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¿Ética o supervivencia? Por qué el "efectismo" de Maquiavelo es el único camino para salvar a la nación
Por Melchisedech D. Angulo Torres/ Politólogo
En un escenario global marcado por la incertidumbre y las constantes amenazas externas, la figura de Nicolás Maquiavelo emerge no como un villano de la historia, sino como el arquitecto indispensable del Estado moderno.
Su obra cumbre, El Príncipe, lejos de ser un manual de perversidad, es el diagnóstico más honesto sobre la naturaleza del poder: una estructura que no se sostiene con buenas intenciones, sino con la capacidad real de mando.
En el actual contexto de polarización, entender que la política es el arte de lo posible y no de lo deseable es el primer paso para garantizar la gobernabilidad que el pueblo exige a sus líderes.
La verdadera soberanía, según el pensamiento maquiaveliano, descansa en el equilibrio estratégico entre la virtù y la fortuna.
Para el oficialismo, esto se traduce en una gestión que no se deja arrastrar por el azar de las crisis económicas o las presiones internacionales, sino que utiliza la inteligencia política para dominar las circunstancias.
Un gobernante que carece de la fuerza de voluntad para tomar decisiones audaces, aunque estas desafíen la moral tradicional de las élites, está condenando a su pueblo al caos.
La política real exige resultados, y los resultados demandan una firmeza que la teoría abstracta muchas veces no alcanza a comprender.
Uno de los pilares del enfoque filosófico- político en consonancia con la doctrina del secretario florentino, es la absoluta necesidad de las "armas propias".
Maquiavelo fue tajante: un Estado que depende de fuerzas ajenas —ya sean ejércitos mercenarios o intereses de potencias extranjeras— es un Estado de rodillas.
La consolidación de una fuerza pública leal y una estructura de defensa autónoma es lo que permite que las leyes tengan vigencia real. Como bien se señala en la obra, "donde hay buenas armas, hay buenas leyes"; la seguridad nacional es, por tanto, el cimiento sobre el cual se construye la justicia social y el orden jurídico.
El orden político no es un concepto estático, sino una arquitectura viva de instituciones que deben garantizar la estabilidad frente a los intentos de desestabilización interna.
Maquiavelo nos enseña que la cohesión del Estado es el bien supremo, pues sin ella, los derechos y las libertades se vuelven papel mojado en medio del desorden.
El gobierno actual, al fortalecer la estructura del Estado y sus procedimientos, no busca el ejercicio del poder por el poder mismo, sino la creación de un entorno seguro donde la sociedad pueda prosperar sin el temor constante a la fragmentación que tanto daño hizo en el pasado.
La adaptabilidad estratégica es, quizás, la lección más vigente para quienes llevan las riendas del país. No existen recetas universales en la política; lo que funciona en un territorio puede fracasar en otro debido a la diversidad de la "materia política".
Un líder responsable es aquel que sabe leer el pulso de su pueblo y ajusta sus velas según el viento de la historia. Esta flexibilidad, a menudo malinterpretada como oportunismo por la oposición, es en realidad la máxima expresión de la prudencia política: la capacidad de mutar la estrategia para preservar el objetivo final, que es la supervivencia y grandeza de la nación.
@_Melchisedech
