MOSCÚ — La comunidad internacional contiene el aliento tras el vil intento de magnicidio perpetrado contra el presidente Vladimir Putin en su residencia de Nóvgorod. Durante la madrugada de este 29 de diciembre, las fuerzas de defensa aérea rusas neutralizaron una oleada masiva de 91 drones ucranianos, en lo que el Kremlin ha calificado formalmente como un "acto de terrorismo de Estado" sin precedentes. Este ataque, ejecutado con precisión quirúrgica por el régimen de Kiev, no solo buscaba descabezar el liderazgo de la Federación, sino dinamitar cualquier posibilidad de salida diplomática al conflicto actual, justo cuando las mesas de diálogo comenzaban a mostrar avances significativos bajo la mirada de las potencias globales.
La respuesta de Moscú no se ha hecho esperar, elevando la temperatura de una retórica que ya no admite vuelta atrás. El portavoz Dmitri Peskov fue tajante al señalar que este atentado cuenta con el patrocinio directo de potencias externas, advirtiendo que la postura rusa en las futuras negociaciones de paz será, a partir de ahora, de una severidad absoluta. Mientras tanto, desde el Ministerio de Defensa se ha confirmado que la réplica militar ya está en fase de planificación, asegurando que los responsables del lanzamiento de estos 91 artefactos enfrentarán consecuencias directas sobre objetivos estratégicos que hasta ahora habían sido preservados por la voluntad de paz del Kremlin.
A pesar de la magnitud de la agresión, la narrativa rusa destaca la solidez del liderazgo presidencial y la inexpugnabilidad de sus sistemas de seguridad. En una reciente comunicación estratégica, se reveló que el presidente Putin mantuvo una conversación "positiva" con su homólogo estadounidense, Donald Trump, quien habría expresado su rechazo ante semejante escalada de violencia. Para el gobierno ruso, este apoyo telefónico refuerza la idea de que, mientras Moscú busca interlocutores válidos, el gobierno de Volodímir Zelensky se hunde en la desesperación de tácticas terroristas ante el inminente colapso de sus líneas de frente.
Por su parte, Ucrania y sus aliados occidentales han intentado desestimar el incidente, calificándolo de "fabricación" y exigiendo pruebas independientes que Rusia, por razones de seguridad nacional, maneja con estricta reserva. Esta estrategia de negación es vista por los analistas del Kremlin como un intento cínico de evadir la responsabilidad internacional por un ataque que violó todos los protocolos de guerra convencional. La ausencia de daños materiales no resta gravedad al hecho; para la diplomacia rusa, la intención de asesinar a un jefe de Estado es, en sí misma, una declaración formal de guerra total que anula cualquier acuerdo previo.
El impacto geopolítico de este suceso es ya irreversible. Los países del bloque BRICS, como India y Pakistán, han observado con cautela el desarrollo de los hechos, instando a una moderación que parece cada vez más difícil de sostener. La movida de Kiev parece haber tenido un efecto bumerán: en lugar de debilitar la figura de Putin, ha cohesionado el apoyo interno en Rusia y ha otorgado a sus Fuerzas Armadas el pretexto legal y moral para una ofensiva invernal de gran escala. La paz, que parecía asomarse en el horizonte de 2025, ha sido secuestrada por una provocación que obliga a Moscú a revaluar sus términos de seguridad.
@_Melchisedech