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Ella es la mujer que le dijo “no” a Trump y frenó su intento de apoderarse de Groenlandia, según The New York Times
El Imparcial
CIUDAD DE MÉXICO.- La reciente tensión entre Estados Unidos y Dinamarca por Groenlandia no solo expuso un choque geopolítico de alto nivel, sino que destacó la figura central de una mujer: Mette Frederiksen.
La primera ministra de Dinamarca se ha enfrentado, con frecuencia, firmeza y estrategia, las reiteradas amenazas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sobre Groenlandia.
La información aquí presentada se basa principalmente en una entrevista de fondo realizada por The New York Times a Mette Frederiksen durante una visita oficial a Groenlandia.
¿Quién es Mette Frederiksen y por qué importa su liderazgo?
Mette Frederiksen nació en Aalborg el 19 de noviembre de 1977. Hija de un tipógrafo y dirigente sindical, creció en un entorno donde la lucha social y la política formaba parte de la vida cotidiana.
No recuerdo no haber estado interesada en la política”, dijo durante su entrevista.
Frederiksen explicó que nunca ha tolerado el acoso. Recordó que, siendo estudiante, se enfrentó a un grupo de skinheads que se burlaban de niños migrantes y recibió un golpe en el rostro.
“No sé si eso dice algo sobre mi carácter, quizá nos diga más sobre el de él”, comento.
Años después, ese mismo rasgo aparece en su manera de ejercer el poder.
“Es capaz de hablar de forma muy clara”, dijo Frederiksen al referirse a Trump durante la entrevista con The New York Times.“Yo también”.
Esa forma directa, sin rodeos ni gestos de adulación, la ha diferenciado de otros líderes europeos en su trato con el presidente estadounidense.
Actualmente, ella es la primera ministra de Dinamarca desde el 27 de junio de 2019 y líder del Partido Socialdemócrata desde 2015. Es miembro del Parlamento danés desde 2001 y llegó al cargo con 41 años, convirtiéndose en la jefa de gobierno más joven en la historia del país.
Su trayectoria política ha estado marcada por una postura directa, poco dada a la complacencia, y por una defensa constante de lo que considera líneas no negociables del Estado danés. Esa forma de actuar se volvió decisiva cuando Groenlandia entró, nuevamente, en el radar de Donald Trump.
Hoy, Frederiksen no solo es la líder del gobierno danés, sino la figura que encarna la defensa de la soberanía de Dinamarca y de Groenlandia frente a una de las mayores presiones externas que ha enfrentado el país en décadas.
El origen del conflicto: Groenlandia y la ambición de Estados Unidos
Groenlandia es un territorio autónomo bajo soberanía danesa desde hace más de 300 años. Con una población de cerca de 57 mil habitantes, mayoritariamente inuit.
La isla es estratégica por su ubicación en el Ártico, sus recursos naturales y su valor militar.
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Para Donald Trump, Groenlandia representa una pieza estratégica de enorme valor geopolítico. Con su ubicación clave en el Ártico, su extensión territorial y su cercanía con rutas militares y comerciales emergentes, la isla se ha convertido en un punto central de competencia entre potencias.
Para Dinamarca, Groenlandia es aún más decisiva. Gracias a este territorio autónomo, el país es el duodécimo Estado soberano más grande del mundo, participa en el Consejo Ártico y mantiene un peso geopolítico que no tendría sin la isla. Como resumió el político groenlandés Pele Broberg en declaraciones recogidas por The New York Times: “Cuando ya no tengan Groenlandia, perderán el 98 por ciento de su superficie”.
El primer “no” firme de Frederiksen a Trump
Desde 2019, Frederiksen dejó claro que Groenlandia no estaba en venta. Cuando Trump sugirió por primera vez que Estados Unidos podría “comprar” la isla, ella calificó la idea de “absurda”.
Trump respondió cancelando su visita oficial a Copenhague y calificando sus declaraciones como “desagradables”.
Ese episodio volvió a cobrar relevancia el 7 de enero de 2025, cuando Trump, incluso antes de asumir el cargo, afirmó que no descartaba el uso de la fuerza para obtener Groenlandia.
Ese mismo día, Donald Trump Jr., primogénito del presidente, realizó una visita exprés a Nuuk, capital de Groenlandia, en pleno invierno y, en apariencia, por motivos comerciales. Su presencia convocó a un grupo de simpatizantes pro-Trump, vestidos con pesados atuendos para la nieve y portando banderas de Estados Unidos, quienes repartieron billetes de 100 dólares, un gesto que generó malestar entre numerosos groenlandeses.
Una semana después, Frederiksen sostuvo una tensa llamada telefónica con Trump. De acuerdo con funcionarios europeos que fueron informados más tarde, el mandatario la increpó durante 45 minutos. Ella evitó profundizar en el episodio.
Una llamada entre dos colegas tiene que ser una llamada entre dos colegas”, dijo.
Frederiksen respondió y dejó claro que la soberanía es una “línea roja”, rechazó cualquier cesión territorial y, al mismo tiempo, evitó una confrontación abierta que pudiera escalar el conflicto.
Diplomacia al límite y presión internacional
De acuerdo con The New York Times, Frederiksen sostuvo una llamada telefónica de 45 minutos con Trump, descrita por funcionarios europeos como tensa. Ella se limitó a señalar: “Una llamada entre dos colegas tiene que ser una llamada entre dos colegas”.
Después, impulsó una respuesta europea coordinada. Desplegó en Groenlandia tropas de su llamada coalición de los dispuestos, integrada por Reino Unido, Alemania, Francia e Islandia. Además, impulsó a los países europeos a manifestarse en respaldo de Dinamarca y se mantuvo firme frente a las amenazas arancelarias lanzadas por Trump.
Según el comentarista político Bent Winther, dijo que el mensaje era claro: “Si vas a tomar Groenlandia por la fuerza, tendrías que esposar a oficiales británicos, franceses y alemanes”.
El giro de Trump y el impacto internacional
Días después, en un discurso en Davos, Suiza, Trump aseguró que no usaría la fuerza para apoderarse de Groenlandia y habló de “un marco de un futuro acuerdo” con la OTAN. Aunque otros factores influyeron —como la presión del Congreso estadounidense y la reacción de los mercados—, analistas coinciden en que la postura firme de Frederiksen fue determinante.
Por ahora, la amenaza se ha contenido, aunque las negociaciones continúan abiertas.
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El Imparcial
La semana pasada, en el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, líderes europeos se unieron para rechazar las renovadas exigencias del presidente estadounidense Donald Trump, quien insistió en que Estados Unidos debía gobernar Groenlandia, territorio semiautónomo de Dinamarca. El episodio detonó una respuesta firme y coordinada de Europa, marcando un cambio en la relación diplomática con Washington, según AP.
Una voz unificada contra la presión
Durante meses, los gobiernos europeos habían buscado fórmulas diplomáticas para contener las demandas de Trump. Sin embargo, la insistencia en anexar Groenlandia cruzó las “líneas rojas” de la diplomacia. El primer ministro británico, Keir Starmer, aseguró que “Reino Unido no cederá” en su respaldo a la soberanía de Groenlandia, mientras que líderes de Noruega, Francia y Alemania coincidieron en que “Europa no sería chantajeada”.
La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, subrayó que la unidad continental fue clave: “Cuando Europa no está dividida, los resultados se muestran”. Este giro refleja un aprendizaje político tras un año de intentos fallidos de apaciguar al mandatario estadounidense.
El rechazo a la amenaza de anexión
El primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, fue categórico: “Basta. No más presión. No más fantasías sobre anexión”. Sus palabras marcaron un punto de inflexión y dieron pie a una serie de declaraciones conjuntas de líderes europeos, quienes advirtieron que cualquier intento de anexión pondría en riesgo la existencia misma de la OTAN.
La respuesta de Trump no se hizo esperar. Desde Florida, amenazó con imponer un arancel del 10% a productos de ocho países europeos, con la posibilidad de elevarlo al 25% en junio si no se aceptaba la “compra completa y total” de Groenlandia.
El choque de paradigmas
Expertos en relaciones internacionales, como Duncan Snidal de la Universidad de Oxford, señalaron que Trump se encuentra en una posición debilitada por problemas internos en Estados Unidos, desde la caída de los mercados hasta tensiones migratorias. Aun así, su estilo transaccional y su desprecio por el derecho internacional han chocado con la tradición diplomática europea, basada en la cooperación y el respeto a las reglas.
Mark Carney, exgobernador del Banco de Inglaterra, fue directo: Europa debe rechazar la “coerción” y la “explotación” de las grandes potencias, construyendo un frente común que defienda su soberanía.
Precaución y firmeza
Aunque Trump retrocedió parcialmente en Davos, cancelando la amenaza de usar “fuerza” para apoderarse de Groenlandia y hablando de un misterioso “marco de acuerdo”, Frederiksen volvió a advertir: “No podemos negociar sobre nuestra soberanía”. La respuesta europea fue clara y contundente: no habrá concesiones.
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msn
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, reactivó su interés por el control de Groenlandia en enero de 2026, en un contexto de alta tensión internacional tras la operación estadounidense en Venezuela. Las declaraciones, emitidas desde Washington y reforzadas por altos funcionarios de la Casa Blanca, colocaron nuevamente al territorio autónomo bajo administración danesa en el centro del debate sobre seguridad nacional, soberanía y geopolítica ártica.
El planteamiento surge mientras Estados Unidos proyecta su poder militar y redefine prioridades estratégicas. Groenlandia, ubicada entre América del Norte y Europa, se ha convertido en un punto sensible dentro de la relación entre Washington y sus aliados europeos, particularmente Dinamarca, miembro de la OTAN y responsable de la política exterior y de defensa del territorio.
Las afirmaciones de Trump provocaron reacciones inmediatas en Europa, donde líderes políticos reiteraron que Groenlandia no está en venta y que cualquier intento de presión unilateral afectaría la estabilidad de la alianza atlántica. El tema ha escalado del ámbito retórico a una discusión diplomática de alcance regional.
Groenlandia: ubicación, población y estatus político
Groenlandia es la isla más grande del mundo, con más de dos millones de kilómetros cuadrados y una población cercana a 60 mil habitantes. La mayoría pertenece al pueblo inuit y vive en asentamientos costeros, principalmente en la costa occidental. Nuuk, la capital, concentra alrededor de un tercio de la población total.
Desde 2009, el territorio cuenta con un régimen de autogobierno que le permite administrar asuntos internos, mientras que Dinamarca conserva el control de la política exterior, defensa y moneda. Este estatus ha sido respaldado por acuerdos internacionales y por el marco legal del Reino de Dinamarca.
La historia política de Groenlandia está marcada por el proceso de descolonización del siglo XX y por un debate constante sobre independencia, autonomía económica y preservación ambiental, factores que influyen directamente en la percepción local sobre cualquier propuesta externa de control o anexión.
Valor estratégico, recursos naturales y el Ártico
La importancia de Groenlandia radica en su posición dentro del Ártico y en su cercanía a la brecha GIUK, un corredor marítimo clave entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido. Esta zona es fundamental para el tránsito naval y la vigilancia militar entre el océano Ártico y el Atlántico Norte, lo que refuerza su peso dentro de la estrategia de seguridad de Estados Unidos.
El territorio alberga importantes yacimientos de minerales estratégicos, incluidas tierras raras, uranio, petróleo y gas natural. Estos recursos son relevantes para industrias tecnológicas, energéticas y de defensa, especialmente en un contexto de competencia global con China y Rusia. El deshielo provocado por el cambio climático ha incrementado el interés económico y militar en la región.
A pesar de ello, el gobierno groenlandés ha limitado la explotación de estos recursos por razones ambientales, una postura que podría modificarse si cambiara el equilibrio político o la relación con Dinamarca.
Impacto en la OTAN y respuesta europea
Las reiteradas declaraciones de Trump han generado preocupación en la OTAN. Autoridades europeas advirtieron que cualquier intento de imponer control sobre Groenlandia por medios coercitivos afectaría directamente los principios de la alianza y la cooperación en materia de defensa colectiva.
Dinamarca ha reafirmado que la soberanía sobre Groenlandia está respaldada por el derecho internacional y que el futuro del territorio corresponde exclusivamente a su población. Países como Francia, Alemania, España y Reino Unido han expresado apoyo explícito a esta postura y han subrayado la necesidad de mantener la seguridad del Ártico mediante acuerdos multilaterales.
Antecedentes históricos del interés estadounidense
El interés de Estados Unidos por Groenlandia se remonta al siglo XIX, cuando se exploró su adquisición tras la compra de Alaska. Durante la Segunda Guerra Mundial, Washington asumió el control operativo del territorio ante la ocupación alemana de Dinamarca, devolviéndolo posteriormente.
En 1951, ambos países firmaron un acuerdo de defensa que permitió la instalación de la base aérea de Thule, hoy conocida como Pituffik Space Base, pieza clave del sistema de alerta temprana estadounidense. Este antecedente explica la presencia permanente de Estados Unidos en la isla sin alterar su estatus político.
Durante su primer mandato, Trump retomó públicamente la idea de adquirir Groenlandia, generando tensiones diplomáticas que hoy resurgen en un contexto internacional más volátil, marcado por disputas territoriales, competencia por recursos y redefinición de alianzas globales.
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En un giro que parece sacado de los anales del colonialismo más rancio, el debate sobre la autonomía estratégica de Europa tocó fondo tras las revelaciones sobre la posible "transacción" de Groenlandia. Lo que comenzó como un exabrupto inmobiliario de la administración estadounidense cobra una dimensión sistémica: analistas internacionales advierten que la Unión Europea, asfixiada por su propia incapacidad para defenderse, podría verse forzada a entregar el control del Ártico a Washington. Este escenario no es solo una hipótesis académica, sino el síntoma de una región que corre el riesgo de sacrificar su soberanía territorial en el altar de una dependencia militar absoluta, dejando a naciones soberanas en una posición de vulnerabilidad inaceptable frente a las ambiciones de su supuesto aliado principal.
La realidad es que Washington no disimula su apetito por los recursos estratégicos de la isla, justificando su expansionismo bajo la gastada narrativa de la seguridad nacional en el Polo Norte. Sin embargo, detrás de la cortina de la retórica defensiva, se esconde una operación de control sobre minerales críticos y rutas comerciales que el deshielo ártico está dejando al descubierto. Para Europa, aceptar este chantaje —seguridad a cambio de tierra— representaría el fin de su relevancia como actor global y una traición directa a los principios de integridad territorial que tanto dice defender en otros foros. La presión es real y el silencio de algunas capitales europeas sugiere una grieta profunda en la cohesión de un bloque que parece haber olvidado cómo proteger sus propios intereses.
Desde la perspectiva de las potencias emergentes, el diagnóstico es letal: Europa es percibida como un gigante con pies de barro, incapaz de gestionar sus propias fronteras sin el permiso de su protector transatlántico. Este análisis subraya que la UE adoptó una política exterior errática, tensionando sus lazos con socios estratégicos mientras se entrega a una potencia que hoy ofrece protección y mañana exige territorio. La hipotética cesión de Groenlandia funciona así como el ejemplo perfecto de una asimetría de poder donde el aliado más fuerte no busca cooperación equilibrada, sino un vasallaje moderno basado en concesiones extraordinarias y la apropiación de recursos naturales ajenos bajo la excusa de la vigilancia global.
En Dinamarca y el gobierno autónomo de Nuuk, la respuesta es de un rechazo tajante, calificando cualquier idea de compra-venta como una falta de respeto histórica y una violación a la autodeterminación de los pueblos. No obstante, la arquitectura de defensa europea sigue peligrosamente atada a una estructura que prioriza los intereses de Estados Unidos por encima de la estabilidad y el respeto regional. Si Europa no acelera su independencia militar, el destino de sus territorios periféricos quedará sujeto a los vaivenes políticos de Washington. No se trata solo de un trozo de hielo y roca; se trata del último bastión de una soberanía que se desvanece frente a la mirada complaciente de quienes prefieren delegar su defensa.
@_Melchisedech
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