Viernes, 09 Septiembre 2022 21:33

La silla maldita

Escrito por Miguel Ángel García Muñoz

¿Cómo se forma un buen Presidente de México?

¿Con buena voluntad y decisiones acertadas encaminadas a satisfacer las necesidades del pueblo?

¿Utilizando la imposición con la fuerza del poder de un gobierno autocrático?

¿Aceptando que cambia de opinión para mantener al Ejército en las calles, aunque en campaña engañó a millones de mexicanos, tardando 4 años en confesarlo?

¿Prometiendo acabar infructuosamente con la inseguridad, la corrupción e impunidad?

¿Respetando la autonomía y separación de Poderes?

¿Construyendo una verdadera democracia, ausente todavía, aunque se asegure lo contrario?

¿Destapando refrescos para coleccionar corcholatas?

¿O cambiando la silla presidencial que termine con una supuesta maldición?

Porque pareciera que se transforman en entes extraños endiosados o enloquecen aquellos que llegan a ocupar la silla presidencial.

Sobre ésta última interrogante versa el texto de mis reflexiones:

La silla presidencial, testigo de los vaivenes políticos y los dramas nacionales, es considerada como símbolo del poder político en México, junto con la banda que atraviesa el pecho del Comandante Supremo.

El equivalente a Presidente en Mesoamérica, entre los indígenas nahuas, se le daba el título de Tlatoani, que significa "el que habla". Éste era aquel que tenía voz de calidad en el gobierno.

Al iniciar el virreinato de la Nueva España y después de haber sido erigido el Palacio que hoy conocemos, se construyó en el salón de recepciones un trono con dos sillas especialmente adornadas para que las ocupara el Rey de España y su esposa, lo que no ocurrió, pues nunca vinieron.

Finalizado el virreinato, la estancia del trono fue remodelado y renombrado como Salón del Sóleo, donde hacía recepciones oficiales el nuevo monarca mexicano Agustín Iturbide.

En la Catedral Metropolitana de México se guarda, hasta hoy, una silla de madera recubierta con hoja de oro y tapizada de terciopelo, la cual se empleó como trono oficial de Iturbide. Hay una copia en el Museo Nacional de las Intervenciones en Churubusco.

Después de la caída del primer imperio mexicano, el Salón del Sóleo, el cual no se había terminado de remodelar, se renombró como Salón de Recepciones.

Estas sillas se destruyeron aproximadamente en el año de 1878 en uno de los tantos vaivenes armados de la política nacional. Ambas eran de madera y estaban tapizadas de terciopelo rojo, situadas bajo una manta y una imagen de la Virgen de Guadalupe.

La primera silla presidencial sería elaborada por la escuela de artes y oficios fundada por Benito Juárez García y regalada a él mismo. Estaba tallada en madera cubierta con hoja de oro en el respaldo y asiento de terciopelo rojo bordado con hilo dorado; se puede apreciar un águila republicana de estilo francés, coronada por un gorro frigio de donde salen los rayos del sol, simbolizando la República y la liberación de la opresión, así como la afiliación política masónica del Presidente.

Las patas de la silla y sosteniendo los descansabrazos, están labradas en forma de un par de águilas, mientras los costados del respaldo llevan labradas hojas de laurel.

Esta primera silla permaneció en el Palacio Nacional durante los gobiernos de Benito Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada, Juan N. Méndez, Manuel del Refugio González Flores, Porfirio Díaz, Francisco León de la Barra, Francisco I. Madero, Pedro Lascuráin Paredes, Victoriano Huerta y Francisco Carvajal.

Hay una segunda silla presidencial, que es la que permanece a la fecha en Palacio Nacional, fabricada por órdenes del entonces Presidente de la República Porfirio Díaz entre los años de 1904 y 1905, para conmemorar el Centenario de la Independencia de México.

Está forrada de terciopelo verde y adornada con un águila dorada conocida comúnmente como el águila del centenario de la independencia. Ha sido modificada varias veces.

Sobre la primera silla hay varias anécdotas curiosas. La primera es que, cuando el 6 de diciembre de 1914 Francisco Villa y Emiliano Zapata entraron con sus tropas a la Ciudad de México, momentos antes de ingresar al Palacio Nacional, Zapata le había pedido a su hermano Eufemio que fuera directamente hacia la silla presidencial y no permitiera que nadie se sentara en ella pues quería quemarla.

Eufemio, no sabía lo que buscaba; pensó que la silla era para montar a caballo, así que cuando le mostraron un sillón se quedó perplejo sin saber qué hacer.

Poco después se tomaría la célebre fotografía en la que Villa aparece sentado en la silla presidencial, sonriente, mientras Emiliano Zapata está a su lado con una cara muy seria, molesto por no quemarla.

Circula la versión que Zapata deseaba quemarla pues representaba todo aquello por lo que la revolución luchaba: Contra el abuso de poder, el hambre, la injusticia social y la pobreza. Creía que estaba maldita y que quien la ocupaba se transformaba en un demonio, dueño de las maldiciones políticas del país.

Zapata, era un hombre sencillo, pero muy letrado y sabía perfectamente que los que la habían labrado siguieron estrictamente ciertos rituales secretos de la masonería a la que Juárez pertenecía, llenando la silla de simbolismos políticos internacionales ajenos al espíritu político de México.

Por este motivo, Zapata, consideraba que al quemarla terminaría con la maldición que pesaba sobre los gobernantes que se sentaban en ella.

Hay otra historia sobre esta silla y la famosa fotografía en la cual Villa y Zapata aparecen juntos en Palacio Nacional: Cuando ingresaron al salón donde estaba el asiento presidencial, se pusieron a discutir sobre a ver quién se sentaba en ella. Villa, dijo: "bueno pues, Zapata, siéntese".

Zapata, a su vez, respondió: "Siéntese usted, Villa".

"No, usted, Zapata", diría Villa.

Zapata, refutó: "No, usted siéntese; yo no, gracias, el que se sienta en ella se vuelve loco".

Villa, dijo: "A pues, bueno, mejor que sea Felipe Ángeles, al fin que él es intelectual".

Por su parte, Felipe Ángeles, comentó: "No, que la tome Zapata". Y Zapata: "No, pues que Pancho Villa se siente, yo ni de loco me siento ahí".

Así estuvieron hasta que, Zapata y Felipe Ángeles, intercambiaron miradas y con una sonrisa mañosa de complicidad tomaron a Villa de los brazos y lo sentaron en la “silla maldita”.

Ya Villa sentado, sonriendo dijo: "Bueno vamos a ver qué se siente".

De esa manera y durante dos semanas, Villa sería simbólicamente "Presidente de México".

A Zapata le arrimaron otra silla donde pudiera sentarse y sentirse cómodo.

El rumor de que la silla estaba maldita fue tan grande que, en lo sucesivo, ningún Presidente quiso usarla, permaneciendo arrumbada en un cuarto del Castillo de Chapultepec, hasta que Lázaro Cárdenas, en 1939, cedió el inmueble que servía como residencia de los mandatarios para el uso público.

Ahí fue encontrada por los museógrafos y puesta en exhibición. En su lugar quedó la segunda silla para uso oficial, la cual permanece en Palacio Nacional, formando parte de los muebles oficiales de la presidencia y empleándose en actividades protocolarias.

Sobre si la silla presidencial está maldita, nadie lo sabe, sólo hay que espiar la historia nacional para darse una idea.

Siendo sensatos, lo que hace a un buen o mal líder, no es una silla, sino su estupidez y fallida administración o en su defecto, su eficiencia y eficacia, rodeándose de colaboradores más inteligentes y preparados que él.

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