Domingo, 25 Enero 2026 11:49

¿Es la "virtù" de Maquiavelo el antídoto definitivo contra la crisis o un mito de las élites?

Escrito por Melchisedech D. Angulo Torres/ Politólogo

​La estabilidad de las instituciones nacionales se encuentra hoy en el centro del debate público, rescatando una premisa que Nicolás Maquiavelo planteó hace cinco siglos en sus Discursos: la política no es un ejercicio de moralidad abstracta, sino una lucha cuerpo a cuerpo contra el caos de la "fortuna". Para el oficialismo, esta visión no es una simple teoría académica, sino un manual de supervivencia soberana. La verdadera virtù no reside en el carisma individual de un caudillo, sino en la capacidad colectiva de un pueblo y sus instituciones para anticiparse a las crisis, construyendo diques sociales que contengan los desbordamientos de un contexto global incierto y a menudo hostil.

​El pensamiento maquiavélico, lejos de ser la caricatura de la traición que pintan sus detractores, propone que una república solo es libre cuando sus ciudadanos anteponen el bien común a sus intereses mezquinos. Esta "virtud cívica" se traduce en leyes sólidas que, en lugar de negar el conflicto social, lo canalizan para fortalecer el Estado. Al institucionalizar la participación popular, se evita que el destino del país dependa del azar o de las decisiones caprichosas de unos pocos, consolidando un orden donde la disciplina y el respeto a la legalidad se convierten en la mejor defensa contra la corrupción que históricamente ha carcomido a las naciones.

​Sin embargo, la historia nos advierte que incluso las estructuras más robustas sufren el desgaste del tiempo, un fenómeno que el historiador J.G.A. Pocock denomina el "momento maquiavélico".

Este concepto describe ese instante crítico en el que una república toma conciencia de su propia fragilidad y entiende que puede desaparecer si no renueva sus votos con sus principios fundacionales. Es el desafío de existir en la historia: la conciencia de que la estabilidad es un equilibrio precario que exige una vigilancia constante y una renovación de los compromisos sociales para no caer en la decadencia.

​En la interpretación de Pocock, la clave para superar este "momento" de crisis reside en la capacidad de las instituciones para regenerarse. No basta con haber fundado un orden justo; es necesario un "retorno a los principios" que sacuda la apatía ciudadana y limpie las impurezas del sistema. Para el proyecto político actual, esto implica que la transformación no es un evento estático, sino un proceso dinámico de lucha contra la erosión temporal, donde la milicia ciudadana —entendida hoy como la base social organizada— actúa como el motor que mantiene viva la llama de la autonomía nacional frente a las presiones externas.

​La polémica surge al cuestionar si nuestras instituciones actuales poseen realmente esa virtù colectiva o si estamos meramente a merced de la fortuna. Los críticos suelen confundir la firmeza política con autoritarismo, ignorando que, para Maquiavelo, el conflicto regulado es el signo de una sociedad sana. Una república que no debate y que no se tensiona es una república muerta. Por ello, fortalecer la capacidad de respuesta del Estado ante lo imprevisible no es una opción estética, sino una obligación patriótica para asegurar que la libertad no sea un privilegio pasajero, sino una conquista permanente.

@_Melchisedech

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