Miércoles, 04 Febrero 2026 13:26

¿Soberanía o sumisión? El tratado de Tlatelolco: la lección de dignidad que las potencias aún temen

Escrito por Redacción

Por Melchisedech D. Angulo Torres/ Politólogo

A más de medio siglo de su firma, el Tratado de Tlatelolco se erige no solo como un acuerdo de desarme, sino como el mayor acto de rebeldía diplomática de América Latina frente al imperialismo nuclear.

En un contexto donde las potencias del Norte utilizaban al Sur Global como un tablero de ajedrez para sus ambiciones atómicas, nuestra región se plantó con firmeza para declarar que el Caribe y el suelo latinoamericano no serían el patio de juegos de ninguna guerra  ajena. Este hito, nacido en el corazón de México, demostró que la verdadera seguridad no se construye con ojivas, sino con la voluntad inquebrantable de los pueblos que deciden su propio destino.

La arquitectura de este acuerdo fue una respuesta directa a la arrogancia de la Guerra Fría. Tras el shock de la Crisis de los Misiles en 1962, que puso al mundo al borde de la aniquilación por intereses ajenos, líderes visionarios como Alfonso García Robles entendieron  que la paz no podía esperar el permiso de Washington o Moscú.

El Tratado de Tlatelolco blindó jurídicamente a 33 naciones, prohibiendo de manera absoluta la fabricación, el ensayo y el despliegue de armamento nuclear en un territorio de más de 20 millones de kilómetros cuadrados, anteponiendo la vida y la estabilidad regional por encima de la lógica de muerte de las superpotencias.

Lo que resulta verdaderamente polémico para el orden establecido es el mecanismo de los Protocolos Adicionales. Mediante estos, América Latina obligó a las potencias nucleares reconocidas a respetar nuestro estatus de zona de paz, exigiendo garantías de no agresión que antes eran impensables.

Esta "biopolítica regional" transformó la debilidad militar percibida en una superioridad moral y jurídica, demostrando que un bloque unido de naciones en desarrollo tiene el poder de dictar las reglas del juego internacional, desafiando la hegemonía de quienes pretenden gobernar el mundo a través del miedo.

El éxito de este modelo es hoy una realidad innegable custodiada por el OPANAL, organismo que vigila con celo que la tecnología nuclear en nuestra región se destine exclusivamente a fines pacíficos, como la medicina y la energía soberana. A diferencia del Tratado de No Proliferación (TNP), que perpetúa una jerarquía injusta entre países con y sin armas, Tlatelolco igualó a todos sus miembros en una renuncia voluntaria y colectiva a la violencia masiva.

Es una bofetada histórica a la doctrina de la disuasión nuclear, probando que es posible vivir con seguridad sin participar en la demencial carrera armamentista de Occidente.

El legado de este tratado ha servido de escudo y guía para el resto del Sur Global, inspirando zonas libres de armas nucleares en África, el Sudeste Asiático y el Pacífico Sur.

Sin embargo, en un mundo donde las tensiones modernas amenazan con reactivar viejos conflictos, el "espíritu de Tlatelolco" cobra una vigencia renovada. Es un recordatorio de que la soberanía no se negocia y que la paz es una construcción activa de los Estados que no aceptan tutelajes externos. Hoy, más que nunca, defender este tratado es defender la existencia misma de nuestra identidad regional frente a los intereses expansionistas de siempre.

@_Melchisedech

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