La comparación entre la conquista de México y el actual conflicto en la Franja de Gaza enciende un debate intelectual que trasciende las aulas para instalarse en la médula de la opinión pública. Mientras sectores críticos buscan establecer paralelismos basados en la asimetría militar y el sufrimiento civil, expertos advierten sobre el riesgo de igualar procesos separados por cinco siglos. La tesis central que hoy divide a la academia sostiene que, aunque ambos escenarios comparten estructuras de dominación y una destrucción sistemática de formas de vida, la equivalencia absoluta resulta históricamente imprecisa y jurídicamente problemática en el contexto del derecho internacional moderno.
En el caso de la conquista del imperio mexica, el colapso demográfico es el dato más demoledor, con una reducción poblacional de 25 millones a menos de 2 millones en un siglo. Sin embargo, la historiografía oficial subraya que esta catástrofe no respondió a un plan de exterminio deliberado, sino a la irrupción de epidemias como la viruela, para las cuales los indígenas no tenían defensas. A diferencia de las lógicas modernas, la Corona española no buscaba la desaparición del "otro", sino su sometimiento, explotación y conversión religiosa, convirtiendo la mortandad masiva en un efecto colateral —aunque devastador— de la ambición colonial y factores biológicos incontrolables.
Por el contrario, la situación en Gaza se desarrolla bajo la lupa de un marco jurídico global que no existía en el siglo XVI. La actual demanda de Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) contra Israel pone el foco en la "intención genocida", una categoría legal que exige probar la voluntad explícita de destruir a un grupo. Aquí, el debate no gira en torno a virus accidentales, sino a acciones humanas directas: bombardeos, bloqueos de suministros y declaraciones políticas que el tribunal internacional califica como "argumentos plausibles" de violación a la Convención de 1948, manteniendo el veredicto final en una tensa espera jurídica.
Las similitudes entre ambos episodios radican en la vulnerabilidad de los no combatientes y el uso de discursos "civilizatorios" para justificar el uso de la fuerza. Tanto los conquistadores con la evangelización, como los actores contemporáneos bajo la bandera de la "seguridad nacional", recurren a la deshumanización del adversario para legitimar la destrucción de infraestructura vital. La asimetría es total: si en 1521 el acero y la pólvora se impusieron sobre el México antiguo, hoy es la aviación y la tecnología de vigilancia la que define la balanza de poder en el enclave palestino, dejando a la población civil en una desprotección absoluta.
A pesar de estas analogías, las diferencias son insalvables. Aplicar el término "genocidio" a la conquista de México es considerado por muchos especialistas como un anacronismo, ya que la categoría fue creada para juzgar Estados nación modernos y no imperios prewestfalianos. Además, mientras en la Nueva España la mano de obra indígena era esencial para el sistema económico colonial, en el conflicto de Gaza no existe tal dependencia productiva, lo que altera las motivaciones de los actores involucrados. Confundir estos contextos podría derivar en un "presentismo" que instrumentaliza el pasado para validar agendas políticas del presente, despojando a la historia de su rigor.
@_Melchisedech
