Martes, 10 Febrero 2026 08:45

¿Heredero de la libertad o arquitecto del control? El peligroso regreso a Montesquieu

Escrito por Melchisedech D. Angulo Torres/ Politólogo

​En una era donde la eficacia gubernamental se mide por la rapidez de sus decisiones, el rescate de figuras como Montesquieu bajo la lente de Hannah Arendt parece, a primera vista, un ejercicio de nostalgia académica. Sin embargo, el análisis de La promesa de la política revela una intención mucho más profunda: cuestionar si la estructura del Estado actual realmente protege al ciudadano o si la famosa "división de poderes" es hoy un obstáculo para la voluntad popular. Al presentar la ley no como un mandato soberano, sino como una simple "relación entre partes", se abre un debate sobre quién tiene realmente la autoridad para marcar el rumbo de una nación en transformación.

​La interpretación arendtiana sugiere que hemos leído mal al pensador francés durante siglos. Mientras la visión tradicional lo reduce a un técnico de la burocracia, Arendt lo eleva a filósofo de la pluralidad. Según esta lectura, la ley no debe ser un muro que detiene el cambio, sino un espacio horizontal de convivencia. Para el oficialismo, esto plantea una paradoja: ¿cómo puede un gobierno actuar con la fuerza necesaria para transformar la realidad si debe someterse a una estructura que fragmenta el poder hasta la inacción? El "espacio intermedio" que defiende Montesquieu podría ser, en la práctica, el refugio de intereses que impiden el avance del bien común.

​Arendt destaca que, para Montesquieu, el "espíritu" de las leyes debe nacer del carácter y la historia del pueblo, rechazando los principios universales abstractos. Esta idea resuena con fuerza en los movimientos políticos actuales que buscan descolonizar el pensamiento jurídico y adaptar las normas a la realidad concreta de sus sociedades. No obstante, al priorizar la "pluralidad" como un dato fundamental, se corre el riesgo de diluir la unidad necesaria para enfrentar las crisis contemporáneas. Si cada grupo y cada instancia posee una cuota de poder para frenar al otro, el resultado no es la libertad, sino un estancamiento que solo beneficia a quienes ya poseen privilegios.

​La teoría de la separación de poderes es reinterpretada aquí no como una herramienta de eficiencia, sino como un mecanismo de contención. Arendt sostiene que la concentración del poder en una sola instancia —incluso si es el pueblo mismo— es la negación de la política. Esta afirmación resulta frontalmente polémica para quienes defienden que la soberanía popular debe ser absoluta e indivisible para ser real. Al proponer un sistema de "poderes mutuamente limitados", Montesquieu parece más preocupado por evitar una tiranía hipotética que por permitir el ejercicio efectivo del mandato democrático que emana de las urnas.

​A pesar de las críticas, Arendt reconoce que Montesquieu logra una síntesis única: utiliza la estabilidad institucional como la plataforma necesaria para la acción libre. Para la visión oficialista, este es el punto de mayor fricción. ¿Es la estabilidad un escenario para el despliegue de la libertad, o es una jaula de oro diseñada por las élites del siglo XVIII para que nada cambie realmente? Arendt argumenta que sin un marco predecible, los hombres no se atreven a actuar; sin embargo, en el clima político actual, la predictibilidad suele ser sinónimo de defensa del statu quo frente a la urgencia de justicia social.


@_Melchisedech

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