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Por los pasillos de Televisa camina tranquilamente el actor Sergio Kleiner, quien a sus 87 años recién cumplidos (23 de marzo) ya no tiene la prisa de ir de un foro a otro o de llegar a una presentación al otro lado de la ciudad después de grabar sus escenas; hoy disfruta del momento y sonríe con melancolía al recordar los sueños y los triunfos del ayer.
Kleiner nació en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, en 1939, y desde muy temprana edad quería convertirse en muchas cosas al ser adulto: un jugador de fútbol, bailarín clásico como Rudolf Nureyev o un gran concertista como Frédéric Chopin; pero la vida tenía otros planes para él.
“No pude ser todo eso, pero soy un actor que puede representar cualquier tipo de personaje, como me ha pasado desde esas telenovelas semanales que se hacían en Televisa; así pude llegar al corazón de los espectadores, ¿qué más puedo pedir?”, expresó el actor.
Son 69 años prestando su persona para darle vida a diversos personajes y, a sus casi 87 años de edad, el actor argentino Sergio Kleiner aseguró que no se ve lejos de los escenarios.
“Sí voy a parar cuando Dios deje de prestarme la vida; espero seguir trabajando hasta ese momento porque me siento muy feliz”.
Sergio Kleiner tiene en su haber grandes telenovelas como Dulce desafío (1989), Muchachitas (1991), Salud, dinero y amor (1997), Amor en custodia (2005), por mencionar algunas, pero su primera actuación destacada se dio en la década de los 60 en el cine.
Actualmente, el actor forma parte de la producción de Pedro Ortiz de Pinedo, Corazón de Oro, que se transmite por Las Estrellas, historia en la que da vida a Antonio, el patriarca de la familia Arango-Nova; pero los secretos que guarda de cada uno de sus miembros lo llevan a la muerte; aun así, seguirá siendo una pieza clave de la trama.
—¿Cómo es para usted estar vigente y trabajando?
Me siento en plenitud de fuerza y energía, porque para mí la actuación es como un combustible que irriga mi cerebro y mi corazón, y me da fuerza para ejercer este oficio. Los actores somos como atletas afectivos y, como tales, debemos estar entrenados, con disciplina, con trabajo, con esfuerzo, robándole horas al sueño para darle vida a los personajes que estamos representando, dándole a nuestro cuerpo todo lo que nos pida, para que, a la hora de la representación, podamos pedirle todo. Como decía la incomparable Ingrid Bergman, si alguien me quitara la actuación dejaría de respirar.
—¿La vocación vale la pena? Porque el actor pasa mucho tiempo lejos de la familia.
Puedo decir que la familia es algo sumamente importante para el ser humano, pero seguir tu vocación y jugártela, como yo me la jugué —porque al principio no fue nada fácil—, sí vale la pena, porque hay que tener valor en la vida para saber, en primer lugar, qué es lo que quieres ser y qué es lo que tienes que hacer para serlo; por eso me siento privilegiado.
Recuerdo cuando mi papá me dijo, en mi natal Buenos Aires: “¿Cómo que te vas a ir de gira? La actuación es un hobby, no es una carrera”. Después de 15 años tuve la fortuna de poder invitar a mis padres a México, porque estaba nominado como Mejor Actor por una obra y, cuando anunciaron que la mejor actuación del año era para Sergio Kleiner, recuerdo que mi padre, llorando, me dijo: “Te felicito, hijo, por la carrera que estás haciendo”. Estos momentos hacen que valga la pena.
—¿Recuerda su trabajo en la película de Alejandro Jodorowsky, Fando y Lis?
¡Ay, Fando y Lis! Mi primera película protagónica. Fue un gran problema porque la película era independiente y la industria del cine estaba en contra de Jodorowsky. En el Festival de Cine de Acapulco, en 1968, alguien dijo: “Vámonos, señores, que esta película denigra a México”. Entonces se levanta la delegación mexicana y siento una mano que me palmea el hombro; era el gran cineasta polaco Román Polanski, que me dijo que no me pusiera nervioso, que eso era lo que él buscaba en todas sus películas: el shock. Y eso fue lo que provocó Fando y Lis: para unos era una porquería y, para otros, una obra genial.
—¿Qué le quiere dejar a los jóvenes actores con los que comparte set o escenario?
Quiero dejar una premisa: que para ser actor se necesita tener una vocación real para enfrentar los sacrificios que requiere la profesión, y que el que quiera recibir el gran reconocimiento que es el aplauso del público —ese que no se compra, ni se vende, que no se regala y que el actor recibe cuando se lo gana— debe estudiar, aprender, reconocer el oficio, amarlo; y no se puede amar lo que no se conoce. Se necesita conocimiento para realizar cualquier tipo de oficio. Nuestro oficio requiere mucha entrega y no hay nada más placentero que, en un momento dado, poder decir: “Gracias, querido público, gracias por sus elogios”.
—¿Cómo definiría la labor del actor?
Entre otras profesiones y oficios decidí ser actor, con todo lo que esto implica: representar un personaje, porque para mí representar no es presentarme a mí mismo, sino darle vida a ese otro ser que tiene sus propias características, su propia forma de pensar, de sentir y actuar. Para mí, actuar es vivir. Mi principal motivación como actor es que la representación de cada personaje me dé la posibilidad de lograr nuevas realizaciones, permitiéndome explorar la complejidad de la condición humana. Mi objetivo como actor es comunicar, conectarme, cautivar, conmover y dejar huella en el corazón de los espectadores, con actuaciones vivenciales desde los escenarios teatrales, los foros televisivos y cinematográficos.
Hablando de gratitud, no puedo dejar de expresarla a Pedro Ortiz de Pinedo, un gran productor que, en cierta forma, me ha resucitado, porque, como yo le digo a mis alumnos, la inactividad es la tumba del actor, y en esa tumba he estado enterrado muchas veces; pero Pedrito me ha resucitado y aquí estoy, viviendo plenamente, con mucha satisfacción, lo que está pasando con mi trabajo.
—¿Cómo le hizo para no ser encasillado? Porque, si bien nos ha regalado grandes villanos, en este nos da un abuelo entrañable.
Para mí el teatro ha sido mi universidad. Los actores somos aprendices de la vida; yo sigo aprendiendo, pero me han tocado maravillosos personajes, por ejemplo, interpretar a Sigmund Freud en La última sesión de Freud en 2016, Los padres terribles, de Jean Cocteau, con la inolvidable María Teresa Montoya, con quien fue mi debut en esta, mi tierra prometida, mi patria adoptiva, que es México, cuando llegué en 1962, contratado por ella en su compañía por seis meses… y ya son 64 años de mi vida. Hay tantos personajes; entonces no podemos hablar de encasillamiento, podemos hablar de una actividad plena en cuanto a la representación, en cuanto a dar vida.
—¿Qué significan para usted Argentina y México?
México, esta paradisíaca tierra, significa mi raíz, mi evolución como hombre, como ser humano, como padre, como abuelo y como artista, porque prácticamente toda mi vida la he pasado aquí. Claro que recuerdo a mi natal Argentina, está en mi corazón, pero debo reconocer que, gracias a México, gracias a las oportunidades que me ha dado, soy el actor que soy.
