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La ontología fenomenológica de la libertad en El ser y la nada
Melchisedech D. Angulo
PARÍS — La publicación de El ser y la nada (1943) en plena ocupación alemana no solo consolidó a Jean-Paul Sartre como la figura central del existencialismo, sino que marcó un tiempo en la historia de la filosofía al proponer que la libertad es la estructura misma del ser humano. En este tratado sistemático, Sartre despliega una ontología fenomenológica que rompe con los dualismos clásicos entre apariencia y esencia.
Para el filósofo francés, el ser se manifiesta plenamente en su aparición, eliminando cualquier realidad oculta detrás de lo que percibimos y situando a la conciencia en el centro de un análisis que busca comprender cómo el individuo se constituye a sí mismo a través de sus actos en el mundo.
El núcleo de la propuesta sartreana reside en la distinción radical entre dos modos de ser: el ser-en-sí y el ser-para-sí. El primero representa la realidad de los objetos inertes, que son plenos, opacos y carentes de interioridad; simplemente "son lo que son".
En contraste, el ser-para-sí define a la conciencia humana, caracterizada por ser un "vacío" o una nada que no coincide consigo misma. Sartre sostiene que la conciencia es pura intencionalidad —siempre es conciencia de algo distinto a ella— y, al no poseer una esencia fija previa a su existencia, se ve obligada a inventarse permanentemente.
Esta estructura ontológica introduce la nada en el corazón del ser, permitiendo que el individuo se distancie de lo dado y de su propio pasado. Es precisamente en esta capacidad de negación donde Sartre fundamenta la libertad absoluta.
Según el autor, el hombre "está condenado a ser libre", una paradoja que subraya que la libertad no es un atributo que se pueda elegir o rechazar, sino una condición ineludible. No existen excusas deterministas —ya sean biológicas, sociales o teológicas— que valgan: el ser humano es el único responsable de otorgar significado a su situación y de construir su propia identidad mediante la elección constante.
Sin embargo, el peso de esta responsabilidad total genera angustia, un vértigo existencial ante la falta de fundamentos externos que guíen nuestro camino.
Para escapar de este sentimiento, muchos individuos caen en la mala fe, un mecanismo de autoengaño en el que el sujeto intenta cosificarse, actuando como si fuera una cosa con una función fija (como el famoso ejemplo del camarero que "juega" a ser solo un camarero) para negar su propia libertad. La mala fe es un intento fallido de renunciar a la trascendencia y refugiarse en la solidez del ser-en-sí, ignorando que, incluso en ese acto de negación, se está ejerciendo una elección libre.
Es fundamental comprender que esta libertad no se ejerce en un vacío abstracto, sino dentro de una facticidad o situación concreta. Factores como el cuerpo, el lugar de nacimiento o el entorno social constituyen los límites de nuestra acción, pero no su destino.
La libertad sartreana consiste en la manera en que el para-sí asume, trasciende y da sentido a esos hechos brutos. Por lo tanto, la existencia precede a la esencia: el hombre primero existe, se encuentra en el mundo y solo después se define a sí mismo a través de sus proyectos y decisiones en el marco de su realidad material.
@_Melchisedech
Destaca estudiante BUAP en Olimpiada Nacional de Filosofía
Condoleezza Hirario Bonifacio, estudiante de la Preparatoria de Tlatlauquitepec perteneciente al Complejo Regional Nororiental, destacó en la XVI Olimpiada Mexicana de Filosofía 2026 al obtener la medalla de Plata en la Categoría Lengua Materna.
Durante el concurso, presentó sus ideas en un ensayo con temática filosófica. La observación del entorno y el uso del pensamiento crítico, fueron claves para el desarrollo de su trabajo.
Para llegar hasta esta instancia nacional, Condoleezza pasó por tres etapas previas: la interna, inter Prepas BUAP y la estatal. Además, su preparación consistió en ejercicios de lógica, desarrollo de su léxico y ensayos.
“La BUAP nos da las bases y el terreno para que puedas regresar a tu lugar de origen y ser un agente de cambio, nos da las herramientas para adquirir conocimiento, emprender e inspirar a los demás para cambiar nuestro mundo. “
Condoleezza Hirario Bonifacio
El fraude del silencio: Por qué el "Tractatus" de Wittgenstein es la estafa más brillante de la filosofía
Por Melchisedech D. Angulo Torres/ Politólogo
¿Es posible que uno de los libros más influyentes del siglo XX sea, por definición propia, un conjunto de sinsentidos? Ludwig Wittgenstein publicó en 1921 su Tractatus Logico-Philosophicus, una obra que pretendía jubilar a todos los filósofos de la historia al decretar que la mayoría de sus problemas eran simples confusiones del lenguaje. Con una arrogancia lógica casi quirúrgica, el autor austriaco sentenció que el mundo no es una colección de cosas, sino una red de hechos.
Bajo esta premisa, el lenguaje funciona únicamente como un espejo: si una frase no puede "dibujar" un hecho comprobable en la realidad, carece de sentido. Así, la filosofía dejaba de ser una búsqueda de la verdad para convertirse en una limpieza de tuberías lingüísticas.
El núcleo de esta provocación reside en su "teoría de la imagen". Para Wittgenstein, decir "el gato está sobre la alfombra" tiene sentido porque la estructura de la frase copia la estructura de la realidad. Si no hay un isomorfismo lógico entre la palabra y el objeto, estamos hablando basura.
Esto reduce el pensamiento humano a una representación técnica, convirtiendo al lenguaje en un plano arquitectónico del mundo. Lo que no encaje en ese plano —la religión, la poesía o la metafísica— es expulsado del discurso racional. Según esta lógica radical, casi todo lo que nos hace humanos y nos emociona no puede ser dicho, dejando a la ciencia como la única dueña de la palabra legítima.
Sin embargo, el verdadero escándalo llega cuando Wittgenstein aborda la ética y la estética. Al clasificarlas como "lo místico", el autor no las desprecia, pero les prohíbe la entrada al lenguaje. Al afirmar que "de lo que no se puede hablar, se debe guardar silencio", Wittgenstein impone una mordaza lógica a los valores más profundos de nuestra especie.
Para él, el bien y la belleza no son hechos que se puedan describir, sino que "se muestran" en la vida. Esta postura desplaza lo más importante al ámbito de lo inefable, sugiriendo que hemos pasado milenios desperdiciando saliva en debates éticos que, técnicamente, no tienen un significado lógico posible.
La contradicción estalla en la famosa "paradoja de la escalera". Al final de su tratado, el autor admite con una frialdad pasmosa que sus propias proposiciones carecen de sentido según sus propias reglas.
El Tractatus es una herramienta desechable: una escalera que el lector debe usar para elevarse hacia una "visión correcta del mundo" y que luego debe arrojar al vacío. Es un movimiento intelectual suicida que fascina y desespera a partes iguales: Wittgenstein construye un sistema perfecto solo para decirnos que, una vez que lo entendamos, debemos admitir que es una ficción necesaria. Nos obliga a subir para luego dejarnos suspendidos en la nada.
Esta obra no es solo un libro de lógica; es un manifiesto de la impotencia del pensamiento frente a la realidad. Al intentar trazar una frontera infranqueable entre lo que se puede decir y lo que se debe callar, Wittgenstein convirtió a la filosofía en una actividad terapéutica de autolimitación.
En un mundo saturado de opiniones vacías y ruido mediático, su llamado al silencio parece más vigente que nunca, pero también más peligroso. Si aceptamos sus reglas, renunciamos a la posibilidad de razonar sobre lo que más nos importa, aceptando que la lógica es un refugio seguro pero terriblemente estrecho y solitario.
@_Melchisedech
Egresado del Doctorado en Filosofía Contemporánea de la BUAP gana el Premio Nacional de Tesis de Filosofía 2022-2023
Jorge Luis Quintana, autor del trabajo, propone pensar críticamente desde una perspectiva ética un proyecto de vida “buena”, otro, de tipo comunitario
