Porque la sabiduría proviene de la aplicación de la inteligencia y el buen juicio a lo largo de la experiencia.
Y treinta años como entrenador, más catorce como futbolista profesional, alguna enseñanza debió haberle dejado.
Porque mientras muchos siguen viendo partidos, él parece estar viendo consecuencias.
Más de mil partidos dirigidos.
España.
Japón.
Egipto.
Emiratos Árabes.
Tres Mundiales con México.
Finales perdidas.
Descensos evitados.
Uno que fue imposible evitar.
Champions League.
Proyectos rescatados.
Errores cometidos.
Sospechas de las que terminó exonerado.
Críticas soportadas.
Y una conclusión que parece gobernar cada una de sus decisiones.
No cometer ni un solo error más.
El tiempo de los errores ya caducó.
Porque este México no intenta enamorar.
No intenta aplastar.
No intenta convencer.
Intenta permanecer.
Dos partidos.
Dos victorias.
Tres goles a favor.
Cero en contra.
Cero lesionados.
Una sola tarjeta amarilla.
Una base titular que empieza a consolidarse.
Cambios que se repiten.
Jerarquías claras.
Nada parece producto de la improvisación.
Porque Aguirre ya no busca.
Aguirre ya encontró.
Y ahí es donde está el detalle.
Porque quizá la reflexión más importante de todas no tiene que ver con Bilardo.
Ni con Parreira.
Ni con Del Bosque.
Tiene que ver con nosotros.
Con México.
Desde 1986 hemos perseguido la gloria.
Y no nos engañemos.
No la hemos alcanzado.
Ni siquiera nos hemos acercado realmente.
Lo que hemos acumulado son experiencias.
Recuerdos.
Frustraciones.
Y eliminaciones.
Algunas dolorosas.
Otras inevitables.
Y a juicio de la afición, casi todas inmerecidas.
Pero también casi todas parecidas.
Hemos querido jugar como argentinos.
Como serbios.
Como españoles.
Como colombianos.
Y hasta como suecos.
Y cuando hemos intentado jugar como mexicanos, muchas veces hemos tratado de copiar modelos ajenos.
Buscando respuestas en otros lugares.
Persiguiendo estilos que no nos pertenecen.
Hoy escuchamos que México debe gustar.
Que debe tener posesión.
Que debe parecerse al Barcelona de Guardiola.
Que debe jugar como las grandes potencias.
Y quizá algún día tenga los futbolistas para hacerlo.
Pero no sé usted qué piense, amigo lector.
Yo no veo hoy a Maradona.
No veo a Romario.
No veo a Iniesta.
No veo a Messi.
Lo que veo son veintiséis futbolistas.
Y a veces los Mundiales no los ganan las estrellas.
Los ganan los equipos.
Veintiséis hombres que, si son bien dirigidos, bien encauzados y trabajan juntos, pueden construir algo mucho más poderoso que cualquier individualidad.
Pueden resistir.
Pueden competir.
Pueden sobrevivir.
Y quizá, solo quizá, puedan alcanzar esa gloria que durante cuarenta años se nos ha escapado de las manos.
Porque la gloria alcanzable está ahí.
Se llama semifinal.
Y para llegar a ella tal vez México no necesita parecerse a nadie.
Tal vez necesita hacer algo mucho más simple.
Reducir errores.
Resistir.
Esperar.
Y cuando el rival se equivoque...
Golpear.
Porque los Mundiales no siempre los gana el más brillante.
Muchas veces los gana el último hombre que queda de pie.
Y Javier Aguirre sigue de pie.
Por ahora.
Esperando que el destino finalmente lo alcance.
Porque los Mundiales son pacientes.
Siempre terminan revelando la verdad.
Y la verdad suele pertenecer al último hombre que queda de pie.
He de confesarle que un servidor,
de muy joven, pensaba que la Selección debía avasallar y encantar.
Conforme fui entendiendo mejor el juego, cambié el avasallar por encantar y ganar.
Hoy, en plena madurez, sé que el secreto no está en jugar mejor.
Está en sobrevivir más tiempo.
Y quizá ahí radique la diferencia.
El Javier Aguirre de 2002 y 2010 tomaba decisiones como entrenador.
El Javier Aguirre de 2026 ya lo veo tomando decisiones como un Seleccionador.
Mientras tanto...
VEREMOS Y DIREMOS...
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Hasta la próxima.
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En Línea Deportiva
Pepe Hanan
México ganó.
Otra vez.
Dos partidos, seis puntos, tres goles a favor y cero en contra.
Primer lugar del grupo.
Hasta ahí, la estadística fría y, a la vez, halagadora.
Ahora vamos al fondo.
Porque el triunfo ante Corea del Sur no fue una exhibición de buen fútbol.
No fue una sinfonía.
No fue una noche para guardar en la memoria del buen fútbol.
Fue otra cosa.
Fue un partido de Javier Aguirre.
Así de simple.
Y también así de complicado.
Corea tuvo más la pelota.
Corea remató lo mismo que México.
Corea terminó empujando.
Corea cerró el partido sobre el área mexicana.
Pero Corea cometió el error que México no cometió.
Y en los Mundiales, los errores se pagan muy caros.
Al minuto 49, Julián Quiñones peleó una pelota incómoda; el portero Kim Seung-gyu salió mal, chocó con su defensa, soltó el balón y Luis Romo apareció donde aparecen los jugadores oportunistas: en el lugar correcto, en el momento correcto y con la portería abierta.
No fue una jugada de pizarrón.
No fue una genialidad.
Fue un error.
Y México lo aprovechó.
Punto.
Pero el partido no se explica solamente por el gol.
Se explica por lo que Aguirre está construyendo.
Y aquí viene el dato.
Contra Sudáfrica, el Vasco hizo cinco cambios.
Contra Corea, hizo otros cinco.
Y en los dos partidos se repitieron tres nombres desde la banca: Orbelín Pineda, Santiago Giménez y César Huerta.
Eso no es casualidad.
Eso es jerarquía.
Eso es libreta.
Eso es confianza.
Aguirre no está tirando dados.
Aguirre ya sabe a quién llamar.
También repitió ocho titulares entre el primer y segundo partido.
No está buscando equipo.
Ya lo encontró.
Y cuando un seleccionador deja de buscar, empieza a competir desde otro lugar.
Los técnicos jóvenes buscan respuestas.
Los técnicos viejos buscan certezas.
Y el Vasco, a estas alturas de su vida, parece tener muy claras las suyas.
Tala Rangel en la portería.
Johan Vásquez como defensa más solvente.
Edson Álvarez ordenando la zaga.
Erik Lira mordiendo en medio campo.
Romo poniendo experiencia.
Alvarado trabajando más de lo que luce.
Quiñones peleando todo.
Raúl Jiménez como referencia.
Y desde la banca, Orbelín, Santiago y el Chino esperando turno.
Ahí está el equipo.
Ahí están sus hombres.
Ahí están sus guerreros.
México no domina desde la posesión.
México domina desde el orden.
México no abruma.
México incomoda.
México no aplasta.
México espera.
Y cuando el rival se equivoca, lo castiga.
Eso también es fútbol.
No siempre gusta.
No siempre enamora.
Pero en un Mundial sirve.
Y vaya que sirve.
Porque este México llega al tercer partido con seis puntos, portería invicta y equipo completo.
Cero lesionados.
Apenas una tarjeta amarilla en todo el torneo: la de Brian Gutiérrez ante Sudáfrica, al minuto 23.
Por eso, lo más lógico sería no arriesgarlo frente a Chequia.
Una segunda amarilla podría dejarlo fuera de los dieciseisavos de final.
Y si algo está haciendo bien Aguirre en este Mundial es evitar riesgos innecesarios.
Ahí también está la mano del seleccionador.
No solo en el parado táctico.
No solo en los cambios.
También en la administración del torneo.
Porque una cosa es dirigir partidos.
Y otra muy distinta es dirigir un Mundial.
Hong Myung-bo también hizo su trabajo.
Hay que decirlo.
Corea fue de menos a más.
Primero sufrió.
Después equilibró.
Luego adelantó metros.
Y terminó atacando con todo lo que le quedaba.
El técnico coreano movió piezas, buscó variantes y terminó empujando a México contra su propia área.
Pero llegó tarde.
Su equipo tuvo balón, pero poca profundidad durante buena parte del partido.
Tuvo intención, pero poca claridad.
Tuvo reacción, pero ya con el marcador en contra.
Y en una Copa del Mundo, cuando reaccionas tarde, muchas veces ya estás condenado.
Corea encontró sus mejores momentos al final.
La gran atajada de Tala Rangel y la pelota salvada casi sobre la línea fueron el recordatorio de siempre:
Los partidos no se administran.
Se terminan.
Y México lo terminó.
Sufriendo, sí.
Pero lo terminó.
Y la buena fortuna hizo el resto.
Eso también vale.
Sudáfrica exigió poco.
Corea exigió más, pero tampoco demasiado.
La verdadera prueba llegará cuando México enfrente a un rival que lo obligue a jugar un partido que no quiera jugar.
Ahí sabremos realmente de qué está hecho este equipo.
Por ahora, lo único claro es que México gana, no recibe goles y no se descompone.
Y eso, en un Mundial, vale oro.
Pero ahora viene Chequia.
México ya está clasificado.
México ya tiene prácticamente asegurado el primer lugar.
Y ahí aparece la tentación.
La tentación de los minutos regalados.
La tentación de quedar bien.
La tentación de decir: “Que jueguen los que vinieron al Mundial y todavía no han jugado”.
Eso lo haría un entrenador.
Un entrenador administra egos.
Un entrenador reparte minutos.
Un entrenador busca tener contento al grupo.
Pero un seleccionador no puede darse esos lujos cuando está a unos días de jugar a eliminación directa.
Porque los Mundiales no se preparan haciendo homenajes.
Se preparan con ritmo, concentración, asociación, sincronía y certezas.
Aguirre ya encontró a sus hombres.
Ahora no debe perderlos.
Y quizá ahí esté la verdadera historia de este Mundial.
No en los seis puntos.
No en los tres goles.
No en las dos porterías en cero.
Ni siquiera en el liderato del grupo.
La verdadera historia puede estar sentada en el banquillo mexicano.
Porque este no es el Aguirre de 2002.
Tampoco es el Aguirre de 2010.
Aquellos todavía estaban construyéndose.
Este ya no.
Este Aguirre ya conoce el éxito.
Ya conoce el fracaso.
Ya conoce las críticas.
Ya conoce los elogios.
Ya conoce las eliminaciones que duelen y las decisiones que persiguen durante años.
Este Aguirre ya enterró a sus muertos.
Y quizá por eso hoy parece más sereno.
Más paciente.
Más pragmático.
Porque, mientras muchos siguen viendo partidos, él parece estar viendo consecuencias.
Y por eso la advertencia para Chequia cobra todavía más valor.
No caigas en la tentación, Javier.
No confundas tranquilidad con relajación.
No conviertas el tercer partido en una ceremonia de reconocimientos.
No regales ritmo.
No regales concentración.
No regales asociación ni sincronía.
Corea-Japón 2002 todavía está ahí.
Octavos de final contra Estados Unidos.
Minuto 78.
Alberto García Aspe por Gerardo Torrado.
Un homenaje fuera de tiempo.
Una concesión emocional en el partido más importante.
Y México terminó de desdibujarse.
Por eso hoy la advertencia es clara.
No pongas en riesgo el orden defensivo.
No rompas el ritmo.
No conviertas el partido ante Chequia en una despedida anticipada para nadie.
Ni siquiera para Guillermo Ochoa.
Porque en este Mundial no se permiten homenajes.
Se permiten decisiones.
Y como alguna vez gritó Don Fernando Marcos:
“¡Borja, no falles!... ¡No falles!”.
Hoy el mensaje sería otro.
Más corto.
Más simple.
Más urgente.
¡Aguirre, no te equivoques!
¡Aguirre, no te equivoques!
Porque este Mundial todavía no ha terminado.
Y porque quizá, después de tantos años, este Javier Aguirre ya no anda buscando una clasificación.
Quizá anda buscando algo mucho más difícil.
Su vida eterna.
Y México también...
Mientras tanto, nosotros...
VEREMOS Y DIREMOS…
Hasta la próxima.
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