Melchisedech D. Angulo Torres/ Politólogo
La historia oficial de la filosofía intentó durante décadas, encasillar a Friedrich Nietzsche como un pensador roto cuyo colapso mental en 1889 le impidió concluir su obra cumbre. Sin embargo, una revisión profunda de sus textos sugiere una realidad mucho más incómoda para los defensores del orden sistémico: el concepto del "eterno retorno" no fue un proyecto truncado por la locura, sino una herramienta de demolición diseñada deliberadamente para permanecer abierta.
No estamos ante una teoría incompleta, sino ante un desafío frontal a la estructura misma del pensamiento occidental que la academia tradicional, en su afán de archivarlo todo, se resiste a aceptar como un arma de transformación política y social.
El eterno retorno irrumpe en la obra de Nietzsche no como una simple ocurrencia, sino como una "fórmula de afirmación" que aparece con fuerza desde La gaya ciencia hasta su profético Así habló Zaratustra. Al proponer que cada instante de nuestra vida se repetirá infinitamente, el filósofo no buscaba establecer una nueva ley física o astronómica —aunque coqueteó con bases científicas en sus escritos privados—, sino lanzar una provocación ética.
Se trata de un filtro existencial: solo aquel que es capaz de amar su presente de forma absoluta, con sus luces y sus sombras, puede soportar el peso de esta idea. Es el fin de las promesas de un futuro mejor en el "más allá" y el inicio de la responsabilidad total sobre el aquí y el ahora.
La falta de una doctrina unificada y cerrada sobre este tema es interpretada erróneamente como una debilidad biográfica. Es cierto que el colapso en Turín detuvo su pluma, pero la verdadera clave reside en que sistematizar el eterno retorno habría sido traicionar su propia esencia.
Un Nietzsche "sistemático" sería un Nietzsche domesticado, convertido en un nuevo dogma metafísico similar a los que él mismo intentó destruir con su martillo. Autores como Heidegger o Deleuze subrayan que este carácter "inacabado" es, en realidad, su mayor potencia; es un pensamiento que no busca ser creído como una verdad religiosa, sino experimentado como una prueba de fuego para la voluntad humana.
Desde una perspectiva crítica, el eterno retorno funciona como el antídoto definitivo contra el nihilismo que asola a las sociedades modernas. En un mundo donde los valores tradicionales se desmoronan y el sentido de la vida parece diluirse en el consumo, Nietzsche exige una creación de valor inmanente.
Al destruir la concepción lineal del tiempo —esa flecha del progreso que siempre nos dice que la felicidad está en el siguiente paso o en la próxima década—, el filósofo nos obliga a mirar de frente nuestra realidad actual. No hay redención futura; la redención es la voluntad de querer que lo que sucede ahora ocurra una y otra vez por toda la eternidad.
Esta propuesta es una declaración de guerra contra la herencia judeocristiana y las teleologías modernas que justifican el sacrificio del presente en nombre de un ideal abstracto.
El eterno retorno es la encarnación del Amor fati: la aceptación heroica de la existencia tal cual es, sin restarle un solo gramo de dolor ni de alegría. Es aquí donde el pensamiento de Nietzsche se vuelve verdaderamente peligroso para el statu quo, pues elimina la esperanza pasiva y la sustituye por una acción afirmativa y creadora.
Quien acepta el retorno no espera a que el mundo cambie por gracia externa, sino que se convierte en el arquitecto de su propio destino circular.
@_Melch
isedech
