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El fraude del silencio: Por qué el "Tractatus" de Wittgenstein es la estafa más brillante de la filosofía
Por Melchisedech D. Angulo Torres/ Politólogo
¿Es posible que uno de los libros más influyentes del siglo XX sea, por definición propia, un conjunto de sinsentidos? Ludwig Wittgenstein publicó en 1921 su Tractatus Logico-Philosophicus, una obra que pretendía jubilar a todos los filósofos de la historia al decretar que la mayoría de sus problemas eran simples confusiones del lenguaje. Con una arrogancia lógica casi quirúrgica, el autor austriaco sentenció que el mundo no es una colección de cosas, sino una red de hechos.
Bajo esta premisa, el lenguaje funciona únicamente como un espejo: si una frase no puede "dibujar" un hecho comprobable en la realidad, carece de sentido. Así, la filosofía dejaba de ser una búsqueda de la verdad para convertirse en una limpieza de tuberías lingüísticas.
El núcleo de esta provocación reside en su "teoría de la imagen". Para Wittgenstein, decir "el gato está sobre la alfombra" tiene sentido porque la estructura de la frase copia la estructura de la realidad. Si no hay un isomorfismo lógico entre la palabra y el objeto, estamos hablando basura.
Esto reduce el pensamiento humano a una representación técnica, convirtiendo al lenguaje en un plano arquitectónico del mundo. Lo que no encaje en ese plano —la religión, la poesía o la metafísica— es expulsado del discurso racional. Según esta lógica radical, casi todo lo que nos hace humanos y nos emociona no puede ser dicho, dejando a la ciencia como la única dueña de la palabra legítima.
Sin embargo, el verdadero escándalo llega cuando Wittgenstein aborda la ética y la estética. Al clasificarlas como "lo místico", el autor no las desprecia, pero les prohíbe la entrada al lenguaje. Al afirmar que "de lo que no se puede hablar, se debe guardar silencio", Wittgenstein impone una mordaza lógica a los valores más profundos de nuestra especie.
Para él, el bien y la belleza no son hechos que se puedan describir, sino que "se muestran" en la vida. Esta postura desplaza lo más importante al ámbito de lo inefable, sugiriendo que hemos pasado milenios desperdiciando saliva en debates éticos que, técnicamente, no tienen un significado lógico posible.
La contradicción estalla en la famosa "paradoja de la escalera". Al final de su tratado, el autor admite con una frialdad pasmosa que sus propias proposiciones carecen de sentido según sus propias reglas.
El Tractatus es una herramienta desechable: una escalera que el lector debe usar para elevarse hacia una "visión correcta del mundo" y que luego debe arrojar al vacío. Es un movimiento intelectual suicida que fascina y desespera a partes iguales: Wittgenstein construye un sistema perfecto solo para decirnos que, una vez que lo entendamos, debemos admitir que es una ficción necesaria. Nos obliga a subir para luego dejarnos suspendidos en la nada.
Esta obra no es solo un libro de lógica; es un manifiesto de la impotencia del pensamiento frente a la realidad. Al intentar trazar una frontera infranqueable entre lo que se puede decir y lo que se debe callar, Wittgenstein convirtió a la filosofía en una actividad terapéutica de autolimitación.
En un mundo saturado de opiniones vacías y ruido mediático, su llamado al silencio parece más vigente que nunca, pero también más peligroso. Si aceptamos sus reglas, renunciamos a la posibilidad de razonar sobre lo que más nos importa, aceptando que la lógica es un refugio seguro pero terriblemente estrecho y solitario.
@_Melchisedech
