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Más allá del “bárbaro”: conquista e invasión como claves de la dominación
En su más reciente obra, Grandeza, el expresidente Andrés Manuel López Obrador profundiza en una revisión histórica necesaria para la memoria nacional. En el capítulo titulado “La invasión de los bárbaros”, el exmandatario desarticula el discurso eurocéntrico que durante siglos justificó el sometimiento de los pueblos originarios. A través de un análisis riguroso, se establece que el término “bárbaro” fue una herramienta ideológica diseñada para deshumanizar a las civilizaciones mesoamericanas y facilitar el despojo territorial y cultural.
La tesis central del texto radica en una distinción operativa fundamental: la diferencia entre conquista e invasión. Mientras que la conquista tradicional implica un reconocimiento —aunque sea para la sumisión— del adversario como un sujeto con cultura y organización, la invasión opera bajo la negación total del otro. López Obrador sostiene que lo ocurrido en América fue una invasión en sentido estricto, donde el invasor europeo no buscó una relación política, sino la aniquilación física y simbólica de los habitantes originarios, reduciéndolos a la categoría de “salvajes” para eludir cualquier límite moral o legal.
El autor retoma el origen del concepto para evidenciar su manipulación. Originalmente, para griegos y romanos, ser “bárbaro” era una distinción lingüística; sin embargo, el pensamiento colonial europeo transformó esta categoría en una jerarquía moral y racial. Al clasificar a los indígenas como seres sin razón ni leyes, se legitimó una violencia desmedida que no se permitía en las guerras entre estados europeos. Esta construcción permitió que la corona y la iglesia procedieran al exterminio y al epistemicidio bajo el manto de una supuesta misión civilizadora.
Uno de los puntos más provocadores del capítulo es la inversión de la narrativa tradicional sobre la violencia. El expresidente documenta cómo las prácticas calificadas de “bárbaras” en América, como los castigos públicos o la crueldad en combate, eran comunes en la Europa de la Inquisición y las guerras de religión. En este sentido, el libro afirma que, si la barbarie se mide por la destrucción sistemática y el fanatismo, los verdaderos bárbaros fueron los invasores que quemaron códices, destruyeron templos y masacraron poblaciones enteras en nombre de una superioridad inexistente.
Para contraponerse a la imagen del “salvaje”, la obra reivindica los logros científicos y artísticos de las culturas prehispánicas. Se citan ejemplos como los murales de Bonampak, el avanzado sistema matemático maya y la sofisticada arquitectura urbana de Tenochtitlán. Estos elementos demuestran que Mesoamérica era un conjunto de naciones con instituciones, arte y ciencia que superaban, en diversos aspectos, a sus contemporáneos europeos. La etiqueta de barbarie fue, por tanto, una mentira histórica para ocultar el saqueo.
@_Melchisedech
