Sábado, 25 Abril 2026 16:38

La ontología fenomenológica de la libertad en El ser y la nada

Escrito por Redacción

Melchisedech D. Angulo

PARÍS — La publicación de El ser y la nada (1943) en plena ocupación alemana no solo consolidó a Jean-Paul Sartre como la figura central del existencialismo, sino que marcó un tiempo en la historia de la filosofía al proponer que la libertad es la estructura misma del ser humano. En este tratado sistemático, Sartre despliega una ontología fenomenológica que rompe con los dualismos clásicos entre apariencia y esencia.

Para el filósofo francés, el ser se manifiesta plenamente en su aparición, eliminando cualquier realidad oculta detrás de lo que percibimos y situando a la conciencia en el centro de un análisis que busca comprender cómo el individuo se constituye a sí mismo a través de sus actos en el mundo.

​El núcleo de la propuesta sartreana reside en la distinción radical entre dos modos de ser: el ser-en-sí y el ser-para-sí. El primero representa la realidad de los objetos inertes, que son plenos, opacos y carentes de interioridad; simplemente "son lo que son".

En contraste, el ser-para-sí define a la conciencia humana, caracterizada por ser un "vacío" o una nada que no coincide consigo misma. Sartre sostiene que la conciencia es pura intencionalidad —siempre es conciencia de algo distinto a ella— y, al no poseer una esencia fija previa a su existencia, se ve obligada a inventarse permanentemente.

​Esta estructura ontológica introduce la nada en el corazón del ser, permitiendo que el individuo se distancie de lo dado y de su propio pasado. Es precisamente en esta capacidad de negación donde Sartre fundamenta la libertad absoluta.

Según el autor, el hombre "está condenado a ser libre", una paradoja que subraya que la libertad no es un atributo que se pueda elegir o rechazar, sino una condición ineludible. No existen excusas deterministas —ya sean biológicas, sociales o teológicas— que valgan: el ser humano es el único responsable de otorgar significado a su situación y de construir su propia identidad mediante la elección constante.

​Sin embargo, el peso de esta responsabilidad total genera angustia, un vértigo existencial ante la falta de fundamentos externos que guíen nuestro camino.

Para escapar de este sentimiento, muchos individuos caen en la mala fe, un mecanismo de autoengaño en el que el sujeto intenta cosificarse, actuando como si fuera una cosa con una función fija (como el famoso ejemplo del camarero que "juega" a ser solo un camarero) para negar su propia libertad. La mala fe es un intento fallido de renunciar a la trascendencia y refugiarse en la solidez del ser-en-sí, ignorando que, incluso en ese acto de negación, se está ejerciendo una elección libre.

​Es fundamental comprender que esta libertad no se ejerce en un vacío abstracto, sino dentro de una facticidad o situación concreta. Factores como el cuerpo, el lugar de nacimiento o el entorno social constituyen los límites de nuestra acción, pero no su destino.

La libertad sartreana consiste en la manera en que el para-sí asume, trasciende y da sentido a esos hechos brutos. Por lo tanto, la existencia precede a la esencia: el hombre primero existe, se encuentra en el mundo y solo después se define a sí mismo a través de sus proyectos y decisiones en el marco de su realidad material.

@_Melchisedech

 

 

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