Martes, 08 Septiembre 2026 17:23

Ignacio Zaragoza, el general que jamás imaginó que Puebla sería su patria

Escrito por Redacción

José Carlos Sánchez

Puebla, Pue. Hay una ironía profunda en la historia de Ignacio Zaragoza: probablemente jamás imaginó que sería en Puebla, y no en la tierra que lo vio nacer, donde su nombre alcanzaría una de sus mayores dimensiones. Mucho menos habría previsto que, 164 años después de su muerte, una ciudad que en 1862 recibió con hostilidad al Ejército de Oriente terminaría convirtiéndolo en uno de sus símbolos más importantes.

Zaragoza llegó a Puebla en una circunstancia adversa. No encontró aquí las condiciones ideales para enfrentar al ejército francés. Por el contrario, tuvo que lidiar con la resistencia de buena parte de la población poblana, que simpatizaba con la causa conservadora y veía con mejores ojos la intervención extranjera que al gobierno liberal de Benito Juárez.

A su ejército le faltaron recursos, caballos, alimentos y apoyo. El camino tampoco fue sencillo: encontró obstáculos materiales y políticos antes incluso de enfrentarse al enemigo extranjero.

Y, sin embargo, fue aquí donde su nombre quedó inscrito para siempre.

Hay otra paradoja todavía mayor. Zaragoza nació en Texas, cuando aquel territorio todavía pertenecía a México, y perdió su patria de nacimiento como consecuencia de la guerra entre México y Estados Unidos. Es difícil imaginar que aquel joven militar pudiera haber previsto que, más de un siglo después, serían los descendientes de quienes le arrebataron sus tierras a él y a su familia quienes lo colmaran de honores cada 5 de mayo y que, en México, la ciudad que terminó convirtiéndose en el escenario central de su gloria sería Puebla, la ciudad conservadora. Más no Monterrey, su nueva patria chica.

Zaragoza no era un hombre ajeno al resentimiento que aquella guerra había dejado. En sus comunicaciones con Juárez aparece el enojo de un militar que veía con desesperación la situación del país y que, frente a las circunstancias que enfrentaba, llegó incluso a plantear la posibilidad de “voltear los cañones hacia dentro", una expresión que retrata hasta qué punto comprendía que el enemigo extranjero no era el único problema de México.

Pero quizá la mayor particularidad de Zaragoza no se encuentre en la batalla que lo convirtió en héroe, sino en el hombre que llegó hasta ella.

Fue un militar marcado por el deber y, al menos por lo que muestran sus actuaciones y su correspondencia, mucho menos interesado en la política que otros de sus contemporáneos. Mientras dentro del propio bando liberal comenzaban a perfilarse figuras con ambiciones políticas enormes —como Porfirio Díaz o Jesús González Ortega—, Zaragoza parecía pertenecer a otra estirpe: la de los hombres que combatían, cumplían una responsabilidad y regresaban a sus obligaciones.

Hay un episodio que permite dimensionarlo. Durante la Guerra de Reforma, su compromiso militar fue tal que llegó a casarse por poder, mientras se encontraba ocupado en las campañas contra los conservadores. Su hermano tuvo que representarlo en la ceremonia.

Después vendría una tragedia todavía mayor. Su esposa murió y Zaragoza dejó una hija pequeña. Apenas unos meses después de la victoria del 5 de mayo, él mismo moriría víctima de la fiebre tifoidea. La gran victoria que lo convirtió en uno de los héroes nacionales terminó siendo, en su vida personal, una victoria profundamente agridulce: no pudo acompañar a su esposa en sus últimos momentos y su muerte dejó a su hija completamente huérfana.

Por eso, detrás del héroe de bronce hay una historia mucho más humana: la de un hombre al que la guerra le arrebató buena parte de su vida familiar y que, paradójicamente, encontró su inmortalidad en una tierra que nunca habría imaginado como propia.

También resulta significativo preguntarse de dónde salió aquel general.

Zaragoza no fue producto del Colegio Militar. Como buena parte de los militares liberales que terminaron protagonizando las grandes campañas del siglo XIX, fue un hombre formado en el combate y en las circunstancias. Intentó incorporarse al Ejército de Línea y no fue aceptado; encontró entonces un camino en las Guardias Nacionales, es decir, en aquel principio del pueblo armado que caracterizó buena parte de la experiencia liberal mexicana.

Combatió en el norte y participó en las campañas contra las llamadas tribus bárbaras. Después llegó la Guerra de Reforma, donde los liberales necesitaron construir un ejército prácticamente sobre la marcha.

Y ahí aparece otra de las grandes paradojas de la historia militar mexicana: algunos de los generales liberales más brillantes del siglo XIX no provenían de una formación militar académica. Eran hombres surgidos de las guerras civiles, de las guerrillas y de las Guardias Nacionales. Zaragoza perteneció a esa generación que dio sangre nueva a un ejército cuyos principales cuadros habían envejecido durante décadas de conflictos.

Cuando llegó al Ejército de Oriente, la situación tampoco era alentadora. El general José López Uraga había transmitido a Juárez su pesimismo ante unas tropas poco dispuestas a combatir y un ejército formado, en buena medida, mediante levas. Zaragoza recibió entonces una fuerza que necesitaba ser organizada, disciplinada y, sobre todo, convencida de que podía combatir.

Y lo hizo.

El hombre que había llegado a Puebla con carencias terminó levantando la moral de sus tropas y convirtiéndolas en el ejército que derrotó al que entonces era considerado uno de los mejores ejércitos del mundo.

Lo hizo, además, sin que aquella victoria significara para él el inicio de una carrera política. Zaragoza murió demasiado pronto para saber qué lugar ocuparía en la historia. No pudo conocer el México que vendría después. No pudo saber que otros presidentes gobernarían la República, que la política cambiaría, que el liberalismo se transformaría y que su nombre terminaría asociado para siempre con la ciudad que inicialmente no lo recibió con los brazos abiertos.

Y quizá por eso su figura merece una reflexión distinta.

¿Qué habría pensado Ignacio Zaragoza de los homenajes que hoy recibe en Puebla? ¿Qué habría sentido al saber que la ciudad que alguna vez dificultó el paso de su ejército terminó levantando una explanada con su nombre y convirtiéndolo en uno de sus principales héroes?

¿Qué habría pensado de que su memoria también fuera reivindicada en Estados Unidos, precisamente en la tierra que México perdió después de una guerra que él no olvidó?

No podemos responderlo. Cualquier respuesta sería una conjetura.

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