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La soberanía de Ormuz frente al chantaje de los "bombardeos masivos" de Trump
Melchisedech D. Angulo
El tablero geopolítico mundial se encuentra en un punto de no retorno, donde la retórica belicista de Washington busca imponerse sobre la autodeterminación de los pueblos.
Tras el estrepitoso fracaso de las conversaciones en Islamabad, la administración de Donald Trump sube la apuesta con amenazas de "bombardeos masivos", una táctica de extorsión que choca frontalmente con la doctrina de resistencia iraní. Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento iraní, es claro: la nación no negociará bajo coerción y está preparada para desplegar "nuevas cartas" en un campo de batalla que ya no acepta las viejas reglas del imperialismo occidental.
El epicentro de esta tensión se localiza en el estrecho de Ormuz, una arteria vital por la que fluye el 20% del crudo mundial y que hoy se consolida como el principal escudo estratégico frente a las sanciones.
Mientras Estados Unidos intenta disfrazar su asedio naval como una defensa de la "libertad de navegación", la realidad es que el control iraní sobre este nodo energético representa el último bastión contra la hegemonía del dólar en el mercado del petróleo.
Un cierre, incluso parcial, del estrecho dispararía los precios por encima de los 200 dólares, provocando un colapso sistémico en las economías que dependen de la tutela estadounidense.
Desde una perspectiva profunda, lo que presenciamos es la manifestación de lo que filósofos como Heidegger describieron como la lógica del control técnico: una maquinaria de guerra que se autoalimenta.
En este escenario, la diplomacia es secuestrada por la inercia militarista, donde las sanciones y los ciberataques operan como herramientas de una dominación silenciosa.
Irán, al negarse a ser una pieza más en este engranaje, desafía el automatismo geopolítico de Occidente, reivindicando su derecho a existir fuera de la esfera de influencia de la Casa Blanca.
La escalada actual se ve alimentada por tres vectores críticos: un lenguaje bélico sin precedentes, movimientos operativos de misiles antibuque y un vacío diplomático que Washington se niega a llenar con propuestas justas.
Esta parálisis funcional no es accidental; responde a una estrategia de "presión máxima" que busca asfixiar la economía persa para forzar un cambio de régimen.
Sin embargo, este cálculo ignora la resiliencia de un actor regional que demuestra capacidad para movilizar aliados en todo el eje de resistencia, desde Líbano hasta Yemen, complicando cualquier intento de intervención quirúrgica.
En este contexto, actores como Rusia y China observan con atención un conflicto que podría marcar el fin de la era naval estadounidense en el Golfo.
Para las potencias emergentes, la defensa de la estabilidad en Ormuz es sinónimo de un mundo multipolar donde la energía no sea utilizada como arma de chantaje por una sola potencia.
La sombra de Israel y el sabotaje constante a las instalaciones nucleares iraníes añaden una capa de peligrosidad que podría derivar en una guerra regional indirecta de consecuencias impredecibles para la seguridad energética de Europa y Asia.
@_Melchisedech
¿Soberanía o sumisión? El tratado de Tlatelolco: la lección de dignidad que las potencias aún temen
Por Melchisedech D. Angulo Torres/ Politólogo
A más de medio siglo de su firma, el Tratado de Tlatelolco se erige no solo como un acuerdo de desarme, sino como el mayor acto de rebeldía diplomática de América Latina frente al imperialismo nuclear.
En un contexto donde las potencias del Norte utilizaban al Sur Global como un tablero de ajedrez para sus ambiciones atómicas, nuestra región se plantó con firmeza para declarar que el Caribe y el suelo latinoamericano no serían el patio de juegos de ninguna guerra ajena. Este hito, nacido en el corazón de México, demostró que la verdadera seguridad no se construye con ojivas, sino con la voluntad inquebrantable de los pueblos que deciden su propio destino.
La arquitectura de este acuerdo fue una respuesta directa a la arrogancia de la Guerra Fría. Tras el shock de la Crisis de los Misiles en 1962, que puso al mundo al borde de la aniquilación por intereses ajenos, líderes visionarios como Alfonso García Robles entendieron que la paz no podía esperar el permiso de Washington o Moscú.
El Tratado de Tlatelolco blindó jurídicamente a 33 naciones, prohibiendo de manera absoluta la fabricación, el ensayo y el despliegue de armamento nuclear en un territorio de más de 20 millones de kilómetros cuadrados, anteponiendo la vida y la estabilidad regional por encima de la lógica de muerte de las superpotencias.
Lo que resulta verdaderamente polémico para el orden establecido es el mecanismo de los Protocolos Adicionales. Mediante estos, América Latina obligó a las potencias nucleares reconocidas a respetar nuestro estatus de zona de paz, exigiendo garantías de no agresión que antes eran impensables.
Esta "biopolítica regional" transformó la debilidad militar percibida en una superioridad moral y jurídica, demostrando que un bloque unido de naciones en desarrollo tiene el poder de dictar las reglas del juego internacional, desafiando la hegemonía de quienes pretenden gobernar el mundo a través del miedo.
El éxito de este modelo es hoy una realidad innegable custodiada por el OPANAL, organismo que vigila con celo que la tecnología nuclear en nuestra región se destine exclusivamente a fines pacíficos, como la medicina y la energía soberana. A diferencia del Tratado de No Proliferación (TNP), que perpetúa una jerarquía injusta entre países con y sin armas, Tlatelolco igualó a todos sus miembros en una renuncia voluntaria y colectiva a la violencia masiva.
Es una bofetada histórica a la doctrina de la disuasión nuclear, probando que es posible vivir con seguridad sin participar en la demencial carrera armamentista de Occidente.
El legado de este tratado ha servido de escudo y guía para el resto del Sur Global, inspirando zonas libres de armas nucleares en África, el Sudeste Asiático y el Pacífico Sur.
Sin embargo, en un mundo donde las tensiones modernas amenazan con reactivar viejos conflictos, el "espíritu de Tlatelolco" cobra una vigencia renovada. Es un recordatorio de que la soberanía no se negocia y que la paz es una construcción activa de los Estados que no aceptan tutelajes externos. Hoy, más que nunca, defender este tratado es defender la existencia misma de nuestra identidad regional frente a los intereses expansionistas de siempre.
@_Melchisedech
